Garrido (y Bermejo) nuestro que estás en el Cielo

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Esta semana acudí a la reunión de la comunidad del piso de mis padres en pleno barrio Garrido (y Bermejo, como puntualizaría mi admirado D. Vicente del Bosque). Digo pleno, porque era por ahí, por lo que fue Alfonso IX, donde se dividía Garrido en Norte y Sur. En realidad esa división yo la empecé a conocer ya en mi época de adolescente, cuando Agasur surgió con fuerza en plena competencia con Navega. Hasta entonces Garrido siempre fue Garrido, mi barrio y el de más gente. El escenario de mis primeros años, de mis primeras ilusiones, de mis primeras trastadas, de mis primeros amigos. Y es que la calle, con la explosión del Heavy Metal, y sus muñequeras de pincho y camisetas negras, y el R&R como música de fondo, con los vecinos de tu edad, con la progresiva implantación de los tejanos, se convirtió en la telefonía móvil de toda una generación. En esa época de dos rombos, todo era nuevo y todo era maravilloso. Incluso la rivalidad con las calles vecinas. Hasta las ‘bandas’ de los ‘Bad boys’.

Todo estaba en movimiento, todo crecía y Garrido, aunque su origen se sitúa muchas décadas atrás, lo hacía enormemente. Todavía recuerdo cuando mi madre me contaba que la ciudad terminaba en la avenida de Portugal donde, además, se ponían las ferias. Un servidor tiene a bien ser ‘hijo’ del San Mateo (estrené el nuevo en Los Cipreses) y también del Mateo Hernández, todo un centro de libertad y de creación continua. Un aprendizaje tanto a nivel docente como escuela de vida, aunque ahora me doy cuenta de que todo pasó rápido, muy rápido, tan rápido..

A la reunión de vecinos acudimos apenas siete u ocho personas. Y, en lo que llegaba la segunda convocatoria, mi vecino Carlos (en realidad siempre fue Carlitos), recordamos que ‘ayer’ estábamos jugando en la trasera de nuestra casa, dando cañonazos al balón contra las puertas de los garajes y sorteando como podíamos las broncas de los vecinos. Por cierto, una época en la que esas regañinas es como si nos las echaran nuestro propios padres. Temo que ahora ya no respetamos a los vecinos y, ni siquiera, a los padres.

Vinieron recuerdos del parque de Garrido en mi infancia. Eran los años ochenta. Era la transición de la Dictadura a la Democracia y la explosión de libertad se transmitía a una juventud que, como sucede ahora, probablemente no sabe, en gran parte, hacia donde caminar y, a veces se pierde en laberintos en busca de placebos que acompañen su marcha. Placebos que, con el tiempo sólo traen quebraderos de cabeza. Recuerdo la antigua estación de tren, muy lejos de la actual Vialia, pero… ¿hay alguien de Garrido que ronde los 50 años que no jugara en la entrada con aquella fuente que había o fuera a correos a por una carta? Fuimos testigos de la construcción de la Plaza de Barcelona, que pasó del barrio y de aquellas grandes piedras que había allí a ser un referente en la ciudad. Era la modernidad en persona. Era todavía un niño, pero no olvido participar en la inauguración con la fiesta liderada por Víctor Pedraz, en aquel entonces gran activista vecinal, creo que presidente de Navega, que convirtió la plaza en todo un recinto de colorido y globos. También en los descansos del colegio recuerdo deslizarnos por los laterales de la Plaza como su fueran un tobogán…. ‘Cosas de críos’.

Recuerdo las montañas, escenario de nuestros recreos. En realidad, quiero pensar que la mayoría eran como escombreras, pero a nosotros nos bastaba para, durante media hora, ser los héroes de nuestros propios cuentos. Recuerdo la Campsa, para nosotros todo un Bernabéu o Nou Camp, recuerdo que al Montessori lo llamábamos ‘Chori’. Recuerdo mi infancia en el parque de Garrido, de la mano de mi abuelo, estirando todo lo posible aquellos tránsitos del colegio a casa, pisando los charcos cuando llovía y convirtiendo el suelo en auténticas pistas de patinaje cuando nevaba. Recuerdo jugar al clavo (nunca fui bueno, pero me encantaba), al fútbol y al beísbol. Iba por temporadas, a la cadena. Ya de adolescente a mi grupo nos llamaba el baloncesto y así nos colábamos allí donde podíamos y donde nos dejaba, pues nos echaron de casi todas las partes, pero es que jugábamos hasta de noche. Eran viernes mágicos en los que al llegar a casa disfrutaba viendo a Ramón Trecet y Esteban Gómez en su programa sobre la NBA.

Recuerdo cómo cambió la fisonomía del barrio. La mejora de la zona de la Chinchibarra, donde también jugábamos de chicos, y también la construcción de edificios donde ahora está el consultorio o la Biblioteca Torrente Ballester. En esa zona se instalaban las ferias o eso quiero recordar cuando yo era muy pequeño. Allí fui al circo de Ángel Cristo y Bárbara Rey, aunque sólo recuerdo un cocodrilo enorme que me produjo cierto respeto. También que alguna mañana me llevaban mis abuelos, así que, o me falla la memoria, o imagino que en esa época abrirían también algún día por la mañana.

Pero recuerdo a la gente. La mayoría gente humilde. De clase más bien baja que fue prosperando hasta ser la clase media que, poco a poco, ha ido desapareciendo. Recuerdo a los primeros que se fueron marchando del barrio y recuerdo cómo hace ya más de veinte años me tocó emigrar.

Ahora regreso a Garrido y no lo reconozco, ni conozco a su gente. A veces me da la impresión de que ni entiendo el idioma en que habla la gente. Cada vez veo menos aquella familia que para mí siempre fue Garrido, un barrio vivo, creo que, de largo, el de mayor población y extensión de Salamanca. Tal vez sean impresiones. También veo como colectivos como Navega o Garrido Contigo siguen luchando por dotar al barrio de esa frescura que yo, cada vez, noto menos. Cada vez menos comercio, cada vez más frío, cada vez menos el Garrido que conocí. No quiero ser injusto porque ya no voy a menudo, pero reconozco que apenas lo reconozco y, sobre todo, que echo de menos aquel Garrido de mi infancia. A veces me frustra haberme tenido que ir para poder acceder a una vivienda.

En mi mente quedan las alambradas, el Luymar, el Montreal, la Campsa, las montañas, D. Vicente del Bosque y las porterías pintadas en la pared donde jugaba de pequeño, el depósito de la Chinchibarra, el Mateo, la Rotonda, los Street Lamp, el Use, el Amador, la Plaza Barcelona, el Parque, mi querida Iglesia de Fátima, Don Miguel, Don Santos, Doña Urraca, el CC del El Greco, el Leyma, la Pulpería de Paco, el Merca 80, la farmacia de Alfonso, el Milord, los pisos de Inestal con su piscina, el almacén de Simago, el San Mateo, el pabellón del Mateo, Würzburg, el Sporting Garrido, los cines Llorente, el Metabos, el Jai Alai, el cuartel y su toque de Diana a primera hora de la mañana, la estación de Renfe, el cuartel de Renfe, los pisos de la Caja de Ahorros, el Filiberto, las ferias, el Oasis, Las Sardinas, el Valladolid, la calle Nenúfar, el bar Los Charritos, el Creador, la Biblioteca de Caja Duero, el Rex y el Gilton, el Jaramillo, los pisos de la Once, el Peñaranda, y un largo etcétera de recuerdos, unos más cercanos en el tiempo y otros allí donde alcanza mi memoria se funden en un barrio que ha cambiado. Un barrio que, como el resto de barrios, permanecen ya en la memoria de todos los que nos hemos criado allí a pesar de que el paso del tiempo los ha transformado en nuevas colonias con nueva fisonomía. Un barrio que marca también nuestro transitar… y mira que hemos transitado.

*Pido disculpas si alguno de los detalles no se ajusta fielmente a la realidad. Al fin y al cabo el imaginario individual a veces tiene lagunas o vicios. Que nadie dude que está hecho con todo el cariño al barrio que nos vio nacer y crecer. Podéis comentar vuestros recuerdos de este y otros barrios en nuestras redes sociales y en el periódico.