Yo estaba sentado enfrente a ella y sonreía, cada vez, que se le iba la cabeza. Tenia los brazos cruzados y se apoyaba
en el respaldo de la silla. Otra vez y otra.
– Madre, vaya a la cama, que está dormida, y se va a caer de la silla
– Yo, ¿dormida? Estaba echando una cabezada.
– Pero, ¡si se va a caer de la silla…!
– No me caigo. Y déjame en paz, que estoy tan a gusto así.
Habíamos terminado de cenar y nos habíamos sentado al brasero. Fuera, estaba helando. Se notaba por el vaho de
los cristales. Las estrellas brillaban como si fueran los ojos de miles de millones de gatos. No había un alma por la calle, ni se oía ruido alguno. Allí, con los pies al calorcito del brasero, con las faldillas sobre las rodillas. La verdad se
estaba muy a gusto. Y daba pereza, mucha pereza irse a la cama, porque las sábanas parecían estar húmedas y las
orejas y la nariz se te quedaban tiesas; por eso, alargábamos todo lo que podíamos el rato del brasero. Yo recuerdo
que, cuando éramos chicos, mi madre nos metía el brasero entre las sábanas para tamar el frío y entrar antes en calor.
Metía el brasero, porque no disponía de aquellos caloríficos de cobre brillante, ni existían las bolsas de agua caliente,
estas llegaron más tarde a los pueblos.
En otros tiempos, llegaba la voz del sereno desde las Cuatro Esquinas, cuando cantaba las doce y sereno. A veces,
no eran las doce y sereno, sino las doce y nublado, y no, por eso, hacía menos frío. Posiblemente, estaba nevando o a punto de hacerlo. El señor Juan y el señor Guerras eran los que cuidaban el sueño de los macoteranos. En tiempos de la barbería, entraban a calentarse al brasero y seguían la ronda.
-!Monio!, decía mi madre. Os quejáis de frío y ahora tenéis estufas y calefacción: si no os falta de nada.
Anda que antes que íbamos a lavar al rio en pleno invierno y no había estas comodidades. Ahora, no hace frío. Esto no es frío. Hasta el frío ha dejado de ser frío. Razón llevaba. El frio llegaba a este pueblo después de los Santos, y
se quedaba aquí hasta Semana Santa. Duro, como la tierra que nos rodea, estaba encerrado en esta hondonada, y se sentía tan a gusto entre nosotros, que no quería subir la cuesta del cuartel e irse para Peñaranda, y, en Santiago, le cortaba el paso el río Margañán. Seguro que pensaba que teníamos mucha paja y mucha garrobaza para calentarnos. Y no era así, porque las cocinas de Macotera eran como la Siberia: por aquellas enormes chimeneas, entraban el agua y el aire como por su casa, y la espalda se te quedaba tiesa, y, encima, salían chivas y sabañones y gritas en las manos.
Me viene a la mente aquel artilugio, que usaban las mozas: se colocaban, entre las medias de lana, cartones para evitar el calor directo, y así esquivaban la aparición de aquellas culebrillas rojas que afeaban sus lucidas piernas.
!Ah, el brasero! También se te quedaba la espalda fría, pero menos, y, con las faldillas, el calor te llegaba hasta la cintura, y la habitación se templaba un poco. El hecho es que se estaba tan a gusto sentado en la mesa camilla.
Además de paja, garrobaza y leña, había carbón y cisco, que, para algo, somos de “Salamanca, la blanca, cuatro carboneritos que van y vienen”(♪). “Carbón de encina, cisco de roble…” (♪) La lumbre de paja en la cocina; el brasero, en la sala, que daba a la calle para ver pasar a la gente, pues no había televisión ni arradios.
!Y qué a gustito se estaba allí! Las mujeres casca que te casca, sin dejar de zurcir calcetines o coger los puntos a las
medias o dando la vuelta al cuello de la camisa o haciendo media, como era el oficio de la señora Epifania. Mi hermano Timi, que era un demonio de chico, le hacía rabiar sacándole los puntos y desahogaba su rabia con aquel “bobo muñumé”, y este salía corriendo con la amenaza enfurecida de mi madre. Y los muchachos, cuando veníamos de la escuela, si no nos dejaban sitio, nos metíamos debajo de las faldillas a aliviar el frío un poco. Cuando llegaba alguien, le invitaba mi madre:
– ¡Pasa pa aquí, pa la sala que estamos al brasero!
Y, cuando eras un poco mayor, te daba con el pie debajo de la camilla, como diciendo: “este hombre o esta mujer no se va nunca”. Hasta que mi madre decía:
– !Me voy a la cocina, que tengo que hacer la cena, que ya va siendo hora!
– !Yo también me voy, que ya ha sonado la campana de la Virgen, y me estarán esperando, y me salí y no dije donde
iba!
Nosotros, con la barbería, los sábados y domingos, teníamos dos braseros: uno, en la barbería, que tenia tarima, pero no mesa camilla, y, otro, en el cuarto. La mesa camilla tenía como un cajón de rejillas, donde se ponía la ropa a secar. Esos días, especialmente, los paños de afeitar.
Cuando vivíamos en la casa de la calle Retuerta, enfrente del señor Isidoro, la barbería estaba en el portal, y la verdad es que, con el cacho brasero y la gente que había, no se sentía frío. Allí era donde entraban los serenos a calentarse
un rato, sobre todo, los sábados, que el afeitado duraba hasta más de la una de la madrugada.
Los que disfrutaban del brasero eran el señor Francisco Barriles y el señor Lucio el panadero, que siempre se quedaban pa los últimos. !Qué parlás se echaban todas las semanas! Yo, mientras mi padre cortaba el pelo, me iba a la habitación y me sentaba al brasero con mi madre. También entraban algunos amigos a esperar allí la vez.
Recuerdo que lo hacían siempre Pepe el Constante y Abilio el Barriles, a los que nada, en este mundo, les hacía más felices que hacer enfadar a mi padre. Una víspera de Santiago, que estaba la barbería a reventar de gente, no se les ocurrió otra cosa, para conseguir su propósito, que ponerme piripi, y así no pudiese ayudar en la barbería. Se presentaron con un puñao de cacahuetes y una botella de vino. Como yo entraba, de cuando en cuando, al brasero, me dabancacahuetes y me hacían beber una pinta. Así, hasta que tuvieron que llevarme a la cama. Mi padre hacía barrera.
Los echó de casa y estuvo mucho tiempo sin mirarlos. Y hay más anécdotas que contar de esta panda, como el robo
de la cordera, que engordaba mi madre para san Roque. La tuvieron retenida un mes, pero la broma fue un poco pesada, y estuvo a punto de romper una excelente amistad, pues eran muy amigos, y se las preparaban mutuamente.
Mi padre tampoco era manco, pero no rebasaba la linde. La culpa la tuvo el brasero, como el cha-cha-chá del tren. Si
un poeta dijo que provechosa fue la invención de la taberna, no digamos menos del inventor del brasero, y, sobre todo, en Macotera, donde el cierzo te saca los mocos. Yo me he criado con el brasero. !Qué rico sabía un escarbón cuando venías de la calle tiritando! A mí me gustaba meter bien la badila. Recuerdo que, cuando era muy chico, el día de Nochebuena y por Carnavales, venían los vecinos y, en esa habitación, en la que años después me emborracharon,
menudas fiestas se organizaban. Se juntaban la señora Isabel la Senaguas y el señor Fernando Mocito, el señor
Cajarines y la señora Quica, la señora Paz y el señor Gaspar, Adela y su madre, la señora Mª Antonia, Rosario y Antonio el Bicho. Todos alrededor del brasero hacían su pequeña corrobla, sus tertulias, sus juegos y sus bailes. Más
que vecinos eran una autentica familia, que el tiempo y la distancia no han conseguido eliminar de nuestros recuerdos.
Mi madre, lo primero que hacía, al levantarse, era encender el brasero. Y, desde que no está ella, lo hago yo. Cuando
estuve por los Santos, lo primero, que hice, fue comprar un saco de cisco: me quedaba para una puesta del que había
comprado ella antes de morir, va para muchos años. Los tres días, que estuve allí, encendí el brasero con cogolmo.
Por la mañana siguiente, todavía había rescoldo. Ya he montado la calefacción en casa, pero sigo poniendo el brasero, porque, para estar en familia, para hablar con los de la casa o con los de fuera, para leer y hasta para ver la televisión, no hay cosa como la mesa camilla. Seis euros cuesta un saco de cisco y un euro por ahí un litro de gas-oil.
¿Que calienta más? Puede que el gas–oil sea mejor para el cuerpo, pero, para el alma, no cabe duda que lo mejor es un buen brasero.
Pedro Cuesta Hernández, Calores
Boletín informativo: Asociación Cultural «Amigos de Macotera», nº 200.