La plazuela, que yo conocí y pateé, fue la plazuela de Santa Ana. La recorría todos los días que había escuela, pues nunca hice torá, e incluso hice de panada en el rincón de Salsipuedes, cuando jugábamos al gato.
Este trajín diario me permitió conocer a todos los vecinos que habitaban en torno a la plazuela. Con el primero que me encontraba, nada más saludar a la señora Gregoria, era con el señor Juan Alonso Bueno, que decían el Carlista; no sé el motivo, quizás fuese uno de los partidarios de don Carlos. Estaba casado con la señora Ana Mª García, padres de Ascensión y de Manuel, de oficio caminero. Lindera del señor Juan Alonso, se alzaba la casa del señor Pedro Izquierdo, Porreto, y de la señora Mónica Castelló, padres de Lucio, panadero, y Mª Teresa. Después, fue
habitada por el señor Benigno Izquierdo, Porreto, y la señora Mª Teresa Nieto, padres de Francisca, Laureano y Pablo. Y, por último, por Higinio Blázquez Roble y Ramona Izquierdo con su familia, Mª Antonia, Gaspar, Josefa, Cándida, Alfonsa, Belén, Higinio y Reyes; y seguido, se encontraba la panera del señor Julianete, casado con la señora Nicanora. A la verja de su ventana, el señor Salva, el lechero de Cabezas, ataba su caballo, mientras repartía la leche por el pueblo. Y, en la misma vereda, se hallaba la casa del señor Gabriel García Gabrieluco y de la
señora Isabel Zaballos, no llegué a tiempo de conocerlos, pero sí a todos sus hijos, Cristóbal, Eleuteria, Pascasio, Antonio, María y Ana Mª. Me gustaba asomarme a la puerta y recrearme con la pintura del torero subido a la talanquera, desafiando al toro, plasmada en el protector de la subida de la escalera al sobrao. Y, hoy, es la residencia de Jerónimo Sánchez y Antonia, padres de Serafín, Manuela, Rita, Francisco y Germán. Y cerraba este
tramo, la casa del señor Lucas Zaballos y de la señora Jacoba, los padres de Fransi y Ángel. Fallecidos sus padres, siguió residiendo en la vivienda su hija Fransi, casada con Juan Manuel Madrid, y sus hijos, Lucas, Pascuala, Mª Teresa y José Ángel. Antes de superar la calle de La Cuesta, me fijo en las casas que cierran el principio de la plazuela por el otro costado, el lindero con la calle de Santa Ana, y me tropiezo con la casa de la señora Ramona Salinero san Ildefonso, la barbera. Y antes de seguir, te hago un poco de historia de esta familia. Estos Salinero no tienen nada que ver con los Salinero herreros y confiteros, son procedentes de Pelabravo. Uno de sus ascendientes, Isidoro Salinero Rodríguez, de soltero, decidió venirse a Macotera, donde montó una barbería en la segunda mitad del siglo XIX. Aquí se casó con Juliana de San Ildefonso de la Iglesia, una hospiciana, natural de Villaflores, que ejercía de partera. Les nacen cinco hijos: Clotilde, Crescencia, Juan Fernando, Ramona y Francisco. Ramona se casa, en primeras nupcias, con Bruno León García, natural de Chamartín (Ávila), padres de Isidoro y Emilia; y, en segundas, con Antonio Sánchez, padres de Miguel, Francisca, Isabel y Juliana.
Nos vamos al otro lado de las escuelas, y nos adentramos en el rincón del señor Miguel Bueno Capalaperra, casado con la señora María Jiménez, padres de Francisco, Mateo, Ana Mª Rita, Ángeles y Juana. Y, en el vértice del rincón, la casa de la tía Pascua, la Sexmera, que ocupó después José Antonio Jiménez y su mujer, Francisca, padres de José Antonio, Antonio, Pedro y Manuel. Pared por medio, la casa del tío Blanco, guarda de viñas, y que habitó, seguidamente, Pedro Horcajo Cosmes, Cusina, casado con Lorenza, padres de Agustina, Santiago, Brígida y Narcisa y cierra la línea, la vivienda de Miguel Bueno, residencia de su hija Rita, casada con Gabriel Bautista Ronquillo, padres de Fernando, María, Avelino y Francisco.¨y dejo al lado, las escuelas, a las que asistí y ya no son.
Ya que hablamos del tío Blanco, te lo traigo a colación por ser uno de los protagonistas de las anécdotas históricas de los Sanroques. El tío Blanco era guarda de viñas. Se trataba de un obrero que se ganaba el jornal donde le llamaban; una vez mayor, se empleaba en cuidar las viñas de uno de los pagos, que, entonces, abundaban en el término; pero este hombre, sencillo y callado, es famoso por ser uno de los protagonistas de las mil anécdotas
que tienen que ver con san Roque y los toros. El tío Blanco, el día de san Roque, como hacía todos los días, se fue a vigilar las viñas de su pago como era su menester. Regresaba tranquilo a casa al atardecer, montado en su burro, con la mirada prendida en el polvo del camino. Desconozco en qué pensaba el tío Blanco, lo que sí estoy seguro es que le hormigueaban, en sus adentros, la suspicacia y el miedo, o quizás la despreocupación de viejo.
Era muy común cada san Roque, que se escapase algún novillo de la plaza, harto de tanto acoso y derribo; le era muy fácil: metía la cabeza bajo la vara de un carro o aprovechaba un hueco amplio del empalizado y salía huyendo, espantado, en busca de la querencia y sosiego del prado del Melgarejo; camino que conocía bien, pues lo había recorrido en el paseo nocturno y mañanero en dirección a la Carrallano, donde fue espantado con sus compañeros en el encierro; pero míaqué, aquel día, un toro toma las de Villadiego, y corre desaforado camino de las Cárcavas adelante en busca del atajo del Blascomartín; le perseguían, de largo, dos caballos y un buen grupo de mozos; los
caballistas y los de a pie se percatan de que, a lo lejos, venía un hombre montado en un burro y de que, irremediablemente, se iba a tropezar con el toro. Le gritan, le aspean con los brazos, le avisan del peligro, pero el tío Blanco sigue caminando con toda su parsimonia; se da cuenta del peligro, cuando tiene el novillo a un palmo de narices; este da un pequeño bufido, el burro se espanta y, con la cornada del miedo, el tío Blanco cae de bruces boca abajo; el primer caballista desmonta del montado, se acerca al anciano y ve, como se desliza un reguero de
sangre; se asusta y grita a todo pulmón: ¡Lo ha matao!¡Lo ha matao! Todos corren cuanto pueden y llegan ante el presunto cadáver, sofocados y jadeantes; «aún se mueve», dice uno; le ponen boca arriba para comprobar la gravedad de la cornada, pero el tío Blanco se apretaba más y más la cintura, al tiempo que salía más y más “sangre”; de pronto, se percatan: ¡Si son uvas estrujás! El alivio fue grande, y la algarada general se la llevó el eco por cerros, calles y plazas.
La vereda de enfrente se inicia con la casa del señor Victoriano Izquierdo Bautista, que se casa, en primeras nupcias, con la señora Cándida García, la Pelegrina, y, en segundas, con Mª Antonia, madre de Hortencia; lindera se hallaba la vivienda del tío Lucas Zaballos, Magüele, (Malhuele), y que, poco después, ocupó Santiago Martín Zahoril y la señora Sebastiana, de oficio carpintero. Sus hijos: Francisco, Antonio, Carmen, Ángel y José. Y, actualmente, es propiedad de la familia de Roque Lauro y Marciana. Y seguimos en la misma vereda, y nos rozamos con las casas de Valeriano García, el correo, y Ana Jiménez, padres de Julia y Petra; con la del señor Juan Alonso Blázquez, Camaces, y la señora Brígida Jiménez, padres de José, Domitila, Blas, Ángel y Francisco; con la del señor José Méndez, chófer, y de la señora Teófila Ayuso, padres de José, Adela, Florentino, Antonio, Manuel, Mariano y Teófila; y con la del señor Ángel de la Cruz Bueno Campos, Manolajas, y de la señora Verónica Blázquez, padres de Jesús, José Manuel, Enrique, Mauricio, Eulogia, Vidal y Restituto. y cerramos el ciclo,
con la vivienda de Manuel Sánchez, Neguilla, y de la señora Rosa Hernández, Alfilerinas, padres de Ana Mª (hermana de Amor de Dios), Manuel y Antonio.
Y me volví a casa por la calle de la Cuesta. Se asomaba a la puerta mi amigo de panda, Jerónimo Sardinilla. Me hizo entrar y, alrededor de la mesa, estaba sentada toda su familia, su padre Jerónimo y su madre Isabel, y sus hermanos, que eran unos cuantos, Petra, Francisco, Juan, Pedro, Rosalía, Mª Antonia, María y mi amigo. Me invitaron a una pasta y un trago. Me despedí y me detuve en la casa del señor Gregorio González, molinero de Domínguez, y de la señora María García, naturales de Salmoral, sus hijos Bienvenida, Bibiano y Manola, que jugaban en el portal.
Ya, en casa, me puse a ordenar los apuntes de campo, que llevaba en la libreta.