¿Qué se leía en Macotera?

- en Provincia

En los años cuarenta, incluso en los cincuenta, apenas se leía. Pocas eran las casas que tenían algún libro. En la escuela, los niños, hasta los ocho años, sólo teníamos una cartilla donde aprendíamos las primeras letras. También llevábamos un cuaderno, y una pizarra, con su pizarrín, donde aprendíamos a escribir, y las 4 reglas. Después nos compraban una enciclopedia que pasaba de hermano a hermano. Con esa enciclopedia, ya teníamos hasta el final de la escuela a los 14 años. En las casas, lo único que había era el catecismo del Padre Astete y la Hoja Dominical que repartían los domingos. Los labradores también recibían La Espiga, con noticias sobre el campo.

Los periódicos que solían llegar a Macotera eran “El Adelanto”, el “Ya”, el “ABC” y el “Marca”. Sólo algunos industriales estaban suscritos. Los repartía la señora. Ninfa, la mujer del Correo. Esta señora era un personaje en Macotera. La recuerdo de niño, porque, en carnavales, recorría el pueblo revestida, repartiendo las cartas.

No estaba bien visto leer novelas, ni siquiera las de Corín Tellado. Recuerdo una ocasión, en que estábamos jugando a los platines en la plazuela San Gregorio: Manolo el Pepino, Bernardino el Belloto y yo, llegó nuestro amigo Pedro el Chapa diciendo: “¡Tengo un secreto!” Todos a la vez: “¡Cuenta, cuenta!” “Mi tía María (Chapa) y Pascuala (Vivas) leen novelas”. Asombrados contestamos, ¡Nooo! Leer novelas era un pecado mortal.

Me contaba Pascuala este verano: ¡Cuántos Padres Nuestros me habrá puesto de penitencia don Leo por confesar que leía novelas! Años más tarde, quiso mi suerte entrar a trabajar en Editorial Bruguera, donde se editaban esas novelas. Recuerdo un eslogan de propaganda que decía: “quien hoy lee novelas de Corín Tellado o cómics de Mortadelo y Filemón mañana leerá muchos libros”.

En una ocasión, mi padre entró en una librería de la plaza Mayor de Salamanca y le pidió asesoramiento al librero: quería un libro para sus hijos. Después de preguntarle las edades, le aconsejó: “Las poesías completas” de Ramón de Campoamor. En aquellas largas noches de invierno, -después de rezar el rosario en familia-, cada día le tocaba a uno leer sus poemas. A veces a mí no me dejaban, me decían que era muy pequeño -hablo de 16 ó 17 años-. Son poemas románticos. Recuerdo uno muy corto que con 16 años me resultaba decepcionante, decía así:

Según creen los amantes
las flores valen más que los diamantes
mas ven que, al extinguirse los amores,
valen más los diamantes que las flores.

El Catecismo del Padre Astete no tenía nada que ver con los libros de religión de ahora; eso sí: era mucho más claro, -excepto para los niños-, por ejemplo, los 10 Mandamientos: El 5º: no matar. El 6º: no fornicar. El 7º: no hurtar. Con 7 años, a los niños que nos preparaba para la primera comunión la señora Anita, una viejecita que vivía en la calle Cardenal Cuesta, donde había que subir unas empinadas escaleras hasta el “sobrao”, donde nos enseñaba el catecismo. A veces algún niño preguntaba: ¿Señora. Anita, que quiere decir, “no fornicar”? Ella se escabullía como podía para no contestar. Me pregunto qué nos explicaría a niños de 7 años, sobre el 9º mandamiento: “no desearás a la mujer de tu prójimo”. ¡Difícil papelón!

El señor Mateo el Pepino era un señor muy trabajador y al parecer austero, que vivía en la plazuela San Gregorio. Nunca se le vio en un bar. Lo que no me podía imaginar era que en su “sobrao” tuviese un arca lleno de libros. Un día, que subí con su hijo Manolo, me asombró ver aquello. Fue un invierno de grandes hielos donde muchos días no se podía salir al campo. Me los fue prestando, leyendo muchos de ellos. Eran de esos libros que, si los lees de muchacho, te aficionan a la lectura y los recuerdas toda la vida: La Isla del Tesoro, Viajes de Gulliver, La Cabaña del tío Tom, Veinte mil Leguas de Viaje Submarino, Los tres Mosqueteros…

¿He dicho que el señor Mateo era austero? Digamos que tenía sus gustos, algunos por cierto, muy caros. Sería el único macoterano que, en la semana de San Roque, se iba de vacaciones a Madrid e incluso alguna vez a San Sebastián. Hablo de los años 50 y 60, algo increíble para aquellos tiempos, donde ir a Salamanca ya era un lujo. A San Sebastián solo iba gente muy pudiente, además del llamado “Generalísimo”, y su esposa “doña Collares”.

Gene Losada Comenencias

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