En el nombre de la madre (señoras de…)

- en Sociedad

Barcelona capital, finales de la década de los 70’s. Una mujer sexagenaria, vestida de negro, con pañuelo negro ve pasar su vida sentada en una silla de cuerda. A lo mejor algunos de vosotros ya no conocéis esas sillas, pero los que vamos teniendo una edad las recordamos de cuando íbamos al pueblo y era donde nos sentábamos junto a la chimenea. Sillas bastante bajas, cuyo asiento era de cuerda y que solían tener unos cojines estrechos de la misma forma.

En aquel caso aquella mujer pasaba sus días delicada de salud. Hablaba bastante poco. Estaba recién llegada a vivir con sus hijos junto a su marido. Compartía las horas junto a su nuera y su nieto pequeño, un bebé de poco más de un año que pasaba la mañana mirando por la ventana. Esa mujer era la abuela. El abuelo salía siempre a dar una vuelta que se alargaba hasta la hora del mediodía. La nuera se había levantado antes de las cinco. Había ido al mercado, había hecho la casa, había llevado a sus otras hijas al colegio y ya estaba cocinando para todos. La nuera era la madre, tal vez mi madre. Quizá muchos de vosotros encontréis paralelismo con la vuestra, con vuestra vida, con vuestra infancia o con vuestros primeros años.

Los abuelos habían dedicado toda su vida al campo. Cuando el físico les decía basta y ante la escasez de dinero decidían irse a vivir con los hijos, la mayoría de las veces se iban a meses. En ocasiones algunos hijos o los rechazaban o no podían hacerse cargo, por lo que repartían el año entre la casa de los hijos que sí lo hacían y el pueblo. A muchos de los que leáis esto, os sonará ‘a chino’, pero en la mente de ese niño que miraba por la ventana está esa imagen grabada. Es una imagen muy reciente a pesar de que ya peina canas y va camino de la cincuentena. Es el retrato de una parte de España. La España de la posguerra, en la que los padres vivieron las cartillas de razonamiento, en la que la abuela recorría kilómetros, cargada con sus hijos pequeños, para recoger un poco de comida con esos boletos.

La abuela murió pronto, antes de que aquel niño cumpliera los dos años. Ni siquiera dio tiempo a la familia a regresar a su Salamanca natal, pues murió en mitad de la mudanza. Pero aquel recuerdo de la abuela sentada en la silla de cuerda vestida de negro está fresco, demasiado fresco.

Eso hizo que el abuelo se convirtiera durante décadas en otro miembro más de pleno de la familia, salvo los dos meses veraniegos que se marchaba a la casa del pueblo. Allí compartía experiencias con el nieto, aunque éste, para no cargar al abuelo, se iba a casa de unos amigos.

Durante años, el salón se convirtió en un dormitorio móvil, con camas plegables que aparecían después de la cena y desaparecían antes de ir al colegio. Los hijos aprendían a cocinar pronto para poder hacerle la cena al abuelo y el baño se convertía en una especie de estación de metro de Madrid en hora punta. Es la primera vez que oí hablar del Instituto Nacional de Previsión o la palabra ‘Sovi’, que debía ser algo así como la jubilación, pero el abuelo, si la cobraba, no debía llegarle para gran cosa.

La madre, por su parte, después de salir pronto de su casa para ganar los primeros ‘dineros’ con los que ayudar a la familia, tras casarse se convirtió en una abnegada ama de casa. Pasó a convertirse en la “señora de…” y a trabajar en “sus labores”. Dicen que mandaban mucho, pero lo cierto es que nunca participaban en la toma de decisiones. Les tocaba picar piedra para poder interferir en la vida diaria y claro que lo conseguían, pero después de dejarse las horas en esa labor de convencer a los que se llamaban ‘cabeza de familia’.

Esta es sólo una historia de tantas que hasta finales de los ochenta puede ser la de cualquier hogar español. A lo mejor no todos, pero sí muchos. Es la historia de madres que hacían auténticas ‘maravillas’ para llegar a fin de mes con la cantidad que se asignaba para el día a día y, aún así, eran capaces de guardar un poco para verdaderas necesidades, o para algún día, dar una alegría a sus hijos. De las que cuando se rompía una pieza de ropa la cosían, de las que zurcían los calcetines y hacían patucos, de las que aprovechaban las prendas del vecino para sus hijos mayores y la de los mayores para los más pequeños. Eran las que cuando te hacías una herida te la curaban con alcohol y agua oxigenada, y en cuanto te quejabas soplaban con una suavidad que te quitaba todos los dolores y te envolvía en amor puro. Eran las que impedían que los hermanos estuvieran todo el día discutiendo y las que nos introdujeron en el mundo de una religión que marcó la vida de muchas de ellas. Las que eran felices sorprendiéndote en Reyes y las que te mandaban a la cama cuando en la televisión salían dos rombos en la parte superior. Son aquellas para las que Dallas y Dinastía fue todo un descubrimiento. Benditas ellas que cuidaron a los abuelos y a los hijos sin rechistar, sin un reproche, sin mostrar cansancio, aunque estuvieran reventadas ni dolor cuando se caían, sin un gesto de rabia, aunque estuvieran rotas por dentro.

Hoy se celebra el día Contra la Violencia de Género. Este artículo no tiene nada que ver con ello. Es sólo un pequeño y humilde homenaje a aquellas madres que superaron esas circunstancias siempre con una sonrisa para los suyos. Muchas ya no están y otras, después de unos años y a pesar de su avanzada edad se ven obligadas a ayudar de nuevo a sus hijos ante las sucesivas crisis que sufrimos gracias al ‘progreso’ que experimentamos y, después de haber sacrificado toda su vida, se ven obligadas a sacrificar ahora su jubilación para criar a sus nietos. Para todas ellas mis respetos y mi admiración. Quizá es un artículo más propio para el Día de la Madre que para hoy, pero siempre es bueno mirar atrás y ver quiénes nos han abierto las puertas de dónde estamos hoy en día.

Por eso, cuando alguien piense en aquellas décadas, lo haga desde el respeto, la admiración y el cariño que todas esas mujeres merecen. Probablemente todas ellas sufrieran un machismo social. Probablemente ese machismo estuviera implantado en la sociedad, pero que nadie dude de su capacidad de lucha y de cómo a través de un trabajo silencioso y, sobre todo, del amor por los suyos, contribuyeron a que la sociedad también fuera cada vez más libre. Auténticas heroínas de la posguerra.

*Dedicado a todas las ‘señoras de…’ que se entregaron a ‘sus labores…’

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