El torerillo – La tertulia

- en Toros

La temperatura de aquella mañana de enero en Sevilla era estupenda. Rafael se había adaptado magníficamente a la manera de vivir andaluza. Se sentía feliz. En los pocos meses que llevaba con El Choni, había aprendido cantidad de cosas y no sólo respecto a lo taurino. Había conocido ciudades preciosas y hombres de una categoría excepcional. A Pablo le había cogido mucho cariño y pensaba que éste le correspondía. Quizás el que no tuviera hijos ayudara a esta relación. A su mujer no la conocía todavía, era cofrade de una hermandad y estaban de excursión por Europa. Nunca la mencionaba; para Pablo su gran pasión eran los toros. ¡Qué veneno tendrá esta apasionante profesión, que quien ha querido ser torero, aunque no haya tenido suerte, no reniega nunca de haberlo intentado! Ahora iba a su encuentro. El Choni se había quedado en el chalé durmiendo la siesta. Le gustaba que hubiera tenido confianza en él y le hubiera dejado ir solo al centro de la ciudad. Por el mapa que le había dibujado su amigo, barruntaba que ya le faltaba poco para llegar a la zapatería. Allí estaba: Zapatería la Taurina. Hasta el nombre era de lo más original.

– ¡Buenos días, Rafael! Ya veo que has acertado.
– Ha sido un paseo delicioso. Qué temperatura tan buena hace siempre aquí.
– Siéntate en esa butaca, que tengo una sorpresa para ti.

Pablo se fue a la trastienda y apareció con unos botos camperos preciosos.

Veamos cómo te quedan; por el molde que he cogido de los zapatos que llevas puestos se tienen que ajustar como un guante.

Rafael se calzó los botos y se miró en el espejo que le ofrecía Pablo; parecía más alto debido al tacón.

Tuyos son, Rafael: un regalo que te hago yo. Ahora ya va más en torero, como dice El Choni; que hay que ver el calzado que traías.

Rafael estaba a punto de echar la lagrimita y Pablo le cortó.

Nada de sentimentalismo; además, esto no es un regalo, sino un cambio. Un día me tienes que brindar un
toro, que tengo yo ganas de sentirme importante en una plaza de toros aunque sea por una cosa así.

– Eso está hecho Pablo. ¿Cuántos festejos toreaste?

Muy pocos, porque la verdad es que no tenía condiciones aunque me sobraba afición. Te voy a dar un consejo:
saborea cada momento de tu juventud. Más tarde podrás tener dinero y fama, pero la bohemia y la farándula las
echarás de menos. Cuando yo quise ser torero se forjaban amistades de verdad y valorabas hasta el más mínimo
detalle. Había compañerismo y cariño desinteresado. Nosotros éramos como los tres mosqueteros: todos para
uno y uno para todos. Julio, que vive en Albacete, tenía unos cojones como el caballo de Santiago, pero era poco
fino. Se echó novia muy pronto; la chica tenía buena posición y poco a poco le fue comiendo el tarro para que
dejara el toro. Y quien tenía un gusto exquisito era El Choni, pero era un poco medranca y además ya te habrá
contado que le pegaron muy fuerte. De los tres, es el único que pudo haber llegado. Por eso está tan ilusionado
contigo. El otro día en un tentadero me lo recordaste; quizás sea que te está inculcando su manera de torear.
Como persona, qué quieres que te diga, tú lo habrás comprobado. Tiene ese geniecillo que le pierde algunas
veces, pero luego es un pedazo de pan. Tú le has puesto otra vez en órbita. No te puedes imaginar la de veces que
le había invitado a que se viniera a pasar una temporada conmigo, y no había quien le arrancara de su tierra. Y
sin embargo, contigo está dispuesto a dar la vuelta al mundo si hace falta.

Revista Lances de pluma y pincel – 11 de septiembre de 2022