En el campo, el papel del hombre es fundamental.
Incuestionable.
Pero, en el campo, la mujer también tiene una función primordial.
Las mujeres no sólo nos dedicamos a la reproducción, el cuidado, las tareas domésticas que son tan extensas como interminables.
Decimos que hay que romper estereotipos y roles de género, pero en el medio rural lo tenemos que hacer con más ahínco.
El medio rural es tan diverso, como la sociedad en general, aunque haya quien considere que tiempos pasados…
El medio rural es algo más que la agricultura y la ganadería, aunque es la base de una sociedad que va perdiendo valores.
En el “campo” viven mujeres por elección propia que se dedican a emprender de mil maneras diferentes, aunque pongan trabas en todos los caminos tomados.
En el medio rural hay profesionales de la enseñanza, de la amplia cultural, emprendedoras que basan su empresa en lo que proporciona la tierra, auténticas brujas que son aprendices de la Pachamama, mujeres que quieren retomar las viejas tradiciones con un toque de modernidad y de avance tecnológico.
En el medio rural, también es importante el reparto de las tareas, la corresponsabilidad y la ruptura de estereotipos y roles.
Hay que fomentar el conocimiento, la curiosidad para crear opciones entre las que poder elegir.
La mujer debe tener expectativas iguales que el hombre en este medio tan castigado y no enfocarse sólo en los trabajos esporádicos unidos, irremediablemente, con el cuidado del hogar y la familia propia y política.
Las pautas que se adopten tienen que tener en consideración, no sólo la ciudad como medida de todo (como sucede con el hombre), sino que también hay que tomar en consideración las características particulares que se dan en el campo, en el pueblo, en cada territorio.
No hay que desprestigiar el medio rural, porque es la base de todo. Sus piezas son primordiales para el funcionamiento de una sociedad que sólo toma en cuenta a una parte muy pequeña.
El clasismo es perjudicial para los engranajes de la máquina de la sociedad. Creerse superior en una sociedad donde todas las piezas, incluso las más pequeñas, tienen su función, es contraproducente para un buen desarrollo.
Pero el que se cree más fuerte y más listo, no está por la labor de trabajar conjuntamente, porque no quiere “ensuciarse” las manos.
La mujer en el hogar, con la obligación de perpetuar la especie. En la casa con la “pata quebrá”.
Pero nosotras, en el pueblo, en la ciudad, somos mucho más y lo vamos demostrando poco a poco, pero de forma segura. Porque eso sí, tenemos que demostrar en todo momento de lo que somos capaces.
Recomendación literaria: “Cinco panes de cebada” de Lucía Baquedano