20 años sin “Adares”, el poeta de la Plaza del Corrillo

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Remigio González - Adares

Hace ahora 20 años que nos dejó Remigio González Martín, alias “Adares” (Anaya de Alba 1923-Salamanca 2001). Todo el que paseara hace años por la ciudad y los que incluso lo hagan ahora, lo van a encontrar en la plaza del Corrillo. Fue ante todo un poeta salmantino.

Su infancia transcurrió en el ambiente rural de Anaya de Alba y sus inmediaciones. La Guerra Civil española de 1936 le sorprendió con trece años en terreno nacional, de donde emigró en 1962 buscando una vida mejor para su familia a Francia, donde su pasión por la poesía rompió y le cautivó definitivamente. La experiencia de la muerte y la miseria marcaron su poesía dándole un tono “surrealista de hogaza” como lo definió una vez el poeta Aníbal Núñez en su prólogo a La Barrila.

En los años 70 regresó a España, donde publicó su primer poemario Sangre Talada (Málaga 1977). Más tarde, asentado ya en la ciudad de Salamanca, empezó a editar y vender sus libros en la Plaza del Corrillo, lugar de paso entre la Plaza Mayor y las Catedrales y así se convirtió en todo un personaje en la ciudad. En los peldaños de los soportales del Corrillo erigió “Adares” lo que él denominaba su “Cátedra de Poesía”, como un desafío de genialidad al encasillamiento de los académicos que ignoraban su obra. Y con él, el atrevimiento de llevar su palabra hasta la calle en un acto de compromiso con su esencia poética.

A su “Cátedra de Poesía” se acercaban miles y miles de turistas que pasaban por la Plaza del Corrillo hasta encontrarse con la ansiada Plaza Mayor. Era de todos conocido, que no quiere decir leído, aunque es cierto que vendió muchísimos libros de la primera veintena que se autoeditó.

Con lluvia o con sol, y de domingo a domingo, instalaba su mesa, exponía sus  libros, ataba una cuerda a dos columnas y colocaba el pequeño cartel que dejaba bien claro el producto que ofrecía “POESÍA“. En octubre de 1985, cuando Alfredo Pérez Alencart, poeta y ensayista peruano, que hoy es profesor en la Universidad, llegó a Salamanca se lo encontró en su lugar de trabajo y desde entonces iniciarían una entrañable amistad hasta su muerte.

Y es que la confianza hacía él, venía de esa absoluta seguridad en que Alencart valoraba su creación poética y es que él, nunca dejaba de recordar que los únicos homenajes que tuvo en la ciudad habían sido liderados por un latinoamericano.

Precisamente el primero de todos fue en 1988 y en la sede de Caja Duero organizado por el grupo Amauta de Estudiantes Latinoamericanos. Luego vendrían otros, en la Cátedra Fray Luis de León de la Pontificia o en la Casa de las Conchas, el 30 de marzo de 1999.

A Edad avanzada empezó “Adares” a padecer Parkinson. Esta enfermedad no le impidió, sin embargo asistir a su cita con la poesía. Ayudado por su esposa y por estudiantes que conoció desde su “Cátedra” pudo seguir publicando sus poemarios. El único inconveniente de su enfermedad, es que a veces sus textos originales sufrían inexplicables modificaciones a la hora de su transmisión, errores de copista debidos en gran parte a la ignorancia ante el amplio elenco de neologismos y expresiones de carácter rural que utiliza en su obra.

Después de haber publicado más de treinta poemarios en solitario se interesaron varias editoriales por sus textos, entre los que destaca la antología poética.  Me atrevo a ser palabra (1977-1996) y varios libros sacados a la luz por una editorial de Madrid.

“Adares” murió repentinamente en Salamanca a la edad de 77 años. Sus Restos descansan en Anaya de Alba. Dejó numerosos poemas inéditos.

En 2017 la ciudad de Salamanca inmortalizó al poeta con la colocación de una escultura póstuma de Agustín Casillas en la Plaza del Corrillo, un lugar que frecuentó durante más de dos décadas para hablar de literatura y ofrecer sus versos. Se trata de una obra con dos metros de altura y casi un metro de ancho, fundida en bronce que representa al escritor caminando en recuerdo a su habitual recorrido por la calle San Justo hacia la Plaza del Corrillo. Agustín Casillas modeló a “Adares” con su característica barba, gorra visera a la cabeza, bufanda y el zurrón en el que guardaba sus poemas, una pieza que se puede ver en el lugar al que el propio artista denominó su “Cátedra de Poesía”. La colocación de la escultura respondió a la petición de la ciudadanía, que siempre encontró en él un personaje entrañable.

Mi poesía nunca engaña
porque nunca la engañé
silvestre malva o de alma
La subo porque la amé.
Yo sé por lo que resiste
porque jamás está unida
ni a la pena ni a lo
triste

 

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