La magia del libro ‘El Sonido del Fuego’ reflejada en una reseña de Jorge Morcillo

- en Cultura
El Sonido del Fuego

Reseña escrita por Jorge Morcillo del libro El Sonido del Fuego de Yordanka Almaguer.

Y la diferencia entre un hombre de talento y el resto de los hombres es que el primero sigue siendo, en cierto modo, un niño. Todo lo mira con los ojos enormes de los niños, asombrado siempre, inconsciente de tanta sabiduría y consciente, sin embargo, de la ignorancia infinita y del poder infinito; una fuente de admiración eterna, de gozo y de fuerza creativa, que vive dentro de él, se une al océano de cosas visibles y gobernables que le rodean”.

John Ruskin

En ese párrafo de alumbramiento de crítica literaria Ruskin nos habla del poder creativo que imana de los niños y de las personas con talento, de lo imaginativo e innovador que conservan para observar el mundo y nadar en el océano de las cosas infinitas, de las visibles e invisibles, de todo lo que nos rodea.

La prosa de Yordanka Almaguer se impulsa de esa fuerza creativa. Y se aprecia mejor si se lee en voz alta, si se deja uno transportar por sus marejadas oscilantes entre una frase y otra frase; basculando entre la crueldad y la bondad; fluctuando en complejidad coral; alejándonos y devastando nuestras limitadas concepciones europeas sobre la literatura caribeña y, en general, todo lo que salió deformado de la literatura del “boom”, que no fue en realidad más que una gran campaña de marketing orquestada, y que poco o nada tiene que ver con la mayoría de la literatura que se escribe en tan extenso continente y con tan distintas y singulares voces.

No importa mucho “la lógica real” de lo que nos cuente porque en el universo de Almaguer los árboles y el fuego y todos los elementos de aire y tierra están engarzados en esta canción de vida y muerte que es la existencia. Y en los libros y en las composiciones creativas la única lógica que ha de imperar ha de ser la que aporte consistencia interna a lo creado, porque la visión del ser humano es pobre y limitada y suele ser presa de sus prejuicios y ambiciones. Creemos que la totalidad del mundo es lo que percibimos por nuestros sentidos; pero imagínense por un momento convertirse en un pájaro, sí, en un pájaro, y quien dice un pájaro puede decir un papagayo, un gato, una llama, una brizna de hierba, una leña en combustión… ¿verdad que la percepción sería distinta?, ¿Cuál es más real, más sentida?, ¿todas o ninguna?, ¿en cuál os sentiríais más retratados? Pues entonces estad preparados para que un árbol hable y no os parezca anormal. Y más si es una ceiba, que tiene un rico simbolismo de perpetuidad y grandeza para la tradición maya.

Sirva de ejemplo este párrafo en los inicios en los que de pronto las palabras acaban convertidas en brisa, que es precisamente de lo que está hablando, esa identificación con los elementos no desde la lejanía, sino desde el núcleo, desde el interior:

«Como a todas las criaturas que no tienen gran dimensión, a la brisa, que es la hija más pequeña del viento, le encantan los juegos y las fechorías de tarde en tarde. Por eso se las arreglaba para enredarse entre las piernas de Eusebio, para manosearle todo el cuerpo, como una diminuta amante perversa, e irse a dar vueltas, luego, alrededor de las ramas secas, haciendo que los restos de la hojarasca, que aún quedaban prendidas a ellas, danzaran como poseídas por el mal de las espigas de centeno».

Me gusta pensar que los lectores somos los cartógrafos en el océano prosístico de Almalguer, y que cada lector encuentra su rumbo y sus mapas, sus percepciones internas y su deleite; estoy seguro que este libro para cada lector significará cosas muy distintas: igual algunos se fijan más en la psicología del amor y el sexo, en los abusos y la violencia; los curiosos letraheridos en las obras literarias que se menciona (algunas un tanto osadas si se me permite afirmar desde el más sentido agradecimiento); otros igual tratan de apreciar (no sé si con suficiente acierto) qué hay más allá de la neblina simbólica; qué se esconde tras los elementos de esta fábula; cuál es la sustancia que aviva las llamas del fuego.

La prosa de Almaguer es rica para ese vaivén de prismas pues lo mismo que apuntilla su belleza también irradia sus momentos de desconcierto, y en una sola frase podemos pasar “de un brillo inquietante” a una imagen sórdida y doliente, tal y como es la vida, en la que todo está mezclado en un mismo guiso, y los individuos, por lo general, son capaces de lo mejor y de lo peor en este baile ignífero en el que todo arde.

Al final la vida es solo eso, un insecto efímero que a muchos les parece hermoso porque aparenta fragilidad; pero, como todo lo que tiene boca, vive por ella y para ella. Como el fuego que se mantiene hambriento y necesita su hambre para transformarse, necesita tragar para vivir: o sea, matar”.

Algo dentro de él deseaba aniquilarlo, extinguir aquel brillo inquietante, pero a veces se sorprendía imaginando también cómo sería mirarlo mientras se extendía por toda la habitación, por toda la casa. En estos momentos Eusebio sentía una rara necesidad de adentrarse en las llamas y dejarse consumir en sus colores, derretirse como una vela en su interior y mirar al fin lo que había dentro de sí mismo y del fuego: llegar a convertirse, él mismo, en el sonido del fuego”.

Hay un combate por el deseo en todos los personajes. Individuos o entes literarios capaces de sentir mucho y de desear mucho; pero luego capaces de rechazar mucho, como una especie de desdoblamiento que les impulsa y les retrotrae. Una Cartuja de Parma americana (en las novelas de Stendhal todo el mundo ama a alguien) que recorre buenas extensiones de geografía del “Abya Dala”, que si no me equivoco es la manera de la que los indios panameños nombran al continente, y que viene a significar “la tierra madura”, una expresión que no he querido dejar pasar la oportunidad de mencionar, pues resulta muy escasa la literatura que leo de esas geografías y salvo México y Argentina (y algo de Chile y Uruguay) apenas tengo conocimientos de literaturas como la venezolana, la panameña, la costarricense, la cubana, la ecuatoriana, etcétera, sabiendo que hay voces muy singulares pero que llegan a cuenta gotas a este lado del océano.

Ese deseo que arde en los personajes tal vez sea fruto de la soledad interior que padecen:

En las aceras no encuentra a nadie, hay tanta soledad a su alrededor que le ataca la horrible sensación de ser un personaje de novela. Una de esas novelas existencialistas escrita por una mujer que no soporta tanta culpa, que se desprecia y desprecia al mundo, pero que no se atreve a suicidarse y terminar lacerando alma y cuerpo de sus personajes, para expiar así sus culpas y luego largarse con su alma limpia, resucitada e impoluta, dejándola a ella, a Ana Angélica, el personaje protagónico, llena de mierda y sabiduría totalmente inútil en medio de un huracán que, por mucha lluvia y viento que traiga, no podrá sacarle toda la pudrición de la que se ha llenado su alma”.

Pero luego nos reconcilia (un par de frases más allá) con el oficio de crear literatura al exclamar:

¿A dónde van a parar los que son incapaces de crear? ¿Se van de este mundo con toda su basura intacta?”.

En definitiva, un libro coral en que palabras y fotografías se amalgaman en un artefacto creativo contra el tiempo y el olvido:

Preguntas que he escrito, sin esperar respuestas ¿acecha la vida en la muerte, del mismo modo en que la muerte acecha en cada respiro? El tiempo es un pájaro que nos devora las entrañas, no importa cuán buenos hayamos podido ser, ni cuánta sabiduría creímos poder alcanzar, ¿ni siquiera importará que nuestra memoria logre mantener el recuerdo del fuego? Ni siquiera el recuerdo del fuego nos salvará, ahora estoy casi segura de eso.

Algo arde tras ese cónclave de huesos y linfa y sangre que nos constituye. El sonido del fuego crepita más y mejor si se lee en voz alta, como se leía en tiempos lejanos cuando el ser humano estaba más vinculado a la tierra y se profesaban ritos ancestrales cuya gnosis se traspasaba generación a generación y los árboles hablaban y las aguas pronunciaban sus canciones de purificación y los dioses convivían con pescadores y talabarteros y todos los oficios estaban al alcance de las manos y lo pies y las raíces de los seres humanos se movían y las distancias eran distancias que ampliaban las vivencias y los conocimientos y la muerte era un tránsito necesario e inevitable y la vida otro tránsito necesario e inevitable y el sol y la luna y las mareas gobernaban nuestros ritmos vitales e internos entre la luz y la oscuridad.

Regresemos a la tierra y a sus vínculos eternos.

Esa es la sensación que queda al finalizar el libro (con un último párrafo muy bello), que se ha asistido a una lucha contra el tiempo; que la literatura no son solo palabras para rellenar y describir símbolos, sino que todas esas representaciones provocan ondas magnéticas que gravitan haciéndonos sentir ser más puros y libres.

Hasta otra.

Autor

Equipo de redacción de NOTICIAS Salamanca. Tu diario online. Actualizado las 24 horas del día. Las últimas noticias y novedades de Salamanca y provincia.