Siglo XXI. Sociedad avanzada. Gente corriendo, pero sin hacer deporte. Personas cruzándose sin mirarse a la cara. Autómatas que siguen su camino sin pararse a mirar a la otra, absorbidos por la música, la conversación tras la pantalla o el contenido de la red.
Siglo XXI. Ausencia o reducción de las relaciones personales si no hay un objeto rectangular de por medio. Disfraces para aparentar ser quien realmente no eres. Obsesionada por los likes y seguidores para tratar de convertirte en alguien influyente en el mundo tecnológico. Algo efímero. Algo pasajero.
Siglo XXI. Observo. Miro con detenimiento lo que hay a mi alrededor y me sorprendo. O no.
Hemos avanzado demasiado deprisa. No lo hemos hecho con cautela y asegurando nuestros pasos. Hemos corrido demasiado y hemos dejado que el avance nos coma sin apenas habernos enterado. Y nos supera.
Me paro. Observo a mi alrededor.
Cierro los ojos. Dejo que el resto de mis sentidos se adapten a ser los protagonistas.
Huelo a pan recién hecho. La panadería de la esquina sigue trabajando sin descanso para proveer a todo el barrio.
Escucho con atención y me doy cuenta que hay un nuevo canto al lado de mi ventana. Un nuevo inquilino se ha posado en el alféizar y me deleita con su música.
Se me eriza la piel al sentir tu contacto en mi brazo. Has llegado sigiloso. Mi oído se había detenido en la nueva canción y había obviado lo demás.
Saboreo esa onza de chocolate con menta que depositas en mi boca.
Siento tu abrazo y tu aliento en mi cuello.
Los ojos siguen cerrados. Mi imaginación vuela haciendo partícipe al resto de sentidos.
Una paz inmensa me recorre el cuerpo. Sonrío.
Me he abstraído de todo y he disfrutado de los pequeños placeres que me dan tranquilidad y me reconfortan en este mundo acelerado, donde perdemos el horizonte y dejamos de lado lo verdaderamente importante.
Abro los ojos. Observo de forma borrosa mientras mis ojos se aclimatan a la luz.
Pienso en esos pequeños placeres individuales y compartidos que me aportan felicidad. Sonrío. Me doy cuenta que son más sencillos de lo que pensaba; que los tengo al alcance de mis manos.
La felicidad está en las pequeñas y más simples cosas.
LIBRO: “Mis pequeños placeres” de Raquel Díaz Reguera.