Una imagen para reivindicar unos Juegos Olímpicos

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Hace ya bastantes años asistimos en Salamanca a un congreso internacional de atletismo. Eran otros tiempos. Ya no sé exactamente si correspondía a algún escenario concreto. Quiero recordar que se celebró en los salones del Hotel Doña Brígida, pero recuerdo sobre todo tres cosas o, más bien tres personas. Recuerdo a Carlos Gil Pérez como perfecto anfitrión, nada nuevo, pero recuerdo sobre todo que los dos grandes protagonistas eran Carlos Vittore, entrenador italiano de, entre otros, el gran Pietro Menea, y Jacques Piasenta, conocido en aquel momento, sobre todo por ser el entrenador por esa época de Christine Arron, una de las velocistas de moda a la que le faltó culminar en las grandes citas, además de haber entrenado a una pléyade de ilustres velocistas.

En realidad, la velocidad en esa época era la auténtica reina del atletismo. El mediofondo, los concursos, todo lo que queramos, pero la velocidad mandaba. Prueba de ello era que los técnicos más importantes de cada uno de estos tres países eran especialistas en velocidad.

Pero, en realidad, lo importante no es que fueran especialistas, es que eran auténticos entusiastas de su profesión. Quiero recordar que era Piasenta el que contó como con elementos comunes montó una especie de gimnasio en su casa para que sus atletas pudieran entrenar. Elementos rudimentarios con poleas y cuerdas que les facilitaba entrenar y es que, si las instalaciones escaseaban, sobraba imaginación.

Posteriormente Gil Pérez me comentó que eso también fue algo habitual en su chalet de El Pinar de Alba. Y es que Salamanca, la verdad, siempre fue un paso por delante en calidad de atletas y entrenadores, pero un paso atrás en instalaciones.

Recuerdo que el tiempo que se celebró el congreso, Salamanca congregó, cual Trofeo Diputación o Campeonato de España a los mejores atletas. Recuerdo a Carme Blay, en aquel momento, la gran protagonista de la velocidad española (seis títulos nacionales al aire libre en 100 y diez en 60 bajo techo), como una asistente más, devorando con fruición todo lo que contaban estas glorias del atletismo. Recuerdo a Antonio Sánchez con un ojo puesto a las ponencias y otro a que todo saliera a la perfección.

Me viene este recuerdo tras el triunfo de Marcell Jacobs en los 100 en Tokyo. Ver a Italia en lo más alto del podio de 100 es como volver al atletismo de otra época, en los que la bandera te daba esas fuerzas que a lo mejor te faltaban.

Ahora vivimos otra época más intercultural y es de agradecer ver como se mezclan sentimientos renovados, cómo una nueva realidad se abre paso en el mundo del deporte, como la pasión por una bandera puede ser más grande por alguien que la abraza y la respeta desde hace cinco años que por otro que lleva toda la vida envuelto en ella, pero ambas épocas no tienen por qué ser excluyentes.

La ilusión con la que Ana Peleteiro celebraba ayer el éxito de su compañera de entrenamientos Yulimar Rojas, el abrazo del qatarí y el italiano en el salto de altura son imágenes que llenan de pasión y emoción unos Juegos Olímpicos que pasarán de una forma intrascendente a la historia. Para muchos serán lo más grande, pero haciendo un análisis pormenorizado, y a pesar de que todavía quedan unos días para su finalización, parece claro que no dejarán una huella importante en el movimiento olímpico. Serán unos Juegos sin más y, lo cierto, es que pocos han sido los Juegos sin más.

Pero esos momentos pasarán a la historia. Esas instantáneas se colarán ya en la retina de los aficionados al deporte. Aunque durante cuatro años no vuelvan a ver una prueba de atletismo, ese que tildan todos los que estos días se arriman a él del deporte rey de los Juegos aunque cada vez lo sea menos con la irrupción de algunos deportes colectivos o de otras disciplinas que le han ido comiendo el terreno. Y eso que el atletismo está avanzando a pasos agigantados en los últimos tiempos y dando un salto importante hacia la modernidad. Y eso que el 100 de los Juegos siempre será una prueba estelar.

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