Comer es «pa» ricos

- en Firmas

Comer es pa ricos. En realidad, siempre he pensado que esa afirmación fue cierta, solo que hubo un momento que daba la impresión que todos podíamos comer de todo. Así dejamos atrás el raquitismo y algunas enfermedades provocadas por la mala nutrición. Aquellos años de posguerra en los que tanta hambre se pasó. Hace unos meses creo que comenté algo de cartillas de racionamiento. Sigamos riéndonos por si acaso, porque, qué son sino cartillas de racionamiento los ‘ingresos mínimos vitales’, los ‘PER’, los ‘rais’ y otras invenciones modernas. La diferencia es que nuestras abuelas únicamente tenían acceso a alimentos y ahora, con esas ayudas pues te lo gastas en lo que te da la gana. Lo puedes utilizar para un paquete de tabaco, para unas cervecitas o para lo que quieras. Y corríjanme si estoy equivocado.

Lo cierto es que hubo una época en que casi todo el mundo podía comprar de casi todo, pero, si somos sinceros, siempre ha habido alimentos que estaban solo al alcance de los elegidos. Igual que hay artículos de lujo, también hay alimentos de lujo. El producto fresco tenía un precio más alto y lo que hemos hecho el resto es consumir envasado. De todo, pero envasado. No sé si seré el único, pero hay veces que llegamos de hacer la compra y para una sola comida ya llenamos una bolsa de basura de envases. Cartones de leche, blísteres de chorizo, de fiambre, de jamón, la botella de aceite, el envoltorio de las cebollas, todo, o casi todo, viene ‘estabulado’. No nos hemos parado a pensar, pero ver las verduras o ver los embutidos envasados en plásticos debería darnos al menos que pensar, al igual que ver desaparecer los puestos de este tipo de productos. Es cierto que durante unos años hemos comido en abundancia y, probablemente, mejor que nuestros predecesores. No sé si lo que hemos comido era más sano, pero sí más abundante.

Sin embargo, en los últimos meses hemos observado cómo se dispara la lista de la compra hasta unos niveles que convierten algunos productos, que deberían considerarse básicos, en inalcanzables para la clase baja y también para esa clase media que va desapareciendo en torno a las excusas varias (que si la culpa es de esto, que si es de lo otro, que si volveremos al nivel de crecimiento de no sé cuándo, que si saldremos más fuertes –apunto que para salir hay que llegar-…).

Todos conocemos las razones, pero todos preferimos huir hacia adelante y sí, hacia adelante vamos a continuar, pero en una espiral de la que para muchos va a ser imposible salir. Claro, que también es cierto, que comparado con las tristes realidades que vemos en otros lugares, podemos apelar a seguir sintiéndonos privilegiados. Otra vez eso del ‘tuerto en el reino de los ciegos’. Al final, excusas burdas para no afrontar una triste realidad, y no porque peque de pesimista, sino porque empieza a ser una realidad por mucho que haya cien por cien de ocupación en los hoteles en Semana Santa y todas esas cosas que se utilizan para transmitirnos un mensaje optimista.

Es obvio que la gente lo que ha cambiado es el destino de sus dineros. Ahora muchos prefieren ir a la terraza y volver ‘cenaos’, pero ir a la terraza; salir a comer ‘aunque sea a pinchos’, peor salir; ir de vacaciones ‘aunque luego estemos dos meses metidos casa’. Este tipo de hábitos se empieza a convertir en costumbre y, reconozcámoslo, en algunos momentos es, incluso necesario para el cuerpo y, sobre todo, para la mente. Siempre pensé que la crisis del ladrillo allá por 2007 y años posteriores no fue a más gracias a los abuelos, pero muchos de esos abuelos hoy ya no están. Por eso, las crisis, a medidas que pasan los años, suelen tener mayores repercusiones. Tal vez por eso el aumento de problemas de salud mental que está produciéndose en estos años, pero no soy experto y a lo mejor estoy equivocado, pero da la sensación que hay un grupo de gente mucho mayor que antes que no es capaz, no sabe, o no puede afrontar una situación de crisis física y eso afecta en lo emocional, donde no se encuentra salida por ningún lado.

Y claro que hay mucha gente que se puede permitir seguir con la misma cesta de la compra que antes sin que ello suponga un trastorno para sus bolsillos, pero también lo es que en el pueblo se empieza a ver un ambiente que no se veía hace años, que veo a la abuela pagar los carros de compra de los nietos, que la frase de “hemos encontrado una casita rural por solo…” no para de oírse. Es decir, el consumo sigue manteniéndose en algunos sectores, pero donde antes se gastaba con alegría ahora se mira muy mucho la pela.

Pero al final, la cesta de la compra es un indicativo del bienestar de la gente y en ese aspecto, cada vez va más vacía y con alimentos cada vez más básicos que, por cierto, no han tenido ni la poca empatía de no subir el precio de algunos alimentos. Ahora no hay ‘conejo’ que valga, que diría aquel presidente de Gobierno que tuvimos en la segunda mitad de la década de los 2000 para tratar de consolarnos en la crisis de la construcción. ¿Lo recuerdan? Ahora uno visita el súper y no hay producto que no esté muy por encima de su valor. Curiosamente, aparecen marcas de leche que nadie conoce, pero a un buen precio, el aceite de girasol, tan denostada, ya está por encima del aceite de oliva. Pero no es que esté más cara, es que cuesta casi 4 euros. El porcentaje de aumento de precios es elevadísimo y no en meses, sino que, en ocasiones, se produce de un día para otro. Es el mejor momento para volver a traducir los precios a pesetas para ver esa carestía con la perspectiva necesaria y adecuada, pero da la impresión que a medida que pasan los días comer es cada vez más un lujo sólo al alcance de los ricos.



Autor

Periodista y comunicador. Licenciado por la Universidad Pontificia de Salamanca.

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