Cuento de verano

- en Firmas
Lourdes Francés

Con la lentitud propia de quien no tiene nada más urgente que hacer, repasó una a una las fotos que tenía entre las manos, fijando en su retina los gestos y colores que definían a la mujer que le sonreía desde ellas con aquella expresión tan suya de placidez y gusto por todo lo que le rodea en ese momento eterno y fugaz, como si posando así de feliz y relajada para el fotógrafo, aceptara que todo aquello que componía la escena hubiera sido ordenado por un dios hacendoso y amable para que ella pudiera disfrutarlo sin prisa ni cortapisas.

Observó su pelo fosco y rubio cortado recto a nivel de la barbilla enmarcando con naturalidad su cara delgada y su cuello níveo; sus ojos grandes y risueños, tintados de mar con reflejos dorados mirando fijamente como faros plantados delante de un hostal de carretera que alumbraran en la noche y señalaran al viajero dónde detenerse para solicitar posada; su boca de labios finos delineada en color ciclamen que dibuja una sonrisa franca y abierta invitando a la confidencia; y el terciopelo sin tacha de la piel de su rostro perfectamente maquillada con el toque justo de rubor en las mejillas.

Cuando ha reconocido una por una las huellas en papel de aquel rostro amado se detiene a contemplar ese torso proporcionado y esbelto enfundado en un vestido blanco de cuello redondo y manga larga que impide admirar en plenitud su escote, sus hombros y sus bien torneados brazos, pero sí su mano derecha de largos dedos apoyada en su vientre redondo como si fuera a iniciar una caricia sutil, y la mano izquierda en alto saludando a alguien situado más allá y que parece ser el responsable último de su felicidad.

Y plantadas sobre el mármol gris veteado del suelo esas dos columnas recias, todavía descalzas, que exhiben sin pudor las rodillas bien definidas de chiquilla deportista, las pantorrillas fibrosas y unos pies finos que parecen gorriones a punto de emprender el vuelo.

Cada trazo de esa arquitectura lo reconoce como suyo; cada rincón de esa anatomía ha sido miles de veces acariciado por las yemas de sus dedos y por sus labios sedientos, con los ojos abiertos y a tientas, en vigilia y en sueños; evocado de forma consciente en los momentos de tristeza y aparecido de súbito cuando permanece durante días sumergido en la bruma gris de la inconsciencia y de la locura.

Pues de ella, su amante durante años, su amiga y compañera, ya solo guarda en su mente recuerdos desvaídos de instantes muy concretos, emociones difusas en su corazón, y esas fotos en papel satinado que reflejan la felicidad de un instante cuando el dolor y la muerte parecían inexistentes y la actitud de ambos como pareja frente a la vida era de máxima despreocupación y desparpajo, como si la eternidad de su unión dichosa pudiera instalarse en la alcoba compartida, para que nunca tuvieran que degustar el trago amargo de la soledad y del abandono.

Dedicado a la memoria de mi madre en el día de su aniversario de boda.