Oigo el bullicio de la gente bajo mi ventana abierta. Ventana que no me pertenece, sino que forma parte de la casa prestada que me da cobijo temporal, en este verano frenético que se ha convertido en ajetreado con el paso de los días.
Y daré gracias, aunque sea a medias, por estar en continuo movimiento y crecimiento.
Crecimiento personal, porque el crecimiento en centímetros ya quedó atrás.
Yo oigo el bullicio de la gente que se divierte, que conversa, que se reencuentra…
Soy afortunada porque no es ruido de alarmas o de bombas. Tampoco es el ruido provocado por los gritos de angustia que salen de gargantas desesperadas que claman justicia por la descendencia asesinada a manos de unos genocidas que no son parados por quienes tienen más poder que yo.
Tampoco son los gritos de quienes son detenidos en países civilizados que alardean de ser el “país de la libertad” cuando protestan pacíficamente por la vulneración de los derechos humanos en países con conflictos bélicos en marcha desde hace años.
Doy gracias por ser afortunada y escuchar, con poca atención, el sonido del verano en las terrazas de los bares que aparecieron en la pandemia y que aún siguen ocupando espacio público.
El capitalismo, ya tú sabes.
Más derechos, me decía algunas adolescentes, pero, en la actualidad, reprimidos para no ir en contra de las ideas de quien lleva la batuta de este mundo que se va a la mierda.
Oigo el bullicio de la gente bajo mi ventana y no sé si por sus cabezas (y por su corazón) pasarán las angustias existentes en otros países, aunque sea de puntillas, como pequeña pregunta de qué pueden hacer ellas desde aquí.
¿Qué podemos hacer desde nuestra posición privilegiada para calmar la angustia y el dolor y sufrimiento de las otras?
¿Qué está en nuestras manos?
¿Mirar hacia otro lado apacigua nuestras almas?
¿Todas las personas tenemos alma y corazón?
A veces pongo en duda que todos los seres humanos sean capaces de tener sentimientos.
De momento, me quedo deleitándome con el bullicio que denota vida y preguntándome qué puedo hacer yo.
Recomendación musical: “La cara amable del mundo” de Rozalén.