Curanderos sin alma

- en Firmas
curanderos

«Curanderos sin alma», no me tirita el pulso al escribir esta frase, no es necesario gritar para que la sociedad nos presté atención. Es más, me atrevo a decir: que probablemente cientos de personas piensan como yo.
Qué injusta es la vida cuando a este tipo de personas se les permite jugar con los sentimientos de millones de personas, con la esperanza de padres desesperados con el único afán de intentar curar a sus hijos o familiares, con niños inocentes que esperan esa cura como un regalo de los Reyes Magos.

¿Cómo sois capaces de jugar con el alma de los niños? ¿Cómo sois capaces de lucraros de gente que está luchando contra una enfermedad?

Ya es hora de deciros a esos curanderos, que vuestras palabras son como cuchillas afiladas, invisibles. Una acción que transporta maldad sin un juicio final que al menos dictará una sentencia justa.  Está claro que nadie se ha hecho rico tumbado en sofá, pero si para ello tengo que jugar con el corazón de la gente, con sus ilusiones, con la esperanza de gente, que al igual que yo, son usuarios de una enfermedad. Prefiero ser pobre toda mi vida.

No estoy hablando de algo que desconozco, lo he vivido desde que era muy pequeña. Como todos sabéis soy portadora de una enfermedad rara y cuando los médicos te comunican que no hay cura para tu dolencia, un silencio inunda esa consulta. No lloras, ni aplaudes. Sin embargo, es ahí cuando los padres comienzan una lucha incansable, dejando realmente que estos individuos que venden un milagro como si se tratará de un litro de leche. Jueguen con sus sentimientos.

«Imposición de manos» ahora que soy adulta, estas palabras provocan en mí una sonrisa irónica. A mí, como imagino que a ninguno de vosotros, ni en mi pasado, ni en mi presente.  Me ha pasado algo tan irreal como poner mis manos sobre una mesa y que se forme una hoguera. Con esta frase metafórica, intento abrir vuestros ojos y que no os engañen como en su día lo hicieron con mis padres.

No existe Dios en la tierra, solo hace años existió y actualmente en el corazón y las creencias de millones de creyentes. Por lo tanto, nadie, con un gesto tan simple como es, «la imposición de manos» puede curar lo que la ciencia no ha logrado.

Como colofón, os voy a contar una de las muchas experiencias que he vivido con varios curanderos, la que más me impacto. Por eso, este artículo se titula así.

Todos los meses mis padres y yo viajábamos a Talavera de la Reina, íbamos a ver a un curandero, él era muy joven y yo muy pequeña, pero más madura que las niñas de mi edad. Empapaba mi cuerpo con agua bendita, entre comillas, claro. Y luego te podías llevar garrafas para todo el mes siguiente.

¡Qué frío! ¡Qué impotencia!

Recuerdo perfectamente esa oscura habitación. Llena de vírgenes y ramos de flores, un aroma que embriagaba. Me sentía impotente, al observar cada mes como engañaba a mis padres. Nunca les pedía dinero, pero sí la voluntad. No se veía su rostro del todo, porque se ocultaba detrás de unas cortinas, aun así, ese extraño día gozo del atrevimiento de anunciar un milagro en un día tan especial como es en muchos hogares, La Nochebuena. Hasta que llegara tan ansiado día, mi padre con amor cada noche empapaba mi cuerpo con la supuesta agua bendita, que habían traído de allí.

Cientos de personas de diferentes ciudades viajamos hasta allí el día de Nochebuena. Mi hermano y yo éramos pequeños, hacía un frío que apenas te permitía sujetar el bocadillo que llevamos hecho desde Salamanca para cenar. No se podía llegar tarde, imposible acudir a un restaurante, porque quizás esa noche el milagro era para mí. Familiares y aquejados, esperanzados, nos reunimos en aquella explanada. Llegaron las 24: 00 h de la noche, nervios, lágrimas, emociones unánimes de los allí presentes. En el cielo se pudo observar un círculo de estrellas que nos rodeó a todos, un cruel montaje, por supuesto. Para seguidamente escuchar como una voz ronca y tenebrosa que simulaba ser la de la Virgen María, decía: esta noche no será posible que se cumpla el milagro prometido.

Todos estábamos agotados, caras de desolación en los allí presentes. Lágrimas que en cierto modo curaban la herida que esas palabras acababan de producir, una decepción inesperada.  Aunque como todo en esta vida, esa noche ocurrió algo positivo en la vida de muchos de nosotros y es que dejemos de ir a curanderos, ya no podían engañar más a nuestros familiares. Parientes de gente, que como yo, somos propietarios de una afección. No son ignorantes, ni incultos, son humanos con coraje y corazón.

¡No os dejéis engañar! Los curanderos, sin alma. Carecen de ella, no permitáis que anulen la vuestra.