Lo señalaba Mahatma Gandhi con esa visión de futuro que le caracterizaba:
«Vive como si fueras a morir mañana… aprende como si fueras a vivir siempre».
Cortas son las horas de cada día y pocos los días que conforman nuestra vida, para seguir aprendiendo. Pero no se confundan: aprender e incrementar nuestros conocimientos no significa que aprendamos a vivir. Quizás este sea el punto en el que seamos más débiles o, mejor dicho, torpes.
Por ello, en las enseñanzas de los líderes prevalece siempre la actitud frente a la vida por sobre el conocimiento y sus técnicas. Coloquialmente hablando: cómo le plantamos cara a la adversidad. Porque es cuestión de enfrentarnos a ella con una actitud ganadora, sin complejos.
¿Por qué fallan entonces de manera sistemática las personas en su aprendizaje de vida?
Porque no aprenden de los errores. A veces escapan de la verdad. Se engañan a sí mismas. Creen estar viendo una realidad que aseguran es la verdad, cuando lo que están visualizando en su mente es su percepción de la realidad, o sea, alejada de lo que realmente es. Lo que produce desmotivación y, en ocasiones, mucha frustración.
Cuando se actúa así, es justamente lo contrario del liderazgo, que es en esencia enfrentarse al desafío, destapar la realidad oculta y cambiar las cosas. Tratar de ver qué es lo que importa, lo prioritario, sin dejar engañarse por percepciones que no son nada parecidas a la realidad, generalmente alimentadas por tópicos y prejuicios.
Pero los atributos más importantes de la personalidad de un buen líder, son que tiene sensibilidad y compasión hacia los demás. Y es justamente el ejemplo que nos guía hoy el de Gandhi, que hizo inclinar al mismísimo Imperio Británico con sus reivindicaciones en las que ejercía la “no violencia” pero con una firmeza encomiable.
Una vez vencido los ingleses y en plena preparación del que sería el nuevo estado que es la India actual, le preguntaron cómo es que había ganado esa guerra. Su respuesta no dejó indiferente a nadie: “derrotamos a los ingleses porque ellos usaron la violencia”.
Sin duda hubo otros grandes personalidades de la historia del siglo XX que también hicieron de las marchas pacíficas su emblema, como fue Martin Luther King que con su famosa “La Marcha sobre Washington por el Trabajo y la Libertad”, del 28 de agosto de 1963, que fue una manifestación masiva (más de 250.000 personas) en Washington D.C., exigía derechos civiles y el fin de la discriminación racial, culminando con el famoso discurso «I Have a Dream» (Yo tengo un sueño) frente al Monumento a Lincoln, considerado un momento clave que impulsó la Ley de Derechos Civiles de 1964 y la Ley del Derecho al Voto de 1965, que supuso un cambio radical en la política de derechos civiles en Estados Unidos.
La actitud de Gandhi era más fuerte que el poderío del ejército inglés.
La victoria de Gandhi es la victoria de su actitud firme frente al desafío que la mayoría creía imposible de lograr. Un hombre diminuto físicamente y que se sometía a ayunos que casi le llevaron a la muerte en varias ocasiones, puso en pie a un país del tamaño de la India (por algo se le llama el subcontinente asiático) porque su actitud era más grande y fuerte que el propio ejército inglés. Gandhi desbordaba entusiasmo en los demás y energía que muchos se preguntaban de dónde saca tanta fuerza. Sin duda, le venía del alma.
La flexibilidad y gestión de la adversidad: la gran sabiduría del líder
La sabiduría del líder se sustenta en la inteligencia y en la convicción que va a doblegar el problema que tiene por delante. Los que veían a Gandhi como débil se equivocaron. Los que creían que el imperio británico era invencible, también.
Gandhi es el líder flexible que como el bambú se acomoda con sus movimientos ante los vientos racheados de la tormenta y ni los rayos ni el agua pueden con él. Antes o después, cuando la tormenta amaine, se volverá a erguir y se verá en él uno de los principales atributos: la inquebrantable fe en la causa que defiende. En la meta que se ha impuesto.
Ninguna adversidad por más poderosa que sea, se hará con el control, sino quien es un sabio y veterano líder, al igual que el arroyo de montaña finalmente discurrirá al mar. Como Gandhi hizo en la Guerra de la Sal. Nunca pierden el control de la situación.
Transformar la adversidad en fuerza positiva
Toda adversidad por más grande que sea, se convierte en fuerza positiva, porque el objetivo no es que desaparezca, sino saber gestionarla. Ese fue el éxito de Gandhi. Y este ha sido también la senda que abrieron otros líderes más contemporáneos inspirados en las enseñanzas de Gandhi
Cuando la adversidad distorsiona la realidad
No se puede ni obviar ni negar y menos evitar, la existencia de determinadas fuerzas negativas que siempre alimentan un conflicto. Lo grave es cuando éstas pueden distorsionar la realidad que tenemos delante, o peor aún, que nos influya de tal manera que erremos en la focalización del asunto que tenemos entre manos.
La filosofía de Gandhi es enseñanza pura para el buen liderazgo:
- a) Tener capacidad de reflejos.
- b) Focalizar la acción en la raíz del problema.
- c) Transmitir confianza a su equipo de que es posible controlarlo y resolverlo.
- d) Erradicar el miedo de la gente (su equipo en una organización, los ciudadanos si es un político), transformando las energías psíquicas negativas en positivas.
El buen líder prioriza la acción por sobre el pensamiento
En todo momento, el buen líder apelará a la acción. No se quedará en palabras.
El maestro indio Krishnamurti afirma que el pensamiento debe ser el precursor de la acción. Y va a más: para comprender la verdadera esencia de la realidad es necesario suspender el pensamiento. Porque sólo así se evita interponer ideas concebidas entre uno y la realidad. No dejarse influir por ningún prejuicio.
Los textos tradicionales del budismo comparan a los líderes que no predican con la acción con músicos sordos o pintores ciegos, preguntándose cuántas veces se han escuchado planes ambiciosos que jamás se han puesto en práctica. ¡No nos suena esto conocido a los ciudadanos europeos!!!
El líder sabio tiene la visión.
El líder sabio siempre armoniza experiencia y conocimiento. La experiencia se vincula a la técnica y en saber cómo abordar una cuestión. La sabiduría, en cambio, prescinde de la técnica que la deja en manos de los “operarios” (los que ejecutan) y se ocupa de la comprensión de la realidad, de su alcance y dimensión. Lo que configura su “visión del mundo”.
La diferencia que distingue al líder sabio del que no lo es, está en esa “visión exterior”. En cómo concibe el mundo y la capacidad para anticiparse a los cambios con que el entorno impactará en su vida y las de sus seguidores. (Una organización o todo un país).
El líder sabio sufre por su gente, es sensible al dolor por el que atraviesa un pueblo.
Si Gandhi viviese, su liderazgo seguramente hubiese ayudado a acortar mucho sufrimiento e incertidumbre que caracterizan la época actual. Porque en la clase política mundial nos sobran técnicos…. pero lo que sí es seguro, es que ¡faltan sabios!