Desde que la mujer se incorporara de forma masiva al mundo laboral, la presencia de la figura paterna dentro del hogar ha cobrado un relieve extraordinario, pues ya no se limita a ser solamente el proveedor oficial de bienes con los que alimentar a la prole, sino que ha asumido de forma voluntaria y gozosa la parte que le corresponde en la crianza de los hijos, encontrando en ello un auténtico placer al que por nada del mundo los hombres de hoy en día querrían renunciar.
La paternidad no es una cualidad con la que se nace, sino que es un estado que se desarrolla con la práctica. Los padres actuales ya no se conforman, con razón, con ser meros comparsas de las decisiones tomadas en el núcleo familiar, sino que quieren ejercitar todas y cada una de las prerrogativas inherentes a dicha condición.
Observo encantada como mis amigos, familiares y conocidos varones asumen desde el momento de la concepción del hijo, que su rol no tiene límites impuestos, excepto los marcados por la Biología como la gestación y la lactancia, y ejecutan con auténtica alegría y encomiable destreza, todas y cada una de las tareas que tradicionalmente venían realizando las mujeres de la familia, desde cambiar pañales, bañar a los niños, dar biberones, vestir, peinar, cocinar, llevar al colegio, asistir a reuniones con tutores, ayudar con los deberes de clase…, hasta comprarles ropa y calzado, enseñarles modales, compartir con los hijos lecturas, juegos y, por supuesto, estar presentes en todo momento para ser receptores de los temores, dudas, inquietudes y alegrías de sus hijos, empleando en todo ello un tiempo, que en épocas pretéritas hubieran dedicado a otras tareas de índole más personal.
Al asumir estas rutinas, los hombres han descubierto que ser padres y ejercer como tales les colma de una felicidad real y plena; y a la vez, los hijos salen beneficiados en una doble vertiente, pues cuentan con una madre menos cansada y por tanto más disponible, y con un padre que, sin perder autoridad ni distinción, le sienten como alguien próximo, confiable, humano y digno de admiración y amor.
Envío desde aquí mi más cordial felicitación a todos mis amigos que tenéis la dicha de ser padres. Sé que a veces es duro, incluso agotador, pero bien merece la pena. Observándoos a vosotros y viendo la relación que mantenéis con vuestros hijos, me doy cuenta de cuáles son las coordenadas que importan en la vida.