Las emociones de un indigente no son muy diferentes de las de cualquiera de nosotros. Es gente que, por circunstancias de la vida, se encuentran en una situación de calle que nunca imaginaron vivir. A veces las vemos sucias, con un aspecto descuidado y pensamos que es consecuencia de la falta de higiene, sin detenernos a pensar que, en muchas ocasiones, carecen de los recursos necesarios para cubrir sus necesidades más básicas. Cada rostro es dueño de una historia que desconocemos, una vida que, en algún momento, pudo ser muy distinta. Con frecuencia los confundimos con vagabundos, como si ambas palabras significaran lo mismo, sin detenernos a meditar en la realidad que hay detrás de ellas. Quizá esta sea una oportunidad para reflexionar sobre la empatía, una palabra que pronunciamos mucho, pero que no siempre llevamos a la práctica.
¿Nos hemos parado alguna vez a imaginar cómo era su vida antes de vivir en la calle y los sueños que tenían? ¿Qué personas formaban parte de su existencia?
Tal vez algunos fueron empresarios, trabajadores, padres de familia o personas que disfrutaban de un hogar y de una estabilidad que, por una mala decisión, una pérdida inesperada o un golpe del destino, terminaron perdiendo. Y si algún día nos ocurriera algo parecido, ¿no nos gustaría encontrar una mano amiga en lugar de una mirada que nos apartara? Muchos de ellos conocen el dolor de sentirse abandonados por sus familias, de darse cuenta que aquellas amistades en las que confiaban no eran tan sinceras como creían. Y, aun así, todavía hay quienes dudan de sus emociones, como si perderlo todo también significara dejar de sentir.
¿Acaso las dificultades pueden borrar los sentimientos? ¿Puede alguien dejar de necesitar cariño porque ya no tiene un hogar?
En sus miradas cabizbajas se esconde un corazón que ha sufrido. Hay quienes, a pesar de la situación, conservan una sonrisa llena de bondad, aunque por dentro estén atravesando una de las etapas más difíciles de sus vidas. Otros apenas encuentran fuerzas para expresar lo que sienten. Sin embargo, su gratitud, sus pequeños gestos de cariño y su necesidad de sentirse escuchados no siempre reciben la atención que merecen. Su aspecto puede generar temor en algunos viandantes. Es cierto que vivir en la calle puede enseñarles a defenderse, a desconfiar y a protegerse de un mundo que no siempre ha sido bueno con ellos. Pero no podemos confundir la necesidad de sobrevivir con la falta de bondad, ni juzgar a nadie por su apariencia. Detrás de su rostro, de esas manos que piden ayuda y que tantas veces pasan desapercibidas, hay seres humanos con sentimientos, recuerdos, y heridas que nunca sanaran.
Por supuesto, con estas palabras no pretendo decir que debamos hacernos cargo de un problema que nos supera o asumir responsabilidades que están fuera de nuestro alcance. Cada persona tiene sus propios problemas. Pero la solidaridad es algo hermoso cuando sabemos hacer buen uso de ella. A veces basta con ofrecer una palabra amable, escuchar, mirar a los ojos o realizar un pequeño gesto que alivie, por un instante, el sufrimiento de otra persona. Porque ayudar no significa solucionar la vida de alguien, sino recordarle que no está completamente solo, en algunos momentos, eso es mucho más importante de lo que imaginamos.
Tampoco debemos olvidar que nadie está exento de los sucesos que pueden cambiar una vida de un día para otro. No sabemos qué nos tiene preparado el futuro, qué pérdidas tendremos que afrontar ni que nos tocará superar. Aquello que hoy vemos desde la distancia puede convertirse mañana en algo que nunca imaginamos vivir. Las emociones de un indigente es una verdad que muchas veces permanece oculta tras su aspecto. Han perdido la dignidad ante los ojos de quienes los observan, aunque en su interior todavía conserven el amor propio, no siempre es por desinterés, sino porque la vida les ha puesto delante una lección que no supieron cómo afrontar. Nos equivocamos al pensar que, por encontrarse en la calle, son malas personas, opino que no tiene por qué ser así. Tal vez algunos fueron egoístas al querer abarcar más de lo que podían, o simplemente luchaban por alcanzar sus metas, sin imaginar que acabarían así. Quién sabe si, detrás de lo que nosotros interpretamos como un error, también hubo sueños.
Equivocarse forma parte de la vida. Lo importante es recordar que de cada error se aprende, una persona puede sentir arrepentimiento, tristeza, miedo o esperanza. Y aunque no podamos cambiar lo que alguien ha vivido, sí podemos evitar que nuestras palabras o nuestras miradas aumenten su sufrimiento. No estamos libres de nada en esta vida. Por eso, antes de juzgar a un indigente por encontrarse en la calle, deberíamos detenernos un instante y preguntarnos qué sentiríamos si fuéramos nosotros quienes estuviéramos en su lugar. Las emociones de un indigente también importan, un corazón herido no deja de latir, una sonrisa puede esconder tristeza, en su silencio, puede haber una historia que necesita ser escuchada, no podemos devolverles lo que perdieron ni borrar las heridas que llevan consigo. Pero sí podemos ofrecerles algo que no cuesta dinero y que, sin embargo, tiene un valor incalculable: un gesto de cariño, una mirada sin prejuicios o una palabra que les recuerde que siguen siendo importantes.
«Porque, en ocasiones, lo que alguien necesita no es que le solucionemos la vida, sino sentir que todavía hay alguien dispuesto a mirarle con cariño. Y entonces comprenderemos que la verdadera empatía no es creer que somos mejores que los demás, sino sentir que todos, en algún momento, podemos necesitar que alguien nos tienda la mano».