Marianela

- en Firmas

Marianela no se podía creer lo que le estaba sucediendo. De pronto, se encontraba a la deriva, en una ciudad que no era la suya y donde aún le costaba encajar.

Ella, que había llegado a esta ciudad dorada con una ilusión: terminar sus estudios y completarlos para tener una visión más amplia del mundo; ahora, se encontraba desanimada, angustiada, triste y sin saber qué hacer.

En este corto período de tiempo se había dedicado a asistir a las clases, hacer los trabajos que le pedían y estudiar. Sólo salía para cuidar a esos niños malcriados que le hacían pasar unas horas interminables por un sueldo que no llegaba, ni de lejos, a lo que en realidad se merecía sólo por soportarlos. Para colmo, la madre la trataba como si le estuviera haciendo un favor.

Pero, en realidad, ¿quién se lo hacía a quién?

La desesperación se había adueñado de su cuerpo. Desde hacía unos días, apenas atendía en clase. Para ella hablaban en un idioma extraño y le costaba mucho seguir el hilo de las conversaciones.

No había compartido con nadie la angustia que le había generado la conversación que su tía había tenido con ella hacía unos días.

Sin previo aviso, le había dicho que tenía pocos días para buscar otro lugar donde alojarse. Tenía que marcharse de allí, de ese lugar que se había convertido en su casa temporal desde que había llegado a finales de agosto.

Por más que buscaba, en esa época era muy difícil encontrar una habitación para alquilar, no sólo porque no había opciones, sino porque las que existían le pedían una lista interminable de requisitos que escasamente podía cumplir. Quedarse temporalmente en una pensión o en un modesto hotel era inviable, los colegios mayores estaban a años de luz de ser una opción que se pudiera plantear incluso en sueños.

No sabía qué hacer. Tampoco tenía claro a quién acudir.

Después de las clases, deambulaba por las calles mirando escaparates de inmobiliarias mientras se frotaba las manos, pues el frío había llegado por sorpresa y ella no estaba preparada. Necesitaba comprarse un abrigo con urgencia, pero ahora, más que nunca, miraba el dinero para todo.

Ya casi no pasaba tiempo en la habitación de casa de su tía para evitar su mirada inquisidora, apremiante y fría. De la noche a la mañana, la cordialidad y el cariño con el que la había recibido se habían transformado en malas palabras, en silencios, humillaciones… Sabía que eso no se lo podía contar a su madre porque le haría un daño que no podría paliar por los kilómetros que las separaban.

Debía encontrar una solución cuanto antes. El tiempo apremiaba. Ya no se sentía tranquila ni segura en esa casa. Había empezado a desaparecer la comida que ella compraba, sus pequeños caprichos. Su ropa limpia volvía a aparecer en el cubo de la ropa sucia. No le permitían estudiar en casa, así que se pasaba casi 16 horas entre la facultad, la biblioteca y los paseos por la ciudad que ahora no le parecía tan acogedora.

Se encontraba en una pequeña cafetería con un café entre sus manos y un pequeño libro posado en la mesa. La mirada la tenía perdida dentro de sus propios pensamientos. Escuchaba voces a su alrededor, pero no iban con ella. Demasiado algarabía para su gusto. Su mente se había detenido y ella, también.

  • ¡Nela!

Escuchó su nombre, pero era incapaz de procesar nada. La información igual que entraba, salía. Hasta que no tuvo su cara frente a la suya, no se dio cuenta que se dirigían a ella.

Recomendación musical: “Movimiento” de Jorge Drexler

Autor

Doctora en Derecho y Ciencias Sociales por la UNED, Licenciada en Derecho por la USAL, Máster en Derechos Humanos y Máster en Malos Tratos y Violencia de Género por la UNED. Técnica de proyectos en prevención y sensibilización en materia de igualdad, violencia de género y sexual.

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