Ser madre

- en Firmas

Los dolores empiezan a hacer acto de presencia en medio de la noche.

Te han aconsejado que cuanto más puedas aguantar en casa, mucho mejor. Es más llevadero, dicen.

En tu pequeña ciudad, la sanidad pública no da muchas opciones bucólicas de parto, así que, hay que conformarse con lo que existe y esperar poder dar con una ginecóloga empática. Si es la tuya, muchísimo mejor.

Aún no has roto aguas, pero los dolores se suceden con mayor asiduidad.

Entre contracción y contracción, revisas la bolsa del hospital. Todo en orden.

Caminata lenta por el pasillo de la casa que se interrumpe con una nueva contracción.

Agarras con fuerza el marco de la puerta de alguna estancia del piso. No eres capaz de identificar cuál de todas porque has cerrado los ojos. Te concentras en la respiración.

Es el momento de llamar a un taxi.

Te detienes a mirar la hora en el móvil que te acompaña.

Las 5 de la mañana.

¿Quién dijo que siendo primeriza se iba a retrasar?

Acuden todos los santos con una nueva contracción.

Ahora sí que sí hay que llamar para que vengan a recogerte.

El taxi te espera en el portal y bajas como puedes las escaleras con la mochila a la espalda y el móvil en una mano.

En cuanto la taxista te ve abrir la puerta, sale corriendo del taxi y abre la puerta del copiloto. Te tiende una mano que agarras con demasiada fuerza, pero ella no dice nada:

  • Venga, cielo, siéntate aquí, a mi lado, ¿vale?

No eres capaz de articular palabra alguna. Resoplas y vuelves a resoplar. Mantienes una mano sujetando el salpicadero del coche como si estuvieras reteniendo algo que lucha por salir de él. La taxista te habla con dulzura y te anima a seguir respirando.

Aparca a la entrada de urgencias del hospital y rezas, ruegas para que tu ginecóloga esté de guardia.

Oyes como la taxista rodea el coche mientras pide una silla de ruedas. Te abre la puerta y te ayuda a salir.

En cuanto tienes los dos pies apoyados en el suelo y te encuentras prácticamente erguida, un líquido recorre el interior de tus muslos y cae al suelo, al lado de la puerta del taxi.

La taxista te vuelve a mirar con esa dulzura que parece propia de ella y te agarra con fuerza las manos:

  • Venga, niña, ya queda poco.

Te ayuda a sentarte en la silla, te pone la mochila en el regazo y se despide de ti con un abrazo.

  • Vas a hacer la cosa más valiente del mundo, niña. Eres fuerte e invencible. – Te mira directamente a los ojos – No lo olvides.

Quieres decirle que no le has pagado, pero te quedas con el monedero en una mano mirando cómo marcha el taxi que te ha traído, mientras tratas de contener el dolor de una nueva contracción, a la vez que el celador te mete como un rayo en boxes.

Entre una contracción y otra, antes de que haga acto de presencia el equipo que en teoría te va a ayudar, escribes un mensaje rápido a la familia.

Un auxiliar te ayuda a cambiar tu ropa de calle por un atractivo y sexy camisón de hospital que, aún con esa barriga, es dos o tres tallas más grandes de lo que tú necesitas.

Te tumban. Te incorporas. Respiras con los ojos cerrados, a la vez que un dolor que te rasga las entrañas hace acto de presencia haciendo que te contorsiones como si fueras la niña del exorcista. Película que no has visto.

Tu ginecóloga se presenta en una entrada triunfal, saludando a todo el personal. Te saluda sin un atisbo de cansancio en la voz a pesar de llevar casi un día entero trabajando. Te habla tranquilamente, pero con determinación.

  • Esto está en marcha. – Te dice mirándote a través de unas gafas de pasta negra – Ya no hay marcha atrás.

La miras asustada y te agarras con fuerza al borde de la cama porque otro tsunami de dolor se aproxima, lo presientes.

  • Creo que en dos empujones lo tenemos. – Vuelve a mirarte con una sonrisa en su rostro. Quiere mantener el contacto visual contigo. – ¿Quieres estar tumbada o sentada? – Te pregunta. – Habla ahora o calla para siempre.

Ella tiene ganas de bromear, tú tienes ganas de que todo acabe cuanto antes.

Te incorporas en silencio, porque estás concentrada en la respiración. No se te puede olvidar. Si te concentras en ella, quizás duela menos. Te sientas y ella se pone de rodillas delante de ti.

  • ¿Preparada? – No deja de mirarte para ver la expresión de tu cara.

Quieres decirle que no, que no estás preparada, pero que, como ha dicho ella antes, no hay vuelta atrás.

Una nueva contracción hace tensar tu cuerpo. Un grito sale de tus entrañas, a la vez que sientes una pequeña liberación.

El silencio se apodera de la sala durante unos segundos.

Después, un llanto hace que se dibujen varias sonrisas. Se escucha el sonido que hacen las manos mientras maniobran en diferentes lugares.

Te has dejado caer en la cama. Respiras de forma acelerada. Cierras los ojos y permites que ese llanto llegue muy dentro de ti.

Te hablan, pero no eres capaz de entender lo que te dicen. Te tocan el hombre y te ponen un bultito pequeño encima de ti.

Enfocas la vista para distinguir una carita sonrosada, sin apenas pelo, asomarse entre los pliegues de una sábana.

La ginecóloga se pone a tu lado y te informa que todo ha ido de maravilla y que en breve os subirán a planta.

De pronto, te acuerdas de las palabras de tu mejor amiga cuando aterrizó en el aeropuerto de Madrid con su hijo en brazos:

  • Es simplemente maravilloso. No hay palabras que lo describan. – Sonreía ampliamente como nunca antes la había visto. – Soy incapaz de describir la felicidad que siento. No sé qué pasará mañana o dentro de unos años, pero ahora soy tremendamente feliz por lo que tengo entre mis brazos. Ya pensaré en las dificultades más adelante, cuando lleguen, porque estoy segura de que vendrán.

Miras a tu pequeña mientras la asean y le ponen algo de ropa. A ti también te ayudan a vestir antes de subir a la habitación.

Os empujan por los pasillos del hospital hasta llegar a una habitación compartida donde una madre trata de descansar entre pequeños quejidos, mientras alguien se ocupa de su pequeño.

Tú aprietas un poco fuerte a tu bebé contra tu pecho, después de saludar en un susurro.

Han dejado tus pertenencias en la cama y ahí se van a quedar durante un tiempo indeterminado.

Miras a tu pequeña que respira pausadamente, con los ojos cerrados. Tratas de ser consciente de ese momento, de ese silencio, de esa paz antes de que todo se revolucione y una nueva realidad te arrolle.

Sientes el zumbido de tu móvil en la mochila que tienes a los pies. Decides no hacerle caso hasta no sabes cuándo, pues quieres disfrutar de ese momento único, de esa burbuja en la que se ha convertido tu cama en medio del bullicio que se vislumbra fuera, con el trajín de madres, bebés, familias y equipo médico que se pasea a diferente velocidad.

Abre los ojos y te mira. Le devuelves la mirada llenita de amor y asombro. Le acaricias la suave mejilla mientras susurras su nombre y ella se estremece por el contacto.

El dulce caso ha llamado a tu vida, la cual, tenlo por seguro, nunca volverá a ser igual.

 

Recomendación literaria: “Mamá” de Hèléne Delforge