La inmortalidad es un tema muy abordado científicamente y también literariamente, pero nadie ha dado con la respuesta adecuada, seguramente ni existe. Y no por desconocimiento, sino porque cada uno de nosotros se hace esta pregunta de una manera diferente. Personalmente, por un lado, creo en la inmortalidad. Por ejemplo, algunas células cancerígenas, desafortunadamente, son inmortales. Y aunque nuestros pensamientos vayan dirigidos a vivir más años, a frenar el envejecimiento del cuerpo y a encontrar la forma de prolongar la vida, realmente no estoy segura de anhelar la inmortalidad. Quizás no es tan bonita como la imaginamos y como todo está rodeada de sus pros y sus contras.
¿Qué sentiríamos si nuestros seres queridos dejaran de envejecer? Y nosotros no.
¿Qué ocurriría en la monotonía del día a día, con nuestras relaciones, y esa manera que tenemos de entender vivencias que en ocasiones no entendemos?
Habitualmente, las personas, en una conversación normal con nuestros amigos, seguramente hayamos dicho alguna vez: «A mí sí me gustaría ser inmortal». Pero la realidad es que pocas veces nos detenemos a pensar en las consecuencias que tendría serlo. No tengo datos científicos como para afirmar que esto vaya a suceder, pero hay algo que ronda mi interior. Y es que, aunque exteriormente pudiéramos conservar una apariencia joven, con una piel radiante, opino que es casi imposible que, nuestros órganos no terminaran deteriorándose por dentro. En el silencio de mi habitación, vienen a mí razonamientos que tal vez, no tengan una lógica científica acertada o quizá sean de esas cosas que no necesitan ser demostradas por estudios para hacernos pensar. Mi opinión personal es que incluso nuestros sentimientos cambiarían y obligar a que eso suceda anula la belleza deseada de la inmortalidad.
Viviríamos tantas generaciones, unas junto a otras, con vidas tan diferentes a la nuestra, que dejaríamos de entender muchas de sus metas, sus ilusiones y las emociones que les invitan a querer vivir. Pienso que llegaríamos a estar controlados por una inteligencia artificial, creyendo erróneamente que nuestra descendencia sería tan poderosa como la juventud actual siguiendo los consejos de la IA. Pero ¿dónde habrían quedado entonces nuestras relaciones humanas? ¿Dónde quedarían las quedadas sociales, el contacto de los cuerpos, un abrazo, una sonrisa, una mirada? Una sonrisa que tal vez ya no pudiéramos mostrar a los demás porque nuestro entorno no sería inmortal. Así que, sus músculos quizá ya no gozarían de la fuerza de la juventud y los latidos de nuestro corazón podrían llorar en silencio, extrañando una vida que ya no volvería por elegir la inusual inmortalidad. De nada servirían las lágrimas a escondidas, cuando, en realidad, habríamos sido nosotros mismos quienes deseábamos aquella extraña sensación.
Creo que científicamente algún día se podrá conseguir detener el deterioro de nuestro cuerpo. Pero eso no quiere decir que alguien sea capaz de cambiar nuestros sentimientos con fórmulas, porque el corazón no lo mueven los estudios ni los resultados que pueden cambiar el mundo. Lo hacen latir las personas, algo inquebrantable, y eso tiene más valor que cualquier cosa que nos puedan ofrecer.
¿Qué haría yo sin gente de mi edad que provoque esas risas que solo mi generación entiende? ¿Sin mis seres queridos que saben cómo dibujar mi sonrisa sin necesidad de explicar por qué nos hacen reír?
Considero que mi vida no tendría el mismo sentido, hay algo que ninguna ciencia podrá garantizar: y es que en esa eternidad sigamos sintiéndonos vivos. Porque vivir no es solamente respirar, caminar o acumular años. Vivir es sentir, amar, reír, abrazar, echar de menos y compartir el tiempo con quienes hacen que el recorrido de nuestro destino sea especial. Por eso no estoy tan segura de querer ser inmortal, prefiero una vida con un final, pero llena de momentos que merezcan ser recordados; y recuerdos que continúen vivos cuando nosotros ya no estemos, la verdadera inmortalidad se trata de vivir eternamente, sino de conseguir que algo de nosotros permanezca en quienes alguna vez nos quisieron o en otras personas, como solemos decir los escritores, nosotros no morimos nunca, porque siempre habrá un hogar que tenga parte de nuestras palabras.
«Si algún día me preguntaran si quiero ser inmortal, creo que tendría que pensarlo mucho antes de responder. Mi eterna juventud no es el tiempo, sino la huella de mis vivencias, la inmortalidad no es un juego, ni un hecho que descubrir. Son sentimientos que en nuestras entrañas no quieren morir»