Tengo rabia. O siento rabia.
Pero una rabia comedida que me arde por dentro y que, presiento, dentro de poco saldrá como si fuera un líquido por mis orejas o, tal vez, escupiré sapos y culebras que saldrán despavoridas por mi boca.
Ya lo noto.
Esa rabia va creciendo con el paso de los días como consecuencia de algunas cosas que escucho y otras que leo.
Rabia por la ausencia de empatía de las personas hacia otras de las que desconocen la carga que soportan.
Rabia por la ausencia de calidad en las relaciones personales, por la falta de escucha activa y por el ruido que nos rodea y que no nos permite retener lo que verdaderamente importa.
Siento rabia porque quien nos debería proteger, se sitúa del otro lado de la línea, apoyando al que más ruido hace, sin que ello signifique que lleve la razón.
Rabia porque nos jugamos mucho en unas semanas, pues pueden darle el poder a quien pretende VULNERAR derechos adquiridos con sudor, lágrimas y pérdidas. Derechos que nos corresponden por el hecho de pertenecer a la raza humana, ésa que se jacta de ser inteligente, aunque algunas personas la inteligencia la han dejado en la caja fuerte no siendo que se gaste.
Siento ganas de gritar por la falta de humanidad, aunque luego veo las acampadas en lugares públicos, las concentraciones y se amansa, un poquito, la fiera que gruñe dentro de mí.
Siento rabia cuando yo lo veo claro y soy incapaz de explicarlo y tengo que morderme la lengua para no expulsar fuego como una dragona y dañar a quien busca respuestas desde la humildad y tiene culpa de poco, como yo.
Quiero confiar, pero el miedo acampa al lado de la rabia y juegan al piedra, papel o tijera para saber quién gana, pues el cara o cruz está desfasado.
Recomendación audiovisual: “Las abogadas” dirigida por Patricia Ferreira, Marta Sánchez, Juana Macías y Polo Menárguez.