El maestro les había hablado del amor a Dios sobre todas las cosas. Y a un alumno que no lo entendía bien, le dijo: “cuando necesites a Dios como al aire, entonces Dios será para ti importante”.
El amor es la riqueza más grande que el ser humano puede tener. “El amor”, dice con toda precisión la Primera carta de san Juan, “procede de Dios” y consiste “no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos ha amado primero” (1 Jn 4, 7-10).
Hemos sido creados por amor y para amar. El amor es la mayor fuerza con la que podemos contar. “El amor mueve el sol y las demás estrellas”, cantó el poeta. Muchos místicos han cantado, como el Cantar de los Cantares, el itinerario de su amor hacia Dios. Es importante que cada uno pueda gustar y saborear el amor de Dios. Quien ha optado por el todo y gozado de su presencia, cantará como san Juan de la Cruz: “Mi amado, las montañas / los valles solitarios nemorosos”.
Dios nos ama y nos llama a amarlo. Dios nos ama, pero hay ocasiones en nuestra vida que, en la aridez más absoluta y casi el abandono, se apodera de nosotros un sentimiento de que Dios duerme. Es cuando hay que echar mano aún más fuertemente de la fe. “No deseo ver a Dios en esta tierra… Prefiero vivir de fe” decía santa Teresita.
“Dios está vivo en mi alma”, proclamaba Santa Teresa de Jesús. No podía dudar de su presencia cercana, dialogante y entrañable. Con Él se encontraba en la creación, en las criaturas y, sobre todo, muy dentro de ella. Dios está escondido y disfrazado en cada persona que sigue necesitando calor humano, un poco de ternura y de gran amor. Para poder descubrirlo es necesario tener unos ojos como los de Teresa, ojos de fe que acercan a la Verdad, a cuya luz, el egoísmo deja paso al amor.
Quien ama no tiene que hacer grandes cosas, simplemente contentar al que ama y en eso estará todo su gozo y contento. “Para quien se contenta sólo de contentar a Dios y no hace caso de contento suyo; tiénese muy buena vida; en queriendo algo más se perderá todo, porque no lo puede tener”. El Dios de Teresa es un amigo que se “da sin tasa”, que llama a la entrega y comunión con él y con los hermanos para vivir y comunicar la vida.
En estos días al celebrar la fiesta de santa Teresa de Jesús me animó mucho el pensar que Dios se da sin tasa, sin medida que nos ama a cada uno como somos.