Llevo inquieta varios días.
Lo noto en todo lo que hago, en cómo me comporto, en cómo hablo a la gente que me rodea.
Soy incapaz de concentrarme en el trabajo, aunque lo intento. La mente la tengo nublada y soy incapaz de hacer todo aquello que antes me resultaba tan sencillo de realizar.
El día pasa totalmente anodino a mi alrededor.
Las noches no son mejor.
Me meto en la cama cansada. Parece que tengo más años de los que en realidad pesan a mis espaldas.
No aguanto ni cinco minutos con el libro delante de mis ojos. Trato de leer, pero no avanzo. Me pesan los párpados. Mis manos son pura gelatina.
Da igual si me tumbo en la cama a leer o si me siento en el sillón que compré, expresamente, para la lectura previa a caer en la fase rem del sueño.
Decido no luchar más y me dejo acunar por los brazos de Morfeo, mientras él tararea una canción de cuna de mi infancia para precipitarme, con rapidez, a la hamaca del sueño plácido y reparador.
Aunque ya no soy aquella niña, me siento igual que entonces. En un primer momento estoy totalmente relajada. Mi cuerpo pesa y se mimetiza con el colchón que me acoge. Mi respiración es acompasada y tranquila. Rezuma paz y sosiego.
Por fin, parece que esta noche voy a poder descansar. Lo necesito igual que comer y respirar.
De pronto, sin previo aviso, siento que caigo en un abismo.
Esta sensación me recuerda a la que me transmitía la escena de Alicia precipitándose por la madriguera tras el Conejo Blanco. Me siento como ella ahora mismo.
Empiezo a moverme en la cama con desasosiego, aunque permanezco con los ojos cerrados. A un lado, hacia el otro. Agarro la almohada y luego la suelto.
Caigo a gran velocidad por un túnel totalmente negro. Siento como, en la vida real, caen grandes gotas de sudor por mi espalda. Mis pies se pelean con las sábanas. Me atrapan y no me dejan mover. Mis ojos se inundan de lágrimas que se precipitan por el lagrimal buscando, desesperadamente, un cauce por el que correr sin obstáculos.
Desasosiego. Intranquilidad. Nerviosismo.
Grito mientras sigo cayendo en el abismo que parece que no tiene fin con una velocidad atronadora. Oigo silbidos a mi alrededor provocados por la velocidad al caer en ese mar negro. Muevo los brazos y las piernas en un intento de frenar la caída y aferrarme a algún saliente de las paredes desnudas que intuyo que me rodean.
El pecho se me encoje cada vez más durante la caída. Los oídos se me taponan y no soy capaz de abrir los ojos.
Oigo más gritos a mi alrededor. Pero no veo absolutamente nada al abrir los ojos.
Oscuridad total y absoluta.
Aprecio más personas cerca de mí cayendo. Pasan a mi lado con mayor rapidez y el sonido del viento que provoca su caída es más fuerte. Se me mete en la cabeza y me aturde.
A pesar del taponamiento de mis oídos, sus gritos me llegan amortiguados.
Mi mente trabaja con mucha rapidez. Me llegan recuerdos de diferentes etapas de mi vida. Pasan a gran velocidad y no soy capaz de que paren.
Las lágrimas salen a borbotones de mis ojos y no llegan a deslizarse por mis mejillas, sino que se separan de mis ojos nada más salir por el lagrimal y quedan suspendidas por encima de mí.
Siento que me ahogo y abro la boca para cazar el oxígeno que parece que no quiere entrar por mi nariz y pasearse por mi cuerpo sediento de ese aire tan necesario.
Mis manos y mis piernas se mueven a la vez, pero sin seguir un orden establecido. Palmean el aire, lanzan patadas a diestro y siniestro en un afán de parar esa caída que parece que no tiene fin.
El Conejo Blanco seguro que está felizmente sentado con el Sombrerero Loco tomando un té en la fiesta de su no cumpleaños. Mientras tanto, yo, sigo cayendo en un abismo que parece que no tiene fin.
En un momento dado, cuando ya me he dejado vencer y acepto el destino, todo a mi alrededor parece que se ralentiza.
Mi cuerpo se encuentra en posición horizontal, mientras mi cabeza, mis brazos y mis piernas se han dejado derrotar por la gravedad. He dejado de luchar y parece que recupero el ritmo de la respiración que se tranquiliza. Permanezco con los ojos cerrados, sintiendo las caricias del viento suave.
Noto que la velocidad de la caída se va ralentizando paulatinamente. El aire ya no pasa tan raudo a mi lado creando una melodía taladrante. Ahora parece un suave susurro que anuncia que todo va a llegar a su fin.
No abro los ojos. Me da miedo comprobar el final. Prefiero dejarme sorprender y el recuerdo de la luz que vi por encima de mí se quede en mi cerebro.
Escucho golpes secos, como si acabaran de caer sobre el piso. Los noto muy cerca. Demasiado.
De pronto, igual que si fuera una gata, me yergo y mis pies tocan el suelo con un sonido seco, pero seguro. Mis pies descalzos reposan sobre una superficie fría.
He cerrado los ojos con fuerza al intuir que la caída llegaba a su fin, ya que no quería ver dónde aterrizaba ni lo que había alrededor. El miedo a lo desconocido se ha apoderado de mí sin querer. El ritmo de mi respiración vuelve a ser acelerado. Me cuesta respirar con tranquilidad.
Abro los ojos con temor y lo veo todo negro a mi alrededor. Me cuesta enfocar la vista, no sólo porque no lleve las gafas. Tengo que acostumbrarme a la oscuridad que me rodea y me abraza.
Intuyo que estoy en una habitación diáfana y totalmente negra. Sólo se distinguen las rayas de unión entre las baldosas. No veo nada más en un primer momento.
Aunque, cuando empiezo a acostumbrarme, distingo los cortos de varias puertas. Parece que estoy en una habitación circular.
Miro hacia donde se supone que está el techo y no distingo absolutamente nada.
Oscuridad.
Una corriente de aire frío se pasea por detrás de mí, agarrándose con fuerza a mi espalda. Siento, en mi nuca, como si alguien estuviera soplándome y la carne se me pone de gallina.
Me giro sobre mí misma y no veo a nadie detrás de mí. Sólo hay una puerta gris marengo a pocos metros. No tiene pomo.
Presiento movimientos a ambos lados. Oigo el sonido del roce de la tela con los cuerpos.
Enfoco la vista, ya que no tengo las gafas y lo veo todo borroso.
Escucho murmullos que se entremezclan entre sí y no logro entender qué dicen por mucho que me concentre en discernir las palabras. Es imposible. No distingo las palabras. Los murmullos no cesan.
Siento un escalofrío que recorre todo mi cuerpo, el cual sólo está cubierto por una camiseta vieja que me llega a la mitad de los muslos y que únicamente me pongo para dormir.
El vello de mis brazos está erizado como consecuencia de ese escalofrío que no deja de recorrerme la columna vertebral como una corriente eléctrica.
Mis pies están fríos y me abrazo para entrar en calor.
Mi pelo, enmarañado por la caída, se resbala como una cascada por mi espalda.
Empiezo a temblar sin control. No sé si es como consecuencia del escalofrío, del miedo o por qué.
Trato de parar de temblar para hacer un balance de la situación. Sigo escuchando esos murmullos que me provocan nerviosismo e intranquilidad. Parecen los murmullos de muchas personas que hablan a la vez entre ellas.
Vuelvo a sentir una corriente de aire a mi alrededor que juega con mi pelo y que me provoca que vuelva a temblar sin control. Me abrazo con más fuerza en un intento de parar ese temblor. Pero no lo consigo.
Mi vista parece que ya se ha enfocado y se ha acostumbrado a esa oscuridad que me ha tragado sin compasión. Es curioso, pero no necesito las gafas para saber qué hay junto a mí.
Mis ojos están abiertos como platos y miro hacia todos los lados sin parar. No me lo puedo creer. Abro y cierro los ojos varias veces y con diferente fuerza. La sorpresa hace que abra la boca para decir algo, pero las palabras no salen y se quedan trabadas en mi garganta. He fabricado un grito que se queda dentro de mí sin poder salir.
Había 48 versiones de mí en la habitación, y todas insistían en que yo era la copia.
Sigo mirando sin poder creerlo. Me quedo totalmente paralizada.
Los murmullos se van convirtiendo en gritos cada vez más elevados. Me tapo los oídos para no escuchar cómo me acusan, cómo me señalan, cómo sus cuerpos, anclados en el piso, se balancean hacia mí.
¿Qué está pasando? ¿Qué es todo esto?
Me agacho y trato de protegerme. Cierro los ojos con fuerza. Siento que cada vez esas voces están más próximas a mí. No me muevo del sitio.
Comienzo a gritar.
Se enciende la luz.
Recomendación musical: “Miedo” interpretada por El Chojín y Ambkor