Volver a ser un niño… en Navidad, ¡Feliz Navidad!

- en Firmas

Tengo un amigo poeta con nombre de poeta. Se llama Miguel Hernández y lo conozco casi desde que tengo uso de razón. Tiene la apariencia áspera, pero un corazón noble. Es un salmantino más con carácter de esa Extremadura tan suya. Tan trabajadora y tan reivindicativa y luchadora a la vez. Ayer nos felicitaba la Navidad con un poema/reflexión tan propia de esa poesía urbana suya, a veces dura, a veces ruda, a veces tierna. De esa que se mete en las entrañas, que te busca y te acaba encontrando. La poesía decía algo así como

“Lo que daría por volver, volver a llorar y reír como un niño, sin saber de este cruel mundo. Sé que no es posible, me conformaré con pedir para vosotros, […], nada puede impedir que os quiera”.

Inevitablemente me llevó a la canción de Enrique Urquijo

“Después del tiempo que he perdido en aventuras sin sentido me siento sólo y, a la vez, perdido. Sólo porque me has sonreído. Y pido volver a ser un niño”.

¿Quién no ha querido volver a ser ese niño que fue en algún momento de su vida? ¿Por qué no nos atrevemos a sacarlo y dejarlo que ría, llore, juegue, salte, corra, disfruta, en definitiva, que viva como un niño? ¿Por qué la gente no respeta a aquellos que lo llevamos dentro y lo sacamos de vez en cuando? ¿Por qué lo utilizan para hacerte diferente, hacerte daño?

Es Navidad. Probablemente las fechas más bonitas del año. Probablemente la celebración más importante del año para gran parte del mundo, con una gran simbología para los cristianos. Es el momento de mirar atrás, de ver si salimos más fuertes o, en cambio, nos mantenemos en una espiral de reproches, de envidias, de críticas negativas, de malos pensamientos, de malos sentimientos, …

Es, sin duda, el momento de reflexionar. ¿En qué momento metimos en el cajón a aquel niño? ¿Qué fue lo que nos cambió? ¿Cuándo dejamos de disfrutar las Navidades que nos hacían tan felices? Y, lo que es más triste, ¿por qué? ¿Fue que nos falta alguien a quien queremos? ¿No es motivo suficiente para recordarlos y ser felices por ello, por haberlos tenido? ¿Cómo querrían que estuviésemos? ¿Nos querrían tristes y egoístas o, por el contrario, nos quieren alegres y juntos como éramos cuando estaban ellos?

¿En qué momento de nuestra vida dejamos de celebrar aquellas Navidades que todos tenemos en la memoria? ¿Quién fue el primero que dijo que ya éramos muchos y por qué lo dijo? ¿De verdad que ya no entramos todos en la salón? ¿Qué fue de aquellas Navidades en las que esperábamos ansiosos aquellos humildes manjares y en las que nadie decía nada y sólo disfrutábamos? ¿Por qué ahora que llueve más no llueve nunca a gusta de todos? ¿Por qué no nos gusta nada de todo lo que tenemos? A veces pienso que la culpa es de los langostinos. Antes no los había y no había problema. Desde que empezamos a darnos ese tipo de ‘lujos’ las comidas y cenas se convirtieron en una especie de debate sobre lo que nos viene bien o nos viene mal. Así no me extraña que no disfrutemos ni la comida ni, a veces, la compañía.

¿En qué momento dejaste de ir a la Misa del Gallo con tus padres? Aquellos momentos previos. Ni te planteabas no ir. Tus padres tampoco. Los tíos se apuntaban, los abuelos, cuando la salud se lo permitía se animaban y, si no, la ponían en la tele, previa a la ‘post celebración’ al champán y a los turrones. Previa a que los vecinos pasaran a celebrar un rato con nosotros. Sí. Los vecinos. Esos que suben y bajan contigo en el ascensor mientras todos miramos las llaves. Esos cuyos “buenos días” suenan a “brrnnnrrnnn”, que parece que no supieran vocalizar. En mi pueblo se les llama ‘ovejas modorras’ Esos esos. Antes eran una parte más de la familia. Y los conocíamos, ¿de qué? de ser buenos vecinos, ni más ni menos, de estar allí cuando los necesitabas, de echar una mano cuando era necesario, de darte la sal cuando hacía falta. Ahora, preferimos comer soso antes que pedirle “una pizquita de sal”.

¿En qué momento dejamos, en el regreso a casa, de pasar por casa de los vecinos del segundo para matar la noche con un último polvorón o pieza de turrón?

¿Cuándo cambiamos el paseo ‘post-cena’ de regreso a casa por coger el coche para recorrer trescientos metros?

¿En qué momento quitamos el Niño Jesús de la entrada de la casa? ¿Recordáis cuando cada vez que entrábamos besábamos sus pies?

Y por qué no probamos a volver a ser niños, aunque sólo sea por estos días y si nos va bien repetir. ¿Seguro que no volveríamos a sentirnos plenos? ¿Seguro que no seríamos un poquito mejores? ¿Por qué no? Al fin y al cabo no tenemos nada que perder. Yo, vuelvo a ser niño.

Felices Fiestas.

0 0 votos
Valoración
Subscríbete
Notifícame sobre
0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios