Entre los collares cortos hay uno al que llamamos “cimero”, un collar ahogadero, que pasa totalmente desapercibido posiblemente al quedar oculto, al igual que parte de los manojitos, por la forma presente de vestir la toca. Es el más cercano al cuello formado por cuentas finas de coral y abundancia de medallitas y colgantes, marca su centro una cruz cimera o un relicario custodia de pequeño tamaño de los que llamamos cristalinas.
Es de extrañar que siendo las vistas un conjunto que pretende mostrar las riquezas familiares, que presenta a la mujer como una exposición andante, se oculten estos collares donde la profusión de los corales, medallas, y otros colgantes es máxima y queden tapados por la toca cuando la disposición de esta es a la manera morisca enmarcando el rostro y sujetándola alrededor del cuello (tocas de barbuquejo), uso que a la vez de cubrir todas las piezas más cercanas al cuello también impide el lucimiento de los espectaculares pendientes de las vistas.
No todas las descripciones de los autores consultados sobre la forma de colocarse la toca son coincidentes, en su mayoría relatan una variante del estilo que conocemos en la actualidad tal como lo puntualiza el Padre Hoyos:
“Se coloca como especie de rebocillo, haciendo que coincidan un pico sobre la frente, otro sobre la espalda y los otros dos sobre los hombros. (1946:458)
González Iglesias describe su enfoque en el proceder de colocarse la toca con la siguiente norma:
La cabeza se cubría con un paño de encaje de seda, con bordado de cinta de seda sobrepuesta y un borlón de oro en cada esquina. Una de estas borlas caía sobre la frente. Esta prenda o “tocado” se volvía varias veces al cuello, sujetándose al lado izquierdo, tal como las albercanas actuales se anudan su pañuelo sobre la mejilla izquierda.
(1942:41)
De nuevo es Antonio Cea Gutiérrez en Tipos y trajes de Zamora, Salamanca y León Acuarelas de la Escuela Madrileña de Cerámica, detallando la acuarela de Rafael del Campo fechada en 1935 “Albercana con traje de vistas,” nos acerca a través de su observación a las dos formas que él considera adecuadas de tocarse:
Hay dos escuelas entre las albercanas en la manera de colocar la toca de Vistas, que debe quedar con una esquina cayendo en la frente, dos sobre los hombros y la última hacia la mitad de la espalda; la fórmula más habitual es la de quienes disponen la toca horizontalmente con las dos manos, dejándola caer sobre el cuello hacia atrás, partida en dos mitades, dando mayor libertad a las esquinas que enmarcan el rostro, tal y como aparecen en esta acuarela. La segunda manera, que según nuestra opinión es la más antigua, es la de las que colocan primero la esquina de la frente, luego la de lado izquierdo o derecho, según se tercie, rodeando, por último, el cuello con la toca como si fuera una mentonera morisca. (1986: 145).
En ninguno de estas referencias los autores hacen mención a una forma más abierta de cubrirse con la toca que suprime el embozado y que coexiste o puede ser anterior a las descritas. Esta forma de cubrirse la cabeza y que podemos ver en fotografías correspondientes a los primeros años del siglo XX es la que preferiría alguien que muestra y expone al público su riqueza y la primorosa labor de los plateros.
Con los pocos datos que se poseen y desde un la visión de un orive se puede asegurar que este acomodo de la toca sí posibilita la exhibición de la joyería superior de las vistas, tanto el cimero y manojitos como también el pañuelo de llamas y la cinta colonias que conforman el anagrama de María en la espalda son perfectamente visibles, sin alterar el sentido respetuoso de cubrirse la cabeza.
Chema Méndez