Con motivo del Día Internacional contra el Ruido que se celebrará el próximo 26 de abril, auspiciado por diferentes asociaciones y entidades de ámbito nacional, es necesario visualizar un problema que tiene graves consecuencias para la salud. En la mitología maya el dios de los ruidos atronadores era Coyapa, del que podría derivarse este síndrome (coyoping), por analogía a los que se han descrito en otros ámbitos de las patologías psicosociales como bullying o mobbing. Y, de la misma forma que en estos trastornos la investigación científica y el reconocimiento social de sus efectos nocivos tardaron tiempo en alcanzar categoría diagnóstica e implicaciones jurídicas, este importante problema del ruido adolece de la representación social que merece.
La etiología de este supuesto síndrome (coyoping) tiene como factor etiológico clave la exposición prolongada a niveles de ruido que superan los umbrales establecidos por la OMS. Esta situación nociva, generada por que las actividades de ocio nocturno, constituyen un estresor patógeno en los periodos que el organismo necesita un descanso bio-psíquico reparador. Su adulteración impide mantener la adaptación de los ritmos circadianos periódicos sueño-vigilia. Las consecuencias derivadas de esta “bomba acústica” para el ser humano se manifiestan en perturbaciones del sueño, alteraciones cardio-vasculares, riesgo de infarto, disminución del rendimiento, mayor vulnerabilidad a los accidentes, afectación del sistema inmunitario y pérdida de la salud mental.
Es paradójico que una sociedad tan sensibilizada con el bienestar del planeta (ecologismo) y los animales que lo habitan, ambos aspectos muy necesarios, no haya desarrollado un nivel de concienciación mínima ante este gravísimo reto de salud pública y medioambiental. Y la responsabilidad institucional señala de manera directa a los servidores públicos que tienen las competencias en esta materia, es decir, los Ayuntamientos y Comunidades Autónomas (competencias ordenanzas en la materia y horarios de cierre). Por tanto, y de la misma manera que en las otras patologías citadas (acoso escolar o laboral), el abordaje directo se centró en medidas punitivas contra los acosadores, de forma similar, estos responsables tienen la obligación de combatir a estos “acosadores nocturnos”, aplicando con rigor la normativa vigente en materia de infracción de ruidos. Hace algunos años (Cabaco, 1999*) publiqué un trabajo sobre el acoso laboral en las organizaciones, señalando el papel de tres protagonistas: la víctima, el acosador y los espectadores. De forma paralela, en el tema que nos ocupa, el binomio víctima y acosadores es evidente en sus roles respectivos. Pero hay que hacer una llamada especial a los “espectadores” que son los políticos y la ciudadanía, los primeros con una responsabilidad directa. No basta con hacer declaraciones de principios, es necesario abortar el problema de raíz, y que la zonificación de áreas de protección acústica se cumpla de forma rigurosa. Pero también la sociedad no debe normalizar y banalizar, en determinados segmentos poblacionales en mayor medida, un importante problema de salud.
La película de Pollack (“Danzad, danzad, malditos”) sirve como telón de fondo para completar el título de esta reflexión. Con el drama social del fracasado sueño americano, provocado por la crisis del 29, la desesperación hace partícipes a personas desesperadas en maratones de baile para poder comer o sobrevivir con el premio. La película refleja como estos “pobres malditos” son contemplados por un público deleitado en el sufrimiento ajeno. La realidad actual también se ve representada en los dos mundos al que nos estamos refiriendo: el de los intereses económicos de una avaricia sin límites (aludo explícitamente a quien incumple la ley) y el de los pobres “danzantes” que sucumben, no por una necesidad de supervivencia primaria, sino por cubrir ilusoriamente un vacío existencial. Los primeros, ajenos a cualquier atisbo de empatía o compasión por las víctimas, contemplan y se enriquecen con la danza desesperada de los que a altas horas de la noche terminan exhaustos por un baile en bucle y rutinario. Y como de los primeros es difícil esperar nada por voluntad propia (las denuncias acumuladas lo justifican y el acoso es la mayor perversión de las relaciones humanas individuales y grupales), salvo la sanción pertinente, la confianza en el género humano bascula sobre la rebelión de los segundos.
Tomad conciencia sobre el efecto que el incumplimiento de la normativa en materia de ruidos provoca en personas que son ajenas a este ilegal negocio (insisto en el que incumple la ley), muy lucrativo por cierto a vuestra costa. Las consumiciones que abonáis sirven para generar insomnio, hipervigilancia y múltiples patologías físicas y mentales. De la misma forma que no consideráis tolerable el maltrato animal, o contaminar con sustancias tóxicas el medio ambiente, no seáis cómplices o espectadores de los efectos perniciosos del ruidoso negocio nocturno para la salud humana. La danza maldita provocaba enfermedad en la película, pero en esta dura realidad el ruido mata ilusiones y proyectos vitales. Despertad de la ingenuidad y no permitáis que se aprovechen de vuestra danza, ni seáis verdugos silentes con un ruido cainita.
*Cabaco, A.S. (1999). Variables individuales (cognitivo-emocionales) y grupales en las nuevas patologías: El caso del mobbing o acoso psicológico en las organizaciones. Revista Iberoamericana de Educación, Salud y Trabajo, 0, 231-250.