La memoria es extraña, y a veces nos juega espléndidas malas pasadas. La memoria se compone de mil pequeños fragmentos, ligados por invisibles filamentos que unen unos recuerdos a otros, por unos no visibles hilos de los que vamos tirando, tejiendo y destejiendo en nuestro pasado, hasta llegar a zonas que hacía años o siglos que no visitábamos. No cuento nada que no nos pase a todos, todos los días.
La memoria es extraña, pero también maravillosa, porque sin avisar nos transporta a épocas remotas que se iluminan de golpe, como en un fogonazo, y que una vez encendidas quizá ya nunca se vayan de nuestra cabeza.
Lo que quiero contar sucedió más o menos en 1970, cuando yo tenía más o menos diez años. Lo viví entonces con el deslumbramiento que los gigantes producen en la imaginación de los niños. Recuerdo una tarde lluviosa, gris y triste, una plaza de toros portátil, y un pueblo vacío y frío que no estaba de fiesta. Era en La Sagra, cerca de Toledo, donde algún valiente había anunciado un festival taurino que no llegó a celebrarse. Se suspendió en el último momento, supongo ahora que debido a la condescendia de los toreros con el ruinoso estado de la taquilla. No lo sé, sólo lo supongo, aunque tampoco importa demasiado.
Nunca, en todos estos años que han pasado, había vuelto a recordar las imágenes que aquí estoy contando. Sólo ahora las veo, como también sólo ahora recuerdo a los toreros en la puerta de cuadrillas, charlando amigablemente, relajados, esperando a que diese la hora de comienzo del festival, o quizá algunos minutos más, para irse a la fonda a quitarse la ropa intacta, no sudada, y tomarse un café caliente. No sé quiénes eran, quizá figuras, aunque no lo recuerdo. Separados un metro de ellos estaba otro torero, de estatura inalcanzable para la mía de niño, que sonreía mucho pero que hablaba poco. Verle entonces y recordarle ahora fue como acceder a los misterios más profundos del toreo, a la esencia misma de la tauromaquia.
Recuerdo su impecable traje corto de guayabera negra, y su camisa blanca apenas insinuada, y su marsellés sobre los hombros, y su calzona rayada con caireles que, cuando cambiaba de postura, cargando su peso alternativamente sobre una u otra pierna, sonaban a día de fiesta. Y también recuerdo su sombrero negro, ligeramente caído sobre la ceja derecha y sus polainas cubriendo los botos, y las cintas de cuero que caían hasta casi rozar el suelo, y la sensación de encontrarme ante una figura inalcanzable, subida en un invisible pedestal que le hacía gravitar varios centímetros por encima de todos nosotros.
Hasta el otro día que me nació, no sé por qué, todo esto de golpe en la memoria, nunca había vuelto a recordar nada de los que aquí he contado. Sin embargo, esa sensación de torería que había interiorizado pero que no sabía de dónde venía, en ningún momento me ha abandonado. Ahora me doy cuenta de que es así, precisamente así, como entiendo el toreo, como la imagen borrosa de un dios impecablemente vestido, que rezumaba torería y clasicismo, y que era torero, bellísima palabra que algunos ni comprenden ni respetan, por mucho que vayan todos los domingos a las plazas de toros.
Así entiendo el toreo, aunque no sabía por qué. Ahora, gracias a una extraña pero maravillosa jugada de la memoria, sé que a quien estaba viendo aquella tarde de lluvia, más o menos en 1970, era a Antonio Bienvenida. Un dios vestido de torero para mi imagen de niño ahora felizmente recordada.
- (Fragmento del libro «Piezas de Recreo»). Editado por Globalia Ediciones Anthema. Autor: José Luis Ramón. Fragmento publicado en la revista Lances de pluma y pincel – 10 de septiembre de 2022.