Como no sea a título individual, en la intimidad de cada uno, el difícil y paciente arte del encaje puede darse por desaparecido en Salamanca. Nada queda ya de las antiguas escuelas que dieron fama a la región y que constituían el instrumento imprescindible para que el buen hacer del encaje salmantino se transmitiera de generación en generación.
En el encaje tradicional salmantino destacan dos formas de hacer: el de bolillos y el encaje a la aguja. Cada uno tiene su técnica y sus adornos específicos. El bolillo es un palito de madera en el que se arrollan los hilos para tejer el encaje. La manufactura exige paciencia y rigor, amén de arte, que se le supone, como el valor a la tropa. De las dificultades, de lo primoroso de la empresa da una idea el hecho no casual de que desde tiempo inmemorial se diga de una obra especialmente bien hecha que es cosa de “encaje de bolillos”.
Este tipo de encajes solían acompañar y bordear los paños labrados de las ofrendas, los de afeitar, de difuntos, los llamados paños de hombros…
Para trabajar el encaje de bolillos se acostumbra a utilizar la hebra de lino. Los motivos ornamentales de los paños realizados con esta técnica solían ser geométricos, predominando el zig-zag.
En el encaje a la aguja son de sobra conocidos los famosos soles de Salamanca. Estos soles, parecidos a los del Casar y a los catalanes, están estrechamente relacionados con los soles brasileños, los mexicanos y las rosas de Tenerife. Los soles se confeccionan con hebra de lino y a partir del mismo tema central – el sol – se produce una increíble cantidad de variaciones. Pero siempre en una misma pieza todos los soles habrán de ser iguales. Los soles se empleaban en frontales de altar, albas, paños litúrgicos… Aparte de este uso religioso también se incorporaban – cada vez menos, por lo ya dicho y por su precio – a las distintas prendas del ajuar de la novia: remates de sábanas y aquellos alfamares o alhamares que no eran sino colchan encaradas.
Todavía en algunos trajes de vistas de La Alberca, o en Mogarraz, pueden admirarse encajes de plato sobremontados sobre listones de tafetán azul o asalmonado. Estos franxas o fraxones, según que la anchura fuera mayor o menor, bordean los bernios y monteos y recorren los puños a los cuartos delanteros de los sayuelos.