Retener los momentos en la memoria.
Querer sustituirla por las fotos de nuestra cámara o móvil.
Querer que no se vayan nunca, que no nos abandonen.
Lugares, personas, paisajes, expresiones, sensaciones, …
De ahí la necesidad de retratar, de guardar digitalmente lo que nos rodea, lo que nos gusta, lo que nos hace sonreír y sentir bien.
Esos paisajes descubiertos en momentos en los que buscas la tranquilidad y el sosiego.
Esas personas que son hogar calentito creado en torno a una chimenea imaginaria, arropadas por la manta que da cobijo al corazón y al alma.
Esas personas que te hacen reír hasta las agujetas extremas que sustituyen al ejercicio, que te regalan palabras de aliento y reconfortan cuando tu mente te juega malas pasadas.
Esas personas desconocidas en persona, pero que se sienten tan cercanas en conversaciones literarias y de desahogo, donde los kilómetros se acortan y se unen dialectos enriquecedores.
Amistades que ves no tanto como quieres, pero con las que compartes momentos que dejarías grabados para siempre en cualquier parte.
Momentos a lo largo de la vida que te dan calor para mucho tiempo, que te recolocan y te sitúan.
Momentos que no quieres olvidar, que no deseas abandonar, que quieres atesorar para cuando no puedas más, para cuando la monotonía de la ansiada rutina te arrase.
Lugares que descubres y que te dejan con la boca abierta y el corazón cada vez más grande.
Donde aprendes lo importante de no olvidar la historia que nos precede, pues nos hace como somos y nos da un contexto.
Lugares que te recuerdan a quien no te pudieron acompañar y a quienes te guían desde algún lugar lejano y te acompañan en tu peregrinaje.
Atesorar y retener en la memoria interna y externa, para recordar cuando empieces a olvidar, cuando necesites hacer memoria.
Atesorar y retener para compartir historias con quienes te rodearán en el futuro más presente y hacerlas partícipes de su propia historia para que no olviden, para que valoren…
Recomendación literaria: “Cuentos para entender el mundo” de Eloy Moreno.