Tres encuentros con Velázquez

- en Cultura
200
Inocencio X - cuadro de Velazquez

Hablar sobre Velázquez parece un tema recurrente, igual que lo es hablar sobre Picasso. Supongo que volvemos a ellos una y otra vez porque nos surgen más preguntas que respuestas, su obra está envuelta con un manto lleno de misterio que quizá nunca lleguemos a descifrar. Bajo mi modo de ver, el arte tiene un poco de todo esto, de preguntas sin resolver, de misterio… Con ocasión de los premios San Marcos, hace años, Marcelino Llorente hablando de arte decía “la vela que va delante, es la que alumbra”. Creo que Velázquez, bien podría sujetar o ser una de esas velas.

Siendo yo una niña de 7 u 8 años, me topé por primera vez, de forma consciente, con imágenes de la pintura de Velázquez. Tras cenar, indagaba en la biblioteca familiar, sacaba un par de libros de pintura, y los colocaba encima de la mesa del salón, ese era mi postre. Generalmente hacía combinaciones del tipo Velázquez-Miró; Rubens-Dalí etc,. Me atraían pintores que al menos, aparentemente, no tenían nada que ver. El libro más recurrente en aquellas noches, era Velázquez, lo miraba una y otra vez y me maravillaba, pero aquella admiración no tenía explicación, o al menos hasta la fecha, no la he encontrado.

Mi segundo encuentro con Velázquez fue siendo estudiante de la Facultad de Bellas Artes en Salamanca, era mi primer curso. Teníamos una de las mejores pinacotecas del mundo a tan solo 200 km y yo quería conocerla. Pedí a mi padre que me acompañara al Museo Del Prado y allí nos fuimos. Nos dimos un atracón de arte de 6 horas y confieso que no lo vimos todo. Al entrar en la sala de Velázquez, toda mi piel se erizó, aquello fue despertar cabalgando con todos los sentidos. Sus cuadros colgaban de la pared, fijos, inmóviles, y paradójicamente, vapuleando a sus espectadores, entre ellos, a mí. Indudablemente, existe arte a borbotones repartidos por todo el mundo, y qué bien que así sea, lamentablemente, no todo ese arte te sacude con tanta fuerza. Ya no solo hablo del arte desde la butaca del espectador sino también, del arte desde el punto de vista de la persona que lo crea.

En el año 2010, fui a Roma con un objetivo: ver el cuadro Inocencio X, pintado por Velázquez, hacia 1650, coincidiendo con el último tramo de su vida. La Galleria Doria Pamphilij, no solo muestra el Inocencio X, también podemos disfrutar con otras obras de pintores, de la talla de Caravaggio, Guido Reni, Carracci, Rafael, Lorenzo Lotto… y con una preciosidad de busto, esculpido por Bernini. Pues bien, decidí centrarme en Inocencio X, este cuadro se encuentra, solo, en una sala. Cuando entré en aquella sala, había gente contemplándolo y un joven haciendo un apunte. Yo también saqué mi libreta, decidida a realizar apuntes del cuadro, pero Inocencio me miraba. Daba igual donde te colocaras, él te perseguía con la mirada. No me concentraba, guardé la libreta y me dije: ¡qué tonterías! vamos a observar y a aprender. Por aquel entonces, yo estaba realizando en mi estudio, una interpretación de este cuadro, tenía como medidas 180 x 180 cm. Pensaba que, yendo a Roma, se resolverían mis dudas y terminaría el cuadro. Había contemplado todas y cada una de las versiones que Francia Bacon había hecho sobre Inocencio X. Su obsesión le llevó a realizar entre 40 y 50 versiones, nunca llegó a ver el cuadro original en persona, decía que sí lo hacía, probablemente dejaría de pintarlo. Curiosamente, eso me ocurrió a mí, mi obsesión cesó. Ese cuadro sirvió de enseñanza para toda una vida, ¿para qué parafrasear algo tan sublime? ¿por qué abrir un caso cerrado? Por otro lado, era frustrante saber que un pintor muere cuando su pintura se encuentra en el mejor momento. En algún libro, leí que Matisse decía: “tengo 60 años y aún sigo aprendiendo“. El arte no se acaba, se acaba la persona mediadora de ese arte.

En aquel momento, comprendí lo adelantado que estaba Velázquez a su tiempo y ahora me pregunto, en plena era de las nuevas tecnologías: ¿Qué haría Velázquez si despertará? ¿Se compraría una tablet y pintaría? No lo sabemos, pero de seguro, se arriesgaría, porque el arte sin riesgo no alumbra.

 

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