El ADN eres tú

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Sin lugar a dudas la profesión de futbolista es complicada y lo es por muchos motivos. Por su faceta pública, por el componente sentimental que tiene, por la masa social que arrastran sus clubes. Pero, lo cierto es que esos y otros condicionantes te convierten en un instante en un ídolo, aunque también pueden hacer que seas un villano en un espacio de tiempo igual o más corto todavía.

Sin embargo, en los últimos años se ha instalado en el entorno futbolístico un término que, realmente, no sé yo si tiene mucho, poco o nada que ver con este deporte. Es el término ADN. Que si “ADN Barça”, que si “ADN Real Madrid”, que si “ADN UDS”, que si “ADN Unionistas” y así con cualquier equipo que le venga a la mente. Al final, ADN no deja de ser un término científico y no sé hasta qué punto puede tener paralelismo con el deporte, donde influyen factores de otra índole más pasional, más inexplicable a veces, más emotivo.

Salamanca, obviamente, no podía escaparse de esa terminología, entre otras cosas porque casi todo está ya inventado y, en un momento dado, puede resultar muy recurrente. Sin lugar a dudas es un término que te lleva a identificar a ese futbolista, entrenador, ex jugador o cualquier otro miembro del club, con el escudo, con la historia de la entidad, con el sentimiento de la afición. Sin lugar a dudas, como producto de marketing está teniendo recorrido. A la hora de verdad, cuando las cosas no salen bien, se puede volver en contra de cualquiera.

Pero… ¿qué es el ADN? El ADN es lo que tienen ustedes, amigos sufridores. ADN es ese aficionado que no para de comerse las uñas durante los partidos, que llora cuando su equipo pierde, que sufre, que siente una alegría inexplicable cuando gana. Que saca el abono año tras año, aunque sea a un precio más elevado de lo que debería, aunque no reciba muchas veces contraprestación a cambio, aunque a pesar de pagar el abono le toque rascarse el bolsillo cuando vienen los rivales importantes o si su equipo disputa otra competición distinta a la Liga. Eso es el ADN de UDS, de Unionistas, del Guijuelo, del Santa Marta o del equipo que sea.

ADN es recorrerse media geografía provincial o regional o nacional para ver cómo tu hijo disputa un torneo con su club, poniendo un dinero que, en ocasiones, te hace falta para otras cosas, pagando a veces cantidades que sabes que sobrepasan el servicio que te ofrecen (y que, incluso, en ocasiones, ni siquiera te dan). Sí. Sí. Eso es el verdadero ADN.

El futbolista es otra cosa y con esto no quiero decir que muchos no tengan ADN de un determinado equipo, pero tampoco lo tienen de todos aquellos por los que pasan a lo largo de su carrera. Sé que lo que voy a decir para muchos es impopular y sé que me va a costar algún ‘regaño’, pero siempre lo he pensado desde mi experiencia. He conocido temporadas buenas y temporadas malas. En las buenas, para el futbolista es más fácil. No reciben reproches, la gente se vuelca con ellos, les da cariño, los convierte en ídolos futbolísticos, aunque militen en categorías bajas. Las cosas les salen en el terreno de juego y fuera de él. Todo es como una balsa de aceite. Es ahí cuando el aficionado empieza a considerar al futbolista como algo propio, como ‘uno di noi’.

Luego está la otra cara. Cuando las cosas no salen. Inevitablemente el futbolista atraviesa malos momentos, deportivos y personales. Es difícil para él dar explicaciones públicas que, muchas veces, ni siquiera tiene (¡Ya le gustaría!). La camiseta y las piernas le pesan a la hora de jugar y los entrenamientos son como una carga… física y mental. Algunos aficionados le echan la culpa de que las cosas no salgan y los periodistas le hacen unas preguntas para las que no tienen siempre respuesta.

Se nos olvidan siempre dos condicionantes.

El primero de ellos es que estamos hablando de deporte, concretamente de fútbol y, el fútbol no son matemáticas. Puedes controlar algunos factores, pero en el resultado final intervienen otros que, en ocasiones, son ajenos a ti y no te dan otra alternativa que dar la enhorabuena al rival y seguir trabajando. Puedes mejorar tu forma, pero no sabes la forma que tiene el rival, puedes querer dar un pase orientado y que el golpeo, por lo que sea, salga mal, existe el factor humano, que te lleva a que por muy bien que disputes el partido, por mucho que hayas trabajado, si el resto de compañeros no está en sintonía, de nada vale. Y es que el fútbol es y será siempre un deporte colectivo. Messi puede estar en gran forma, pero antes o después va a necesitar a un Fábregas o a un Busquets en quien apoyarse para hacer la triangulación e iniciar la cabalgada. El ‘dribling’ y el acierto dependen de él, pero para llegar ahí necesita de los compañeros. De nada sirve que él meta cuatro goles si la defensa está horrible y su equipo encaja cinco. Son sólo algunos factores que marcan el fútbol. Y eso sin entrar en otros componentes ya externos, aunque inherentes al fútbol profesional como es la composición de las plantillas. Es imposible conocer a todos los futbolistas. A veces las direcciones deportivas se apoyan en medios técnicos que no siempre reflejan con exactitud las verdaderas características del futbolista. Y sí. A veces fichan sin conocer a los futbolistas. Y, otra cosa vital, el futbolista tiene que ser bueno dentro y fuera del campo. Dentro técnica, táctica y físicamente, y fuera haciendo grupo y haciendo comunidad, siendo buena persona dentro de cualquier colectivo en el que participe, siendo empático en aquellas acciones sociales de la entidad de la que forma parte y siendo ejemplar en su vida personal. Lo de ser ejemplar es algo que desde hace años parece haberse olvidado. En realidad, salvo contadas ocasiones, es lo más difícil, pues tienen a su alcance muchas cosas que el resto de mortales no llegan a alcanzar ni, aunque tuvieran las siete vidas de un gato. Con anterioridad, simplemente no se les daba importancia a algunas conductas, o su rendimiento posterior en el campo hacía que se pasaran por alto. Últimamente, la mayoría de esas conductas van asociadas a un bajo rendimiento en lo deportivo y, en algunos casos, a conductas disolutas poco ejemplificadoras para el resto de la sociedad, un precio demasiado alto para la historia del escudo que luego defienden y que, muchas veces los aficionados prefieren obviar e, incluso, algunos defienden.

A grandes rasgos ese sería el primer condicionante.

El segundo es que el futbolista es una persona, ni más ni menos, como tú y como yo. Tienen su familia, su trabajo, su casa, sus amigos y si sufren una herida sangran como todo el mundo. Por supuesto que, llevándolo a una visión simplista, el futbolista trabaja un par de horas o tres y tiene el resto del día para disfrutar de la vida, puede realizar cosas que el común de los mortales no realiza. ¡Oye!, ¡Mejor para ellos! Incluso, en ocasiones, tienen privilegios a través de empresas patrocinadoras que ya nos gustaría a muchos. Para ejemplo, los equipos del Real Madrid o del Barcelona disfrutan de vehículos de alta gama cedidos por marcas concesionarias que despiertan la envidia de la mayoría de los trabajadores (Trasládenlo a menor escala a sus equipos). Pero esa no es siempre la realidad. Hay muchos futbolistas para los que el fútbol no es más que un modo de vida y que ya quisieran ganar lo que ganan muchos de los hinchas que a veces osan llamarles ‘mercenarios’. ¿Mercenarios de cuánto? De 1.000 euros, de 1.500 euros que, en muchas ocasiones, ni siquiera cobran al día. ¿De cantidades incluso inferiores?

Tendemos a asemejar a todos los futbolistas cuando hay infinidad de perfiles y les aseguro que dista una distancia abismal entre unos y otros. Por eso, decir que un futbolista tiene el ADN de un determinado club es ponerle una carga que, la mayoría no merecen, y para otros muchos es una responsabilidad difícil de llevar y que se desmonta en un abrir y cerrar de ojos. En el momento en que ese futbolista tiene que elegir para dar a su familia un día mejor.

Entiendo que los aficionados se ilusionen con los futbolistas. Entiendo que los conviertan en parte de su vida, pero hay que tener siempre una distancia por el bien de ellos y de los futbolistas. Se evitarán tensiones y se rebajará una responsabilidad que pesa demasiado en ocasiones.

Siempre dije que el futbolista, al final, viene, ejerce una profesión maravillosa, cobra y goza de una posición a veces demasiado elevada. A cambio se le somete a una presión que no siempre merece y, en ocasiones, recibe críticas demasiado injustas. Encontrar la distancia correcta entre lejanía y cercanía entre ambas partes es algo que corresponde a los clubes que, cuando la encuentran, tienen un trecho recorrido hacia el éxito pero que, cuando la sobrepasan o se quedan cortos, confunden los caminos y suele pervertir el resultado deseado.

¿Cuántos de vuestros ídolos con ADN de vuestro equipo han vuelto? ¿Cuántos se han bajado al barro cuando la situación lo requería? ¿Cuántos han vuelto que no sea para recibir un homenaje o invitados? Los que lo han hecho, esos son los del ADN. Los que mantengan las raíces con tu club y con tu ciudad. Pero eso, sólo el paso de los años puede decirlo. Y ello no quiere decir que el sentimiento de cariño de los futbolistas hacia un club no sea enorme, que quieran a esa entidad y que guarden recuerdos para toda la vida. Pero el ADN es otra cosa. Tener ADN de un club es para los que estuvieron, están y estarán, llueva, nieve o haga frío, a 38 grados o a -3, con manta o sin camiseta, con lágrimas o con risas y eso, que me perdonen muchos futbolistas, es algo que, en la mayoría de los casos sólo corresponde a los aficionados (y no a todos).