Era de esperar y no hubo otras sorpresas que no fueran las de una cuidada puesta en escena como corresponde a la ceremonia de inauguración de unos Juegos Olímpicos. La sobriedad provocada por la pandemia estuvo en todo momento presente. Sé que los deportistas me van a odiar y eso que soy el primero en entender que para la mayoría es un momento único y para muchos es la única oportunidad de tener su minuto de gloria y no por vanidad sino por premio a un esfuerzo descomunal. Para muchos deportistas, al igual que para muchos países, es el único escaparate posible y tienen todo el derecho del mundo.
Sin embargo, esa pandemia que ha obligado a retrasar los Juegos un año, esos Juegos que, en nuestra opinión, se celebran con calzador, es, precisamente, el gran enemigo. Sigo diciendo que la mejor forma de evitar riesgos era no celebrarlos. ¿Se imaginan un contagio múltiple? Pondría los Juegos en el disparadero. De hecho, como ya comentamos, antes de comenzar los Juegos ya había habido 75 positivos. Hoy, se hacía público el positivo de un técnico de la selección de ciclismo, que compite el sábado. Por muchas medidas que se tomen el riesgo ahí está y las consecuencias pueden ser terribles.
Por eso la ceremonia no podía pasar de la discreción. A un servidor no es que le vayan mucho estos ‘saraos’, pero reconozco que todavía anda por ahí en casa un VHS con la inauguración de los Juegos de Barcelona y otro de la Clausura. El vínculo sentimental es mucho mayor, pero reconozco que siempre me gusta dedicar un poco de tiempo ante el televisor para comparar culturas, disfrutar del arte y de las coreografías y, ¿por qué no decirlo?, soltar una lagrimita cuando los españoles saltan al estadio, llenos de ilusión, apuntando a un éxito que a todos nos hará sentir orgullosos, por muy criticones que seamos. En esta ocasión ver a Craviotto y a Mireia Belmonte ha sido emocionante por todos los componentes que suponen, pero en especial por la trayectoria que han mantenido. Un orgullo, como lo es para los salmantinos haber conocido en los últimos años que un paisano, Fabián Vicente del Valle, ya portó la bandera nacional en Londres en el 48.
Detrás de ellos varios cientos de ilusiones en rojo y amarillo.
Pero ni una cosa ni la otra me hacen cambiar de parecer y pensar que estamos asistiendo a los Juegos más raros que he conocido y que, por eso, no debieran celebrarse. Porque aun entendiendo la ilusión de los participantes, los Juegos deben transmitir otras cosas, aunque sean mentira, aunque se hable de unidad y todos nos hayamos criado con boicots que no olvidamos. El envoltorio tienen que ser óptimo, pero la deportividad también debe primera por encima de todo, independientemente de la rivalidad y la competitividad.
Estoy seguro que nos dejarán imágenes para la historia, que al final saldrá alguna estrella, pero no puedo negar que el miedo al fracaso, a vivir unos nuevos ‘Juegos Rotos’ ronda mi cabeza desde hace semanas. Esperamos no tener razón y que, al final, lo bueno supere a todo lo accesorio.