Los ‘no’ Juegos de Tokio

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Esta madrugada arrancaba una nueva edición de los Juegos Olímpicos de la historia, aunque oficialmente no lo harán hasta dos días después. Sé que lo que voy a decir muchos deportistas no lo compartirán, pero son unos Juegos que nunca debieron celebrarse.

De hecho, previstos para 2020, ya se tuvieron que arrastrar un año. Los intereses económicos los han convertido en los Juegos ‘del calzador’ porque con calzador los han metido si, finalmente, se celebran en su totalidad.

El responsable del comité organizador no descartaba una cancelación de último minuto de la competición, cuya ceremonia oficial se celebra el viernes. Pues ya están tardando.

La competición, desde sus orígenes en la Grecia Antigua, siempre fue un verdadero símbolo. En aquel momento nació a un nivel más local, pero con una grandiosidad que no tenía ningún otro acontecimiento. Era el auténtico escaparate para los mejores de cada categoría.

Ese objetivo se trasladaba a la etapa moderna, pero lo hacía a nivel global y ya centrado en deportes más modernos, muchos de ellos hoy continúan en el programa olímpico. Desde entonces, la competición siempre ha sido el verdadero escaparate del deporte y de las ciudades donde se celebraba. Una oportunidad para prosperar, para abrirte al mundo, para modificar infraestructuras. Sólo recordar la Barcelona pre y post Juegos de 1992 podremos darnos cuenta de su verdadera dimensión.

Quizá por ello, numerosas ediciones se han visto salpicadas por sucesos ajenos al propio deporte, pero que no han impedido en la mayoría de los casos su celebración pues es tal su importancia a nivel social y económico que los organizadores siempre han tenido que arriesgar para poderlos sacar adelante.

A nivel de país, en el caso de modestos como España, los Juegos Olímpicos también han sido una pequeña reivindicación para dar pequeños pasos en la evolución deportiva. Han sido esa ventana al mundo para muchos deportistas que sin esta competición no tendrían ‘chance’ ni a nivel público ni mediático. Por eso participar en los Juegos Olímpicos es algo más que un objetivo, es un sueño, es el culmen de todo el esfuerzo realizado durante años, … y nadie se los quiere perder. De hecho, la mayoría, aunque cuando salten a la pista, al tatami, a la piscina o a la tarima (la de los pabellones, claro) buscan vivir la experiencia sabedores de que no tienen opciones deportivas de prosperar, y con esa experiencia cumplen la mayor aspiración de su vida deportiva y normal.

Pero en esta ocasión hablamos de unos Juegos que nada tienen que ver con otros Juegos. Ayer, cuando iba en el coche escuchaba que 75 deportistas ya habían dado positivo por Covid-19, y eso que los Juegos ni siquiera han comenzado, y eso que, supuestamente, tienen todos los controles y viven en una especie de ‘burbuja’. Burbuja que, por cierto, no se ve en las imágenes de televisión en los aeropuertos, ni en los aviones, donde viajan centenares de atletas y técnicos juntos, mezclados, expuestos. ¿Se imaginan a alguien con Covid expandiendo el virus a diestro y siniestro por el avión y a todos los tripulantes de ese avión aterrizando en la villa olímpica?

Verdaderamente es necesario afrontar el riesgo. ¿Es posible que una escalera de color acabe de solapar a ese full de reyes ases? Qué beneficio se sacará de esta edición de los Juegos. Dudo mucho que las grandes empresas que en otras ocasiones hacen desembolsos cienmillonarios para sufragar la competición, hayan invertido en esta ocasión. ¿Cómo es posible que Tokio, con el carácter prudente de los nipones se haya prestado a correr el más mínimo riesgo?

Son unos Juegos raros, no se barruntan ni siquiera estrellas. Alguna saldrá y, obviamente, todos volveremos a robar algún minuto a la madrugada para ver algún deporte de esos que ni conocemos ni hemos visto nunca, pero del que, sobre todo si hay algún español con opción de medalla, saldremos en modo ‘experto’.

No sé qué sucederá en el próximo mes, pero seguro que, si se corren riesgos innecesarios y si surge algún problema, era la mejor ocasión para haberlo evitado. A partir de ahí, suerte a todos los que van a vivir su sueño.

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