Intervención de Mariano Esteban de Vega en el claustro universitario

- en Educación
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Mariano Esteban de Vega

En primer lugar, quiero felicitar al rector y felicitarnos a todos como miembros de la comunidad universitaria por tener hoy la ocasión de participar en una sesión del Claustro ordinario de fin de curso.

El Claustro es, según nuestros Estatutos, el máximo órgano de representación de la Comunidad Universitaria y merece por ello una consideración y un respeto que lamentablemente no ha recibido en los últimos años. Porque no es ni consideración ni respeto lo que se muestra a este órgano cuando se le mantiene durante más de año y medio congelado, sin celebrar reuniones ordinarias, como sucedió entre mayo de 2019 y diciembre de 2020. Y no es demostrativo tampoco de la debida consideración hacia este órgano que una sesión como la de hoy, la del Claustro ordinario de fin de curso, se celebre dos años después de la anterior, pues incomprensiblemente el curso pasado no se convocó, aunque podría haberse hecho telemáticamente.

Desgraciadamente, mi estado de salud no me permite participar en esta sesión del claustro. No obstante, me gustaría aprovechar la oportunidad excepcional que supone la reunión de este órgano para manifestar ante el mismo mi visión de la situación de nuestra universidad y la preocupación con la que una parte importante de la comunidad universitaria observamos su futuro. Por esa razón, le he pedido a mi compañera, la profesora Mercedes Suárez Barrios, que lea estas palabras ante el Claustro. Soy consciente de que mi intervención podría suscitar algunos debates, en los que lamentablemente no podría participar. Ruego por ello a las señoras y señores claustrales que disculpen esta anomalía, al tiempo que me ofrezco abiertamente a mantener ese debate cuando mi salud lo permita.

El objetivo y el sentido de este Claustro que se celebra al final del curso académico es el de rendir cuentas de la gestión del curso que termina. A ese objetivo, el de la evaluación de las políticas que se han seguido durante estos meses, pretendo contribuir con mi intervención, lo que necesariamente conllevará formular recomendaciones y propuestas sobre distintos aspectos de la vida universitaria.

Como punto de partida, observo en la situación actual de la Universidad un fuerte contraste entre el discurso oficial y la realidad. El primero, el discurso, es autocomplaciente hasta lo propagandístico. Está lleno de elogios y de agradecimientos en todas las direcciones, hasta conducir a la sospecha de si tanto elogio, incluso tanto halago, no supondrá un intento de anestesiar a la comunidad universitaria frente a los evidentes límites de la gestión realizada. Su perspectiva edulcorada construye una realidad paralela en la que, literalmente, se diría que es imposible estar mejor. No solo es que estemos bien desde hace años (concretamente desde hace tres años y medio) sino que bastaría con no cambiar nada para que tengamos asegurado un futuro cada vez mejor.

Pero otra cosa muy distinta es la realidad que los universitarios percibimos, señor rector.

-En primer lugar, en la gestión de la pandemia, que vamos a superar institucionalmente gracias al esfuerzo de nuestro personal, de nuestro profesorado y de nuestros profesionales de administración y servicios. Gracias a la voluntad y el trabajo de los departamentos y de los centros y sus responsables, que han hecho lo que han podido, con sus propios medios (muy diversos por cierto, lo que explica también que los resultados de ese esfuerzo hayan sido también muy diversos, incluso heterogéneos). Gracias a la colaboración y la paciencia de los estudiantes ante los experimentos y la falta de orientación desde el rectorado.

No es, como a usted le gusta presumir, gracias a ese modelo de la presencialidad “segura” que, según la política del autoelogio de la gestión actual, medio mundo admira. Puede comprobarlo usted mismo en la encuesta con los estudiantes sobre el COVID, donde el equipo de gobierno apenas aprueba, con un 5 bajo, calificación inferior a la que conceden a los profesores y demás profesionales de la universidad.

Por cierto, sería muy recomendable conocer hasta qué punto es real y efectivamente presencial la presencialidad “segura”. Cada centro se ha organizado -cómo no- de manera distinta frente a la pandemia, según sus capacidades y el juicio del equipo directivo, pero sin contar con una auténtica coordinación planeada desde el rectorado. Y en muchos se ha generalizado la idea de que nuestra presencialidad será segura, pero es muy poco presencial, porque las aulas están mucho más vacías de lo que podrían estarlo.

Tampoco se hacen test exhaustivos y continuados en la comunidad académica para establecer hasta qué punto realmente resulta tan segura como el equipo rectoral se apresura en afirmar. Los que se han hecho han sido insuficientes y más un acto de propaganda que de preocupación genuina por la salud de los miembros de la comunidad, la mayoría de los cuales siguen sin haber sido vacunados, contra lo que sucede en otros ámbitos educativos.

¿Tenemos un cuadro de la situación, más allá de las alusiones al éxito de nuestro modelo? ¿Hasta qué punto se ha hecho uso de la presencialidad que la universidad ofrecía durante este curso? ¿Lo sabemos? ¿Queremos saberlo? En este último caso, ¿Cuáles son las razones, señor rector, por las que en unos casos se produce una asistencia muy numerosa a clase y en otros no?

-Hay otros aspectos en los que me parece que el discurso oficial tampoco se compadece con una realidad mucho más problemática. Existe en una parte importante de la comunidad académica un auténtico hartazgo y una profunda decepción por el desvío de las labores académicas hacia tareas burocráticas que fácilmente podrían ser automatizadas. La administración electrónica no ha sido, ni mucho menos, el sueño idílico prometido en campaña que solucionaría muchas de ellas. Lo hemos comprobado, por ejemplo, en el nuevo sistema para la firma de actas, que se asemeja más bien a una pesadilla en la que se añaden cada vez más duplicidades, requisitos y obstáculos, ahora de carácter tecnológico. Lo hemos comprobado también en el ámbito de la investigación, que obliga a los investigadores a dedicar a veces más tiempo a la tramitación de facturas que a la generación de conocimiento científico.

-Y hay también, finalmente, otra observación general que me gustaría hacer sobre su gestión. Me refiero a la conveniencia de una acción política con rumbo claro y decidido; no basada en la improvisación y en el corto plazo, sino en la definición de objetivos y el establecimiento de planes para alcanzarlos a partir de un equipo de gobierno cohesionado y estable.

Durante estos meses ha habido varias ocasiones en las que ese problema ha aflorado claramente, aunque yo voy a referirme solo a dos:

-uno ha sido la aprobación de normas sobre evaluación presencial a finales de enero, cuando la evaluación presencial ya había comenzado en muchas facultades. Se incurrió de ese modo en el mismo error que el curso pasado, cuando se aprobaron una serie de normas de evaluación a finales de mayo, en pleno periodo de exámenes. Meses atrás una parte importante de la representación claustral le reclamamos, sin éxito, planes de contingencia que, entre otros aspectos, recogieran las posibilidades que al respecto pudieran plantearse en la evolución de la pandemia, hojas de ruta para ser aplicadas según las circunstancias. Esas reclamaciones cayeron en saco roto. Y fue una equivocación, señor rector, porque anticiparse a los problemas mediante la planificación y no esperar a que estos estallen para abordarlos es una responsabilidad ineludible del gobierno de la universidad.

-otro ejemplo reciente ha sido el envío por parte del equipo de gobierno a los departamentos e institutos de investigación de un correo electrónico en el que se solicitaba a estos que mostrasen sus “expresiones de interés” para el reparto de los fondos de recualificación del sistema universitario transferidos por el gobierno de España. La labor del equipo de gobierno debe ir más allá, señor rector. No debe limitarse a preguntar opiniones o deseos, sino que tiene que ofrecer los datos con los que cuenta y orientar sus peticiones en función de los intereses institucionales. Y no es cierto, como usted trata de justificarse reiteradamente, que estos asuntos solo se pueden abordar de dos maneras: desde abajo, como la forma más democrática y más cercana de enfrentar la situación; o desde arriba, desde una especie de despotismo ilustrado ajeno a la sensibilidad de la gente.

Esa es una simplificación inaceptable. Ni lo uno ni lo otro. Se puede y se debe actuar en ambos sentidos. Se elige un rector para representar a la comunidad y para ofrecer proyectos y alternativas que, luego, se debaten democráticamente. Un rector nunca puede renunciar a sus labores directivas, en el sentido literal de ofrecer un sentido o un conjunto de sentidos alternativos a toda la comunidad académica. Naturalmente que el rector y el equipo de gobierno tiene que contar con eso que usted llama “abajo”. Pero la comunidad universitaria tiene derecho a esperar del equipo de gobierno que defina estrategias, que concrete planes, que exprese en cada caso cuáles son las prioridades de la institución, aunque eso signifique en alguna ocasión molestar a alguien o resultar impopular. No hacerlo no es muestra de cercanía a la gente. Es, claramente, escurrir el bulto, eludir las responsabilidades para las que ha sido elegido.

Muchas gracias al rector y a todos los miembros del Claustro por su atención. Y les reitero mis disculpas por no haber podido estar presente hoy aquí

Mariano Esteban de Vega

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