Amores inconstantes

- en Firmas
San Valentín en Salamanca

El vampiro tenía un cuerpazo de infarto y un rostro de una palidez extrema que iluminaba la oscuridad de la habitación como una lámpara LED. Nunca sonreía pero resultaba muy atractivo, pues tenía una mirada dulce y serena aprendida por ósmosis de los miles de incautos que cayeron rendidos a sus encantos durante los años que pasó buscando la redención y el perdón en esta vida.

Cuando la conoció ella tenía 19 años y un futuro por desbrozar. Era menuda y proporcionada, con una sonrisa perpetua de dientes alineados y mejillas pecosas. Peinaba una larga trenza castaña ladeada hacia la derecha. Sus ojos zarcos, grandes y risueños invitaban a la confidencia y al abandono y eso es lo que él sintió cuando la vio por primera vez caminando sobre sus tacones con rumbosa marcha, acercándose hacia la esquina en la que se apostaba al acecho de una presa con la que compartir la noche.

La muchacha brillaba con su ingenua belleza de adolescente tardía y agreste aún por desbravar. Él estaba de vuelta de todo, hastiado, hambriento y sólo aspiraba a un descanso eterno que creía merecido.

La abordó con estudiada premeditación. Las tablas que tenía hicieron el resto. Fue tan fácil convencerla, enamorarla y hacerla suya, que temió aburrirse de su conquista demasiado pronto.

Pero no fue así. Ella cayó rendida, sí, pero le arrastró a él a un abismo de pasión desconocida en círculos concéntricos de los que parecía imposible escapar o huir.

Vivieron casi 3 años entregados a un arrebato devastador en el que no cabía otra actividad que no tuviera que ver con ellos mismos y su mutuo amor.

Una noche nada distinta de otras se despidieron para siempre. Él quería huir. Ella no supo ni quiso retenerle.

Al marcharse sin volver la vista atrás la muchacha dejó un papel manuscrito como último regalo a quien había sido su primer amor. Decía así:

«Contigo he experimentado el amor. Llené mi mochila de esperanzas y sueños confiando en un presente perpetuo y creyendo que el mañana me pertenecía.

Te pido perdón por haberme dejado llevar por lo que sentía sin atender a razones, por haber creído tus palabras seductoras, por mi ignorancia, mi arrogancia, mi fortaleza, mis debilidades, mi ceguera, mi vanidad y sobre todo por mi egoísmo.

Ahora que ya no me queda nada, pido que junto al perdón me sea concedida la humildad y la fuerza necesarias para salir de este vacío. Que pronto sienta curadas mis heridas, que el recuerdo sea plácido y agradable, que pueda dar gracias por lo vivido, levantarme, ponerme en pie y mirar al frente con resolución.

Creí que sería fácil, pero no. Estoy sintiendo una garra atenazante sobre mi corazón que me oprime y me exprime hasta la última gota.

«Imaginé cuando surfeaba en la cresta de la ola que lo que vivía sólo a mí me correspondía. Y ahora que te vas me he quedado varada en esta orilla, sin quererlo y sin estar preparada para aceptar el desamor.

Qué lástima querido mío ser como soy, porque si fuera más voluble e inconstante, hoy no estaría rota de dolor, desconsolada, llorando por lo que no tuve.»

Ésta es en resumen la crónica de su separación; el desamor suele ser más lento y no obedece a órdenes ni a deseos.

Ahora por la ciudad dos vampiros andan sueltos en busca de presa.