Hay decisiones que cuestan tomar.
Hay decisiones que se te hacen un nudo en el estómago o en la garganta.
Hay decisiones que consultas con la almohada y, otras, que tomas movidas por la impetuosidad del pronto, de la ira, de la rabia, del momento.
Hay decisiones que cuando las tomas, a pesar de todo, te devuelven la paz y la tranquilidad; las ganas de continuar y de buscar o de encontrar aquello que te mereces de verdad.
Hay decisiones que por mucho que retrases, te estarán esperando a la puerta cuando regreses de tu huida y que te empujan a decantarte por un lado u otro.
Hay decisiones que tomas por ti y para ti.
Pero hay otras decisiones que tomas y que influyen en quienes te rodean.
Hay decisiones que son difíciles de masticar y de digerir porque te puede la responsabilidad, el compromiso y tu entrega.
Hay decisiones y decisiones.
Las decisiones te hacen tomar un camino u otro y, aunque no decidas, ya estás decidiendo mirar para otro lado y no decidir.
En la mayoría de las ocasiones, las decisiones te recomponen, son necesarias, te permiten fluir y sonreír.
¿Qué decisión tomas tú?
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