Desnudo, como los hijos de la mar

- en Firmas

«Se repartieron mis vestidos entre ellos, y por mi vestido echaron a suertes» (Sal. 22,19)

El hombre fue creado sin vestidos, pero fue creado en esa ausencia de vestidos para ser recubierto por el hábito sobrenatural de la gloria (Erik Peterson)

En su último viaje, don Antonio Machado quiere partir desnudo, evocando a los hijos de la mar. Como ellos, quiere partir ligero de equipaje, una renuncia que le puede dar libertad (P. Cerezo). Está a las orillas de ese “gran silencio” y su desnudez es un acierto estético y ético. Su desnudez es una exigencia de depuración de la palabra y de la vida, imposible de alcanzar. La desnudez es la suma expresión del espíritu libre, la inflexión de la propia duda, que es un anuncio de fe, una fe que abre caminos como “estelas en la mar”

Los cuatro evangelios nos muestran que los soldados se repartieron los vestidos de Jesús, quedando desnudo sobre el madero, despojado, vacío delante del Misterio. En el más profundo de los silencios. La brutalidad de la crucifixión incluía el despojo total de las ropas, para que la humillación y el despojo fuese total. Desnudo y despojado de su vida y de su dignidad, expuesto y ridiculizado ante todos, insistiendo por sus verdugos violentamente en la total desnudez para aumentar su vulnerabilidad, es vilipendiado ante los espectadores irreverentes. La violencia y la desnudez no imponen ningún límite, ningún equilibrio, apagando la existencia del justo y violando lo más sagrado de la intimidad. “Su cuerpo desnudo y ni siquiera juzgado digno de que una prenda lo cubriese. Por eso se apagaron las luces del cielo y el día se oscureció a fin de ocultar lo que estaba desnudo en la cruz” (Melitón de Sardes)

En la desnudez y muerte, Jesús se abajo a lo más recóndito de la existencia humana. De vacío en vacío llegó al despojo total de la aniquilación, a esa posibilidad de no ser, abajando su existencia hasta la donación total. Su muerte y desnudez no fueron un error, fueron el precio de su rebeldía, de su disidencia. Nadie apuesta en este mundo impunemente por los vencidos, los despojados, los desheredados, los crucificados (M. Fraijó). No sorprende acabara en la peor de las muertes, la cruz. Así desnudo de ropa, se tendió amante sobre la cruz abriendo sus brazos, llegado al final derramado de su ser. El mismo advirtió que si la semilla no muere, permanece estéril.

Nuestro mundo está lleno de personas despojadas, descartadas, con una existencia desnuda y anónima. Ahí están en nuestras fronteras llamando a la puerta miles de inmigrantes y refugiados, no solo los desplazados en la guerra en Ucrania, también de Siria y de África donde siguen abiertas luchas olvidadas. Como no recordar cientos de personas que huyen de la pobreza, del hambre y miseria. Viven a la intemperie en un lugar de nadie, dirigiéndose hacia una realidad desconocida y difícil. No podemos olvidar tampoco aquellos enfermos privados de cuidados, mujeres maltratadas y asesinadas, ancianos abandonados, niños y niñas violados, cientos de personas hundidas en el hambre y la necesidad. ¡Cómo no gritar la desnudez de la miseria humana y la desesperación! ¡Cuántos despojados Señor, cuantas cruces y dolores para sacar a las calles y plazas de nuestras ciudades!.

La desnudez de Jesús nos recuerda lo que significa ser persona, nuestra humanidad común. Somos cuerpo, mente y espíritu y no podemos olvidar ninguna de las tres realidades de nuestra naturaleza. Nuestras sociedades postmodernas y nihilistas han desnudado al hombre de la hondura espiritual, creando un vacío existencial que muchos llaman la sociedad del cansancio. Vivimos despojados y desnudos de nuestra dimensión espiritual, cegados en la oscuridad de lo cotidiano, desarrollando un alzhéimer existencial que perturba y rompe el sentido de la vida (Byung-Chul Han). Una ceguera del corazón nos oscurece la realidad y nos hace insolidarios, egoístas y faltos de hondura para la misericordia.

La desnudez de Jesús crea la posibilidad de la plenitud. Siguiendo su estela, debemos despojarnos de nuestras seguridades y altanerías, de prejuicios y de valores pasajeros, de nuestros egoísmos e insolidaridades. El caminante cristiano, debe aceptar que la desnudez forma parte su nuestro ser persona, para ello es necesario caminar por nuestra vida a ras de tierra, humildes (humus), ligeros de equipaje y casi desnudos, para poder madurar y crecer en solidaridad y justicia. La desnudez no es hallarse sin ropa, es la apología de la propia existencia, es la condición del propio ser (Levinas). Solamente despojándome de mi yo, puedo hacerme cercano, escuchar el clamor de los más necesitados y descubrir sus sufrimientos. Si somos capaces de mirar la realidad desde la desnudez de la cruz, desde la proximidad a los últimos, podemos cambiar la mirada sobre lo real.

Mantenerse desnudos y arrojados en la tierra, nos permite que la búsqueda del sentido existencial no se agote en uno mismo, abriéndonos a esa realidad que nos transciende. Nuestra desnudez, siguiendo la senda de Jesús, debe ser comunión y acción liberadora con todos los despojados del mundo, imperativo del amor que rezuma el Evangelio. Cuando el corazón humano brota de su desnudez, inicia el verdadero camino para acoger el Reino. Los que son capaces de desnudarse, son los que no están desnudos, sino cubiertos por el vestido de la gracia, y desde ella, pueden desplegar en el mundo la misericordia en forma de justicia y de paz.



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