Fue María Magdalena y dijo a los discípulos: “He visto al Señor y ha dicho esto” (Jn 20,18).
El Evangelio (Jn 20,19-31) nos presenta la Resurrección de Jesús en términos de «encuentro con el Resucitado». El Evangelio tiene dos partes que nos muestran a los discípulos reunidos y Jesús se presenta con el saludo de la paz.
Los discípulos están “con las puertas cerradas”, llenos de “miedo a los judíos”. Es lógico que tengan miedo, pues, acaban de matar a Jesús, lo han condenado por blasfemo y por rebelde contra Roma y los discípulos corren el peligro de terminar igual. El miedo les paraliza, les encierra en sí mismos y no pueden amar a los demás. Los discípulos están juntos, reunidos, donde el Resucitado se hace presente, abriendo las puertas, quitándoles el miedo y les comunica cuatro dones fundamentales: la Paz, el gozo, la misión, y el Espíritu Santo.
El saludo de Jesús: “paz a vosotros” lo repite tres veces. ¿Por qué repite tres veces “paz a vosotros” en este pasaje? Vienen a la mente las palabras pronunciadas por Jesús en la última cena: “La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde” (Jn 14,27). Este saludo, “paz a vosotros” solo se encuentra también, en la aparición a los discípulos en Lucas (24,36). Lo más frecuente es que Jesús no salude: ni a los once, cuando se les aparece en Galilea, ni a los dos que marchan a Emaús (Lc 24,13-35), ni a los siete a los que se aparece en el lago (Jn 21,1-14). Y a las mujeres las saluda en Mt con una fórmula distinta: “alegraos”.
Mientras Lucas presenta en esta aparición, a los discípulos que “se asustaron y, despavoridos, pensaban que era un fantasma”; más tarde, la alegría va acompañada de asombro. En cambio, Juan solo habla de alegría. Así se cumple la promesa de Jesús durante la última cena cuando les decía: “Vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros y os llenaréis de alegría, y nadie os quitará vuestra alegría” (Jn 16,22). Todos los otros sentimientos no cuentan.
Todos los evangelios hablan de la misión que Jesús resucitado, encomienda a los discípulos. No se trata simplemente de continuar la tarea. Lo que continúa es una cadena que se remonta hasta el Padre.
El don de Espíritu Santo y el perdón. Marcos y Mateo no dicen nada de este don y Lucas lo reserva para el día de Pentecostés. El cuarto evangelio lo sitúa en este momento, vinculándolo con el poder de perdonar o retener los pecados. En todos los otros evangelios, la misión de los discípulos está estrechamente relacionada con el bautismo. Parece que en Juan, el perdonar o retener los pecados, tiene el sentido de admitir o no admitir al bautismo, dependiendo de la preparación y disposición del que lo solicita.
El ser humano siempre necesita la paz para vivir en paz. Nuestro mundo también la necesita en estos momentos, precisamente en tiempos de Pascua.