Si pudiera escoger mi cruz…

- en Firmas
Semana Santa en Wences Moreno 15

Señor, decía un cristiano, yo sé que cargar una cruz es parte de la vida, pero la que yo tengo es demasiado pesada. Si pudiera escoger la mía, escogería una más aparente que la que llevo en la actualidad.

Finalmente, el hombre escogió una, la puso sobre sus hombros, dio unos cuantos pasos y dijo:

– Señor, ésta es la cruz para mí. ¿Ves? No es muy pesada, tiene el tamaño apropiado, ha sido convenientemente preparada y no tiene nudos que me lastimen los hombros. Me gustaría tener esta cruz porque siento que es la más apropiada para mí.

El Señor sonrió y le respondió:

Me alegro de que hayas encontrado una que te satisfaga plenamente…

Rara vez la cruz agrada y se acomoda a la persona. En el momento en que no pesa ni resulta incómoda, deja de ser cruz.

Muchas son las causas del sufrimiento: por la misma naturaleza, por la situación social y porque Dios lo quiere, lo permite. Cualquier mal o sufrimiento, dolor, fracaso, desventura lo podemos llamar cruz.

Hay muchas clases de cruces. Las hay inevitables, como las de la edad, trabajos, convivencia; las hay que te endosan en forma de calumnia, timo, aislamiento, contrato; hay cruces que te atrapan como la del dinero, juego, poder, fama, droga, placer; las hay de competición como rezo más que nadie, sé más que nadie, trabajo más que nadie, sufro más que todos; y están las cruces  de ayuda a los otros, las del que ama, la del que procura que el otro no tenga cruz, la del cirineo, la del que sufre en silencio por no molestar a los demás. Papini, el gran convertido al catolicismo, sigue viendo en el mundo una gran Cruz invisible, plantada en medio de la tierra. Bajo esa Cruz gigantesca, goteando sangre todavía, van a llorar y buscar fuerzas los crucificados en el alma… y que todos lo Judas no han podido desarraigar.

¿Por qué llevar la cruz? ¿De dónde viene el mal?  El sufrimiento nos viene de la misma naturaleza, por las leyes físicas o de nuestros pecados: envidia, avaricia, lujuria… La cruz del deber es una de tantas que se nos ponen en nuestro camino. En la obra “Becket o el honor de Dios”, de Anouilh, hay una escena en la que el Rey de Inglaterra acusa a Tomás Becket de no amar nada.  Becket responde al Rey: Yo amo una sola cosa, mi príncipe.  Y de ello estoy seguro: hacer bien lo que tengo que hacer.

Otra cruz es la de pasar desapercibido, los otros no nos toman en cuenta nos desprecian. Cuentan de un estudiante que atravesaba la Capilla Sixtina del Vaticano y lo hacía totalmente indiferente a la belleza y a la creación artística de Miguel Ángel. Alguien le advirtió  que, por favor, pusiera más interés y se fijara en la perfección de todo el conjunto, en aquel detalle… Mas el estudiante espetó despectivamente: ¡Es que soy de ciencias!

Dicen que el sufrimiento es ley de vida. Sin sufrimiento no hay progreso ni perfección, sin sufrimiento no se puede comprender muchas cosas, sin sufrimiento no hay forja de voluntades.

A los niños no hay que quitarles las piedras, hay que aconsejarles que tengan cuidado y no tropiecen.  El sabio Pasteur aconsejaba a los padres: No intentéis evitar a vuestros hijos las dificultades y los sufrimientos de la vida; enseñadles a superarlos.  Y J. G. Hibben afirmaba: Educar a una persona es ponerla en situación de enfrentarse con cualquier emergencia.

En estos días hemos reflexionado sobre el amor de Jesús y que dio su vida por nosotros y a eso mismo nos invita, a amar hasta el final y amar como él lo hizo.

Autor

Nacido en Blascomillán (Ávila). Carmelita Descalzo y Sacerdote. Licenciado en Espiritualidad. Estudió la carrera de música (piano y canto) en el Conservatorio de Madrid. Conocido internacionalmente por sus escritos, autor de muchos CDs y libros; colabora, además, en revistas y diversos medios de comunicación.