El hormigueo del diablo

- en Firmas
64
Frailes - pueblos de Salamanca

Juan, según me cuenta, había nacido en la calle del Piojo; la llamaban así, porque a ella se abría el ejido del pueblo, un cercado donde pastaban los animales y se daban las pulgas y los piojos; con el tiempo, en el solar, se construyeron pajares y casas, y pasó a llamarse calle Mediodía. Juan nació en la calle Mediodía, pero su madre seguía nombrándola calle del Piojo.

Su padre era un obrero de pico y pala; su madre tenía la profesión de sus labores, y sus hermanos mayores eran Jesús, Antonia y Pedro. Pedro tenía fama de jugar muy bien al tangue y era un “ave” a las canicas. Juan vivía al amparo de los hermanos, y, por ser el más pequeño, remataba los pantalones, los jerséis y las chaquetas de sus hermanos mayores; la primera vez, que estrenó un traje nuevo fue cuando tomó la primera comunión, porque, en este caso, había dado un estirón, y el de sus hermanos le quedaba demasiado pequeño y angosto.

Juan amanecía como arrecío, y así seguía todo el día: casi no tenía amigos y le daba miedo de todo. Se asustaba de los perros; los gatos le producían escalofríos cuando se relamían el labio de arriba y, no digamos de los ratones: se subía a la silla más alta, cuando alguno asomaba la cabeza por la hura, que habían abierto, sigilosamente, en el rincón de la sala (hoy dormitorio); incluso, se negaba a acostarse en la cama por miedo de que alguno se acurrucase entre las sábanas. Hubo que improvisarle una cama artificial con unos adobes y unas tablas, y le echaban la manta, que su padre utilizaba en los inviernos, cuando iba a excavar las viñas; a los hermanos, no les importaba dormir en el portal, porque no había sitio en toda la casa.

A Juan, le amedrentaban los otros muchachos, y, por arrecío, no sabía defenderse; se reían de él, le daban soplamocos, y no se lo decía a nadie, ni a sus hermanos, para que le libraran.

Esto me cuenta Juan de sus primeros años de niño; y, con desparpajo, porque él era así y me cuenta que él no tenía la culpa: nació con estas limitaciones físicas, como otros nacieron con otras trabas; pero no era todo negativo en el personajillo de Juan, estaba dotado de una gran inteligencia. En la calle era insignificante, pero, en la escuela, era un lince: nadie le mojaba la oreja y se convirtió en el alumno predilecto del maestro.

Un día apareció por la escuela, un fraile de hábito marrón, con una correa de cuero a la cintura, que colgaba a un lado; una barba larga, salpicada de canas, y una calva artificial flanqueada de unas vedijas de lana bien disciplinadas. Quería muchachos listos, que quisiesen ser frailes, servidores de Dios. Juan, al principio, se sintió un poco reticente, propio de su carácter indeciso. No le gustó mucho que le contase el fraile que, a san Francisco, le gustaban mucho los animales, y que los consideraba como hermanos; lo de las flores y los pájaros, le cayó mejor, pero lo anterior no le hizo mucha gracia, y prolongó su decisión final; pero, con el empujón de sus padres y la recomendación del maestro, Juan, por fin, se atrevió a dar una respuesta afirmativa. La voz se corrió: “Juan se va al convento de los frailes, quiere ser fraile, y, a fe, que va a ser buen fraile, porque tiene dotes“, comentaban los vecinos de la calle Mediodía o de la calle del Piojo, como decía su madre. Quienes se pusieron muy contentos fueron sus hermanos: se iba una boca y tocarían a más, cuando su madre partiera el huevo, la sardina, la naranja, el turrón en Navidad… Todo, a pesar de la penuria, les sería más ventajoso, más liviano.

Cuando Juan venía, en verano de vacaciones, apenas levantaba la vista del suelo. Cuando miraba de refilón o sentía el airecillo de la chica, que pasaba a su lado, sentía un pequeño sarpullido que le removía la “entraña”. Él lo interpretaba como una tentación del diablo, que se transformaba en cualquier cosa, con tal de incordiar y de llevarle al huerto.

Aquel verano fue una tortura: un valle de lamentaciones y confusión Se daba de cilicio; estaba tan nervioso que se hacía sangre, y su madre se percató de las salpicaduras.

-¿Qué pasa, Juan, te pican las chiches?

– No sé, madre, porque yo, de noche, estoy dormido.

Una semana sí, y la otra, también, cuando Juan se quitaba la ropa interior, aparecía señalada con motas de sangre y, a veces, con desgarro. Y la madre se preocupó. “Posiblemente, haya que llevar al muchacho al médico, porque esto no es normal“.

Y Juan, cada día, alarmaba más y más a su madre; apenas comía; daba mil vueltas a la comida en la boca; se volvió inapetente; su cara se iba quedando pajiza y los ojos, paulatinamente, se iban hundiendo en los cuévanos de sus ojos. Mucha preocupación, tanta que decidieron hablar con don Pablo, el cura.

– Don Pablo, probablemente, este muchacho esté endemoniado. Debe usted hablar con él o asperjarle con agua bendita, porque el diablo le tiene absorbido el seso.

Don Pablo, avezado en estos secretos de juventud, no era partidario de exorcismos y esas martingalas, y prefirió charlar con el muchacho; pero el muchacho no soltaba prenda, pues temía los reproches de un cura, que había apostado por él en presencia del dómine fraile.

Una mañana, mientras su madre freía unos torreznos a su padre, que se iba de escarda, se dirigió a la cocina todo decidido.

– Madre, tengo que decirle que llevo un tiempo sintiendo terror de los lobos, de las alimañas, de los perros, de los gatos, de los ratones, de todos los animales… No quiero, como san Francisco, ser hermano del lobo. Sinceramente: me privan de la tranquilidad y del sosiego, que tanto preciso para ser yo. Es el hormigueo del diablo el resuello de esta situación de deterioro, que me enflaquece y me enferma. Mi remedio está en colgar los hábitos, y dejarme llevar por el cobijo del arrumaco de una moza.

0 0 votos
Valoración
Subscríbete
Notifícame sobre
0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios