Una frase tan repetida, tan cotidiana, que a veces olvidamos detenernos a sentirla. La escuchamos una y otra vez, pero ¿cuántas veces la aplicamos de verdad a nuestra existencia? Quizás muy pocas.
Tendemos a recordar estas palabras solo cuando la vida nos pone frente a un problema, sin importar su magnitud, cuando las cosas se complican y el horizonte se nubla. Entonces la abrazamos con fuerza, como quien se aferra a un clavo ardiendo.
¿Por qué esperar a que todo se derrumbe para buscar en nosotros el valor?
¿Por qué no despertar cada día con el propósito firme de luchar, de creer, de avanzar?
Es cierto que la vida puede cambiar en un abrir y cerrar de ojos, colocándonos en situaciones inesperadas y difíciles. Y en esos momentos de incertidumbre, cuando todo parece perder sentido, es cuando más necesitamos respirar hondo, levantar la mirada y repetir en silencio esta frase: la esperanza es lo último que se pierde. Solo así el alma encuentra la calma necesaria para seguir caminando, aunque el camino duela.
Muchas veces no valoramos el verdadero significado de estas palabras hasta que nos toca vivirlas. No son la solución mágica a nuestros problemas, pero puede ser un bastón cuando nuestras fuerzas flaquean. Porque, al final, casi nadie —excepto nosotros mismos— podrá librar nuestras batallas. La esperanza no resuelve los problemas, pero nos da la energía necesaria para enfrentarlos.
Desde muy pequeña, por circunstancias de mí día a día, he tenido que aprender a luchar para llevar una vida normal desde una silla de ruedas. ¿Y sabéis qué? Nunca he perdido la esperanza. Jamás me he rendido. Tal vez por eso escribo hoy estas líneas: porque sé que, en algún rincón, alguien necesita leer que se puede, que siempre se puede.
Probablemente no todos compartáis mi opinión, pero os aseguro que no hablo desde algo que he leído impreso, ni desde un sentimiento ajeno. Habla mi corazón, el mismo que durante años ha hecho un buen uso de una palabra sencilla pero poderosa: esperanza. Refugio y compañera de muchos de mis viajes.
«Porque sí, la esperanza es lo último que se pierde. Y cuando se mantiene viva, incluso en los días más grises, puede ser la chispa que encienda de nuevo la vida»