La piedra del jardín era un recordatorio de que cada generación da sus propias respuestas

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casas y jardines

Siempre he sido un fervoroso seguidor de las historias y anécdotas personales que dejan un mensaje, que nos hacen reflexionar sobre la vida y también nuestra propia existencia. De cómo la llevamos (dicho coloquialmente). De cómo la sufrimos y también, en los momentos que podemos, cómo la disfrutamos.

Y una de estas anécdotas cotidianas (insisto en que son reales) que estoy seguro te ayudará (en parte, al menos) a gestionar mejor tu vida personal y profesional gracias a esa capacidad que tenemos las personas de reflexionar, es la historia que he elegido para mi aportación de hoy, que sin duda cumple este cometido.

Ocurría en una familia estadounidense hace unas cuatro décadas, cuando una mujer recién casada llega a la granja familiar de su marido, y como siempre ocurre, el que es de afuera es natural que tenga una visión nueva sobre las cosas, con la ventaja sobre las personas que ya habitaban la casa durante décadas, como es el caso de esta granja que pertenecía a la familia desde mediados del siglo XIX.

La mujer va prestando atención a todo a su alrededor y en el jardín de atrás de la casa observó la existencia de una piedra que sobresalía del césped varios centímetros, rompiendo según su gusto la armonía, ya que era de un feo color naranja apagado y tenía unos treinta centímetros de diámetro.

– ¿No podríamos sacarla? – preguntó la mujer después de que la golpeara con la podadora (la máquina eléctrica o manual para cortar el césped) y se rompieran las cuchillas.

– ¡No! Siempre ha estado ahí – dijo su marido y su suegro estuvo de acuerdo.

– Creo que está enterrada a mucha profundidad – añadió el suegro. – La familia de mi esposa ha vivido aquí desde 1850 y nadie ha podido sacarla – continuó.

Claro, la mujer se encontró con una fuerte resistencia porque formaba parte del paisaje del jardín y especialmente, era esa vista que se tenía desde la casa. Esas vistas que no queremos que cambien, que están ahí desde siempre y no nos atrevemos a modificar.

En realidad, nadie había intentado siquiera sacarla creyendo firmemente que la generación anterior ya lo había intentado. Pero no era más que una creencia, porque en los hechos nadie intentó hacerlo.

El paisaje del jardín, su armonía y sensaciones agradables que producía, seguía siendo el mismo, aunque en la familia se iban produciendo los cambios. Nacieron sus hijos, crecieron y se fueron de casa. Su suegro murió. Tiempo después, también murió su marido y ella, finalmente quedó sola en la granja.

Entonces, una de esas tardes en que estaba sentada descansando en una hamaca del jardín, y sintiendo esa sensación de encontrarse sola frente al paisaje, sabía que estaba en una nueva etapa de su vida en la que tenía que enfrentarse a su nueva condición. Es normal que ella reflexionara al respecto. Fue entonces cuando comenzó a prestarle atención a su entorno, pues era más fácil cambiar éste que su situación en la vida. Además, en vida de su marido y su suegro, no lo había podido hacer.

Comenzó a fijarse en el jardín como se fija una mujer en su casa cuando recibe visitas inesperadas. Detectó cientos de pequeñas imperfecciones y se dedicó a eliminarlas una por una. Sin embargo, según su criterio y lo que había sostenido desde el primer día que llegó a la casa, aquel rincón del jardín nunca tendría buen aspecto, al menos, mientras esa piedra irregular estuviera y de paso sirviera en la posición que estaba, para proteger los rastrojos y las malas hierbas. No podía aguantar más la situación, y fue el momento en que tomó la decisión que ella sabía que debía haber tomado hace tiempo. Se dirigió entonces al cobertizo en busca de una pala ya que estaba decidida a desenterrar aquella piedra que le obsesionaba.

Se preparó para lo que pensaba iba a ser una larga jornada de trabajo, como la que quizás habían experimentado las generaciones anteriores que trataron de quitarla, cuestión sobre la que tampoco estaba segura de que así hubiera sido. Solo lo suponía, pero lo importante de su nueva situación, es que contaba con la fuerza moral para tomar la decisión sin que nadie la contraviniera. Estaba decidida a desenterrar la piedra, aunque le llevara todo el día hacerlo. Pero lo notable, es que se empeñó en ponerse manos a la obra y pudo sacarla en escasos cinco minutos. “¿Y para esto han pasado cuatro generaciones?”, se preguntaba a sí misma con un rostro más que de alegría de asombro.

La piedra que ella consideraba como una invasión del paisaje había estado a unos treinta centímetros de profundidad y era unos quince centímetros más ancha de lo que parecía. La aflojó con ayuda de una palanca y la subió a la carretilla. Se quedó estupefacta. Aquella era una roca que había estado ahí desde tiempo inmemorial. Y lo extraño del caso es que cada familia había creído a ciegas que la generación anterior había intentado quitarla, pero en vano. Como la roca se veía grande y parecía alcanzar gran profundidad, habían dado por sentado que era fuerte e inamovible. Esas creencias que se tienen sobre algo o alguien, lo que demuestra cuántas veces podemos estar radicalmente equivocados en una apreciación sobre un hecho o la calificación que hacemos sobre una persona.

La roca inamovible es la metáfora sobre las ideas que se forjan en la vida respecto de determinadas personas y hechos, que se convierten en esos malos hábitos que tenemos de utilizar los tópicos y los prejuicios para calificar a personas y cosas. O sea, opiniones con gran carga negativa, por lo general perjudiciales para el concepto de esa persona a la que se critica o la cosa que se está juzgando.

Nos ocurre con mucha frecuencia que nuestra opinión sobre ciertas personas que se han granjeado un respeto porque se les considera muy capacitados y experimentados, en realidad es sólo por apariencias.

Se les trata con gran deferencia y se les atribuye un conocimiento por esta impresión que se tiene de ellas pero que en realidad no se corresponde con sus logros reales, de igual modo, asumimos determinados hechos como incontestables porque siempre han sido considerados de determinada manera, a pesar de que las evidencias actuales puedan cuestionarlos. Es lo que ella revelaba con su operación de quitar la roca del lugar que ocupaba en el jardín.

Ella sabía en su interior que, a pesar de haberla “derrotado”, la roca anaranjada se había ganado su respeto. No podía arrojarla sin más detrás del granero, de modo que la llevó al cobertizo, donde aún pudiera contemplarla desde la casa. Y después de su aventura, todavía siguió viendo la roca todos los días, pero ahora le parecía algo bueno en su pequeño paisaje. Un paisaje distinto al que había cuando estaba toda la familia. Un pequeño, pero gran cambio que le satisfizo y le dio tranquilidad al mismo tiempo.

¿Cuál es el mensaje que nos deja esta historia?

Es un recordatorio de que cada generación debe buscar sus propias respuestas, no por haber escuchado de parte de su marido y su suegro cuando vivían que la roca siempre había estado ahí y seguiría estando, tenía que ser un escenario recurrente para la que ella encarnaba como otra generación, y por supuesto, la de sus hijos.

He respetado algunos párrafos originales de este relato de Janet Fithian, del Philadelphia Inquires, porque mejor no podían expresarse. Pero esta historia de principio de los 70 me ha servido durante años en mis cursos. Hemos cometido siempre, generación tras generación, el error de presuponer que hay cosas que no deben cambiarse o que, si se intenta hacerlo, no es para la mejora, sino que se está directamente atacando las costumbres, tradiciones y, en términos profesionales, el cuerpo de doctrina vigente.

Cada generación, como recuerda Janet Fithian, da sus respuestas con mayores o menores dificultades, siempre y cuando no se la coarte en su libertad de acción y no se le impongan principios y valores que se creen son inmutables. Porque si alguna certeza se tiene en un mundo de incertidumbre, justamente es el cambio.

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