El poder terapéutico de la sonrisa lo he comprobado millones de veces a lo largo de mi vida. La sonrisa es un gesto facial que implica a muchos músculos. Con ella denotamos alegría, agrado o placer ante lo que tenemos delante o por la evocación de un recuerdo satisfactorio.
Cuando sonreímos los ojos brillan, los labios se curvan hacia arriba mostrando parcialmente las arcadas dentarias y se acentúan las líneas de expresión de la cara, esos surcos que delatan nuestra edad, pero que son tan nuestros y nos indican a nosotros mismos y a quienes nos miran que el tránsito por la vida no ha sido un camino de rosas, sino algo muchas veces duro y sacrificado, lleno de renuncias, soledades, desencuentros y decepciones.
La sonrisa social aparece al mes de vida como respuesta del bebé a estímulos auditivos o a caricias parentales, pero aprendemos a sonreír como forma de interacción con los seres que nos rodean mirando a nuestros padres: de padres alegres, niños sonrientes. Cuando un padre o una madre se inclina hacia su bebé, lo coge en sus brazos, le habla con ternura y le sonríe por puro placer de tenerlo, esa cara es un espejo donde el niño se ve reflejado. Y por mimetismo se crea un círculo de sonrisas intergeneracional, que se alimenta y desarrolla por sí mismo, creando circuitos de aprendizaje indeleble.
Conforme crecen en edad y sin ser conscientes de ello, los niños aprenden que cuando sonríen a los adultos, éstos están más predispuestos a su favor, y la sonrisa entonces pasa a tener una finalidad, aunque sólo sea de complacencia.
Y qué decir de las sonrisas de los adolescentes y jóvenes cuando se abren al primer amor. Qué fácil resulta descubrirlos enamorados con esas caritas sonrientes y esas expresiones atontolinadas cuando escuchan música con sus cascos o cuando Whatsappean con sus amigos.
Al ser humano le resulta difícil fingir una sonrisa y que parezca sincera. Cualquiera es capaz de descubrir una sonrisa falsa. En el adulto la sonrisa es signo inequívoco de felicidad, de reconocimiento, de aceptación, de cordialidad, de altruismo, de camaradería, de amistad, de amor…
Sonreímos ante situaciones que nos resultan agradables o placenteras y sobre todo, sonreímos a los seres humanos que nos las proporcionan.
Cuando la cajera del supermercado te sonríe, crees que has acertado yendo a comprar allí. Si alguien a tu lado en el Bus sonríe cuando te pregunta algo, inmediatamente quieres resolverle la duda. Si el carnicero, la frutera o la pescadera te dan los buenos días sonriéndote al llegar, la espera no se hace incómoda, sino agradable. Si tu médico te recibe con una sonrisa porque se alegra de volver a verte, o porque está agradecido de que elijas su consulta, o porque le gusta el trato personal con sus pacientes y ejercer su oficio de sanador, lo más probable es que hayas acertado en tu elección, porque la ciencia médica se aprende a base de estudio y práctica, pero ser empático y agradable, atento y cordial con los seres humanos que sufren, no todos los médicos lo consiguen aprender.
La sonrisa indica bienvenida y acogimiento, rebaja tensiones y allana el camino para la confidencia de los males que nos aquejan. La sonrisa derriba muros y salta barreras entre las personas, es expresión de la divinidad y nos diferencia del resto de los animales que, aún en su perfección, no la poseen.
Cuando se ama a alguien el simple recuerdo de su mirada nos pinta en la cara una sonrisa contagiosa que no pasa desapercibida a los demás. Oír la voz del amado a través del móvil y empezar a sonreír es todo uno. No falla.
Sonreír a los demás genera sonrisas en los que miran. Hasta los más adustos no pueden resistirse al contagio. Y además, sonreír es gratis.
Yo sonrío cuando soy feliz, cuando siento placer en encontrarme y saludar a las personas que quiero. Sonrío por amor, por agradecimiento, por empatía, por cordialidad. No busco nada en ello. Ni siquiera busco una sonrisa a cambio, pero si alguien me la ofrece, me siento la mujer más feliz del mundo.
Hoy se cumple un año del inicio del estado de alarma decretado por el gobierno ante la situación sanitaria provocada por la pandemia de la COVID-19.
Llevar mascarilla desde entonces se ha convertido en un gesto obligatorio y cotidiano para todos los ciudadanos, impidiéndonos disfrutar como antes de la sonrisa de los demás, hasta el punto de que es la mirada de la gente, la auténtica protagonista de la expresión facial. Y son los ojos de nuestro interlocutor en los que nos zambullimos ahora buscando todo lo que antes nos proporcionaba su sonrisa. Esto ha hecho que todo lo que antes pretendíamos comunicar sonriendo, ahora se tenga que transmitir con el tono de voz y con la mirada, cobrando nuestros ojos un protagonismo y dimensión excepcionales.
Quiero agradecer a todos mis amigos, familiares y conocidos sus muestras de afecto y de amor; son las que hacen que mi cara refleje una sonrisa.
La sonrisa es la expresión más directa y sencilla para mostrar alegría, pero en tiempos de pandemia no podemos olvidar que nuestra mirada y nuestro tono de voz tienen que ayudar a transmitir todo lo que antes reflejaba nuestra sonrisa.