Mi plaza, la plaza, muestra plaza

- en Firmas
Plaza Mayor de Salamanca 19

«Es un cuadrilátero irregular, pero asombrosamente armónico » (Miguel de Unamuno)

Dorada, como cuando el sol se pone, de ese color calentito que te invita a quedarte, y sobre todo, te invita a volver.

Durante los años que viví en Madrid, se repetía siempre el mismo ritual.

Cada vez que volvía a casa, – Salamanca siempre fue casa – , lo primero que hacía era ir a verla.

Allí estaba.

Enorme, vacía, y llena a la vez.

Solitaria y acompañada, mi plaza me recibía siempre con un «¡ya era hora! «.

Me gustaba recorrer con la mirada cada arco, cada medallón, que menudo jaleo hubo luego con los medallones, cada adoquín gris oscuro, y contar las farolas que siempre estaban alli, recias, firmes, como candelabros en una cena de gala, como soldados custodiando las puertas del palacio.

Los balcones.

¿Y quién vivirá allí?

Los recuerdos de tantas tardes torrándome al sol, en la terraza del Novelty, que nunca tuvo nada que envidiar a aquel café Gijón (Madrid), donde artistas, pintores, poetas y escritores se reunían, desde 1905, y donde nuestro Torrente Ballester se quedó sentado para siempre, porque no quería moverse de allí.

No me extraña.

Un café con leche y hielo, y veíamos pasar a la gente y a la vida, porque ahí, ahí en la Plaza Mayor, pasa la vida entera.

Estudiantes despistados, abuelillos que pasean, ganaderos que los lunes se sacan los cuartos entre farias, vinos tinto y moruchas de las buenas.

Extranjeras que pretendían enseñarnos lo que no se debe, entregándose al fragor del rey sol, y niños con patinetes.
Y cómprame un barquillo, y cómprame un helado, y el vermut de los domingos, y a ver quién viene en ferias a la plaza, y la procesión termina aquí, y la cabalgata, y a tomar chatos y pinchos, la paloma, y chanfaina, y me cojo un taxi y me para en la plaza.

¿Por dónde vas?

¡Por la plaza!

Y el reloj, vigilando siempre a todos los que hemos quedado allí siempre.

El orgullo que tenemos, cuando recibimos visita de fuera, de enseñarla.

Nuestra plaza.

Y ella se pone coqueta, y despierta vítores y aplausos cuando le encienden las luces.

Y la tuna en las terrazas, y los cuatro personajes pintorescos que siempre encontraban su refugio allí.

Como si nunca pudiera pasarte nada malo en ella, como si entre el Corrillo y la Plaza del Mercado, estuviese nuestro fuerte, nuestro «casa» , nuestro hogar.

La más bonita de España, y del mundo, que te espera, te recibe y te recuerda la suerte que tienes de ser de aquí.
Que antes tenía jardines, que se montaba un mercado, y que los hombres paseaban hacia un lado y las mujeres hacia el contrario, y era su manera de filtrear.

Cuantos besos, cuantas despedidas o bienvenidas llevas dentro.

Cuanto paraguas que se abre al salir de los soportales y cuanto amor.

Y peleas, y reconciliaciones.

Y sonríe, te lo juro, si te fijas, mi plaza, la plaza, nuestra plaza, sonríe cada vez que nos ve.

Ya sea vacía, en un día de verano a las cuatro de la tarde, llena de luces de Navidad, o calada hasta los huesos en medio de la tormenta, mi plaza, la plaza, nuestra plaza, es el lugar donde siempre, salmantinos, extranjeros, despistados, o simplemente de paso, todos, todos queremos volver.

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Rafael Pérez
11 días hace tiempo

Gran artículo que enciende de inmediato los recuerdos de todos los salmantinos de corazón