No sé dónde llegaré, pero debo intentar volar alto. Y, aunque comienzo esta reflexión hablando en primera persona, en realidad va dirigida a todos los lectores. En ocasiones nos hacemos preguntas para las que no encontramos respuesta. Quizá porque resulta más cómodo ocultar nuestros sentimientos de frustración cuando no conseguimos alguna de nuestras metas, cuando lo más coherente sería luchar por ellas y no rendirnos ante las dificultades.
Las lecciones de la vida no llegan por casualidad; siempre tienen un doble sentido, y en nosotros está aprender de ellas. Lo más fácil es tumbarnos en el sofá, encender el televisor y dejar que transcurra el día, pero, al anochecer, nos daremos cuenta de que no hemos hecho nada para cambiar aquello que deseamos.
Sé que es difícil saber hasta dónde vamos a llegar, porque a veces no se trata únicamente de nuestra fuerza de voluntad, sino también de ese golpe de suerte que aparece inesperadamente y que no debemos desaprovechar. Las oportunidades no siempre pasan dos veces por nuestra vida, y puede que aquello que en un principio no valoramos sea, precisamente, la puerta hacia nuestra felicidad o, al menos, una parte de ella.
Pero pienso que, si algo debemos tener claro, es saber adónde nos gustaría llegar, aunque no sepamos si finalmente lo conseguiremos. Caminar firmes no significa llegar cuanto antes al final del camino, sino ir superando los obstáculos, avanzar poco a poco y, cuando lleguemos a algún destino, disfrutar al máximo de todo aquello que hemos conseguido.
Yo sé dónde quiero llegar y, por eso, voy sembrando semillas que cuido con cariño. No siempre dan sus frutos; no todo en esta vida se consigue. Pero no por ello me vengo abajo, y eso es lo que quiero transmitiros a todos: si una cosecha no sale como esperábamos, habrá que intentar sembrar una nueva. Porque nuestras lágrimas de decepción no harán que nuestros anhelos se cumplan por arte de magia.
Quizá nunca sepamos con seguridad dónde vamos a llegar. Quizá algunos sueños queden en el camino y otros florezcan cuando menos lo esperemos. Pero lo importante es no dejar de caminar, no dejar de creer y, sobre todo, no permitir que el miedo nos convenza de que ya no merece la pena intentarlo.
A veces, nuestro recorrido nos llevará por lugares que nunca imaginamos y nos hará detenernos cuando creíamos estar cerca de la meta. Habrá días en los que las fuerzas falten y otros en los que pensemos que todo ha sido en vano. Sin embargo, incluso entonces debemos recordar que cada paso, por pequeño que sea, también forma parte del camino. Quizá no podamos elegir dónde nos llevará la vida, pero sí podemos escoger cómo afrontaremos cada paso hasta llegar allí.
«Los sueños no siempre se cumplen, no sabemos dónde vamos a llegar. Aún así, que nuestro despertar nunca sea el naufragio de un barco imaginario»