Ser hermanos

- en Firmas
Lourdes Francés

De entre todos los dones que nos regalaron mis padres en vida, el tener hermanos es el que más aprecio, pues es reflejo de su generosidad ilimitada.

Cuando hace años le preguntamos a nuestro padre por qué se había casado, no tuvo que pensar demasiado la respuesta “porque quería tener hijos con vuestra madre”, nos dijo. Y de ahí parte todo.

Somos tres hermanas y un hermano vivos (nuestra hermana mayor murió en un fatal accidente de tráfico hace ya 42 años), que compartimos material genético, apellidos, padres, parentela, principios éticos y morales, educación y muchos recuerdos de nuestra infancia y juventud en el mismo domicilio y en el mismo colegio, pero cada uno de los cuatro tenemos nuestra personalidad definida, nuestro carácter, nuestras vivencias, nuestra manera de entender la vida, nuestras cualidades y defectos propios y personales, que nos hacen seres únicos a pesar de todo lo que nos une y asemeja.

El cemento de unión fraterno entre nosotros sólo puede referirse al amor, tanto al amor fraternal como al amor común por nuestros padres. En el seno de mi familia me conocen cual res desollada, por delante y por detrás, sin tapujos, con meridiana claridad, y a pesar de todos los oscuros que mi ser refleja, siempre me siento querida. Y lo mismo les pasa a ellos conmigo.

Quizá mis hermanos y yo hayamos tenido nuestras rencillas y malos entendidos en el pasado, y quizá ahora no nos llamemos todos los días por teléfono, ni salgamos a menudo, ni compartamos vacaciones, pero desde siempre nos hemos sentido íntimamente conectados, practicando el noble arte de la tolerancia y de la aceptación sin condiciones de los que por suerte defienden nuestros mismos apellidos.

A mis hermanos les debo que me acompañaran en mi infancia y juventud, enseñándome con su ejemplo el valor de la fraternidad, las virtudes de la convivencia, el respeto a los demás y el significado real del verbo compartir. Siento que ellos me comprenden sin decir palabra, que me aceptan con mi idiosincrasia y que me aman a pesar de mí misma. Sé que puedo contar con su tiempo, con su ayuda desinteresada y con su sabio consejo.

Yo pienso y siento que el transcurrir de la vida, nos ha dulcificado el carácter a los cuatro, haciendo posible que sintamos sincrónicamente en nuestro interior la gran riqueza que supone tener hermanos. Y que además hayamos aprendido a gozar con ello.

La Vida es la mejor maestra que existe, de continuo nos da lecciones imprescindibles para movernos con soltura en todos los ámbitos. Mi edad la vivo como una empinada escalera a la sabiduría. Y no hay sabiduría que se precie que no esté basada en el amor, el respeto y la aceptación de los otros, empezando por nuestros hermanos.

Autor

Cirujana Ortopédica y traumatóloga. Runner popular.

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