Quizás esta sea una pregunta que debería responder un psicólogo; sin embargo, en ocasiones la mejor psicología se encuentra en nuestro propio interior. Porque, aunque a menudo se confunden, la angustia y la ansiedad no son lo mismo. Todos, en algún momento de la vida, hemos sentido angustia frente a problemas o sucesos de distinta magnitud. Pero no toda la gente padece ansiedad, afortunadamente. Y aun cuando la ansiedad presenta síntomas comunes, rara vez se manifiesta del mismo modo en cada individuo. Como bien sabemos, cada persona es un mundo.
Son emociones distintas, incluso opuestas en algunos matices. La angustia depende, en gran parte, de cómo decidamos afrontar lo que nos ocurre. Sí, afrontarlo… o, como solemos decir, nadar en medio de las dificultades. Quien no ha escuchado alguna vez la típica frase: «se ahoga en un vaso de agua». Tal vez sea hora de sentirla con empatía. Coloquémonos por un momento en el lugar de esa persona: muchos pensarán que es débil, pero no lo es. El cansancio acumulado de sus propias batallas puede provocar un instante de fragilidad que nadie tiene derecho a juzgar. Su angustia es el reflejo de cargas que los demás desconocen; cargas, grandes o pequeñas, que no todos somos capaces de sostener del mismo modo. Cada cual lleva su mochila a su manera.
La ansiedad, en cambio, suele esconder un tipo de fortaleza silenciosa: la de quienes salen a la calle con una sonrisa mientras por dentro sienten el alma rota. A veces ni ellos mismos perciben la magnitud del desgaste. Muchas personas que la padecen son, paradójicamente, muy fuertes: han resistido tempestades muy fuertes, han salido enteras de problemas importantes… y, de pronto, un día cualquiera, su cuerpo les da un aviso. La respiración se entrecorta, la nariz parece cerrarse, aparece ese nudo invisible en la garganta que oprime el pecho. Lo que llamamos «ataque de ansiedad» suele sentirse como una soga imaginaria que aprieta, como la certeza angustiosa de no poder respirar, aunque sepan racionalmente que es la mente jugando en su contra. En esos momentos, una pastilla no siempre les alivia. A veces calma más hablar con un ser querido, gritar sin ser oído o recibir un abrazo silencioso que dice, sin palabras: tú puedes.
Por eso apelo a la comprensión. Son dos emociones distintas y, a la vez, difíciles de asimilar. No deberíamos juzgar nunca a nadie, y mucho menos por situaciones que no hemos vivido. Desde mi humilde opinión, ambas pueden ser consecuencias del estrés diario, de esas lágrimas que contenemos y que dejan huella en nuestro presente, cuando deberíamos centrarnos en construir un futuro más ligero, libre de angustia y ansiedad. Sé que no es sencillo evitar la sensación de que el mundo se derrumba bajo nuestros pies, pero no perdemos nada por intentar cambiar nuestro propio rumbo. Y aunque el destino a veces parezca imponerse, siempre existen excepciones.
«Luchad sin mirar atrás, porque no hay nada ni nadie más fuerte que la fuerza que lleváis dentro»