El descarrilamiento hiriente de Adamuz

- en Sucesos

Nunca imaginamos una catástrofe de esta extensión. Sin embargo, hoy España llora. Las nubes parecen acompañar el duelo y la tristeza invade las calles; miradas apagadas dejan entrever corazones encogidos por la tristeza. Muertes inesperadas que jamás debieron ocurrir. No estaban previstas en sus agendas ni en las de sus seres queridos. Un destino que no estaba escrito en su historia, pero que quedará grabado para siempre en la vida de familiares y amigos.

Son muchas las familias destrozadas que se preguntan, en silencio, cómo van a salir adelante, cómo podrán sobrevivir sin volver a ver a quienes amaban. Niños que han perdido lo más importante de sus vidas: a sus padres. Abuelos que han perdido a sus nietos y se preguntan ¿por qué a ellos?, sintiendo una pena que nace de sus entrañas, dejando un vacío imposible de llenar. Cuerpos pequeños que, con un valor inmenso, caminan ahora hacia el cielo.

Hay recuerdos que no se olvidan, aunque no sean gratos para nadie. La vida, muchas veces injusta, no actúa como juez, pero condena sin pedir permiso. Actúa sin medir consecuencias, como si le diera igual causar tanto daño en cuestión de segundos.

Cuántas ilusiones desvanecidas.

Cuántos sueños sin cumplir.

Cuántas metas desviadas del camino, al igual que el ADAMUZ.

Hoy España vuelve a llorar. El mundo entero no puede ocultar el sufrimiento de esta herida tan cruel e intenta acompañar a los españoles, aunque solo sea desde la empatía. Pero hay algo que únicamente el tiempo podrá curar: el dolor del corazón de familiares y amigos.

No pretendo escribir un gran artículo sobre esta catástrofe por respeto a sus allegados. No es una noticia agradable y, desgraciadamente, cualquiera de nosotros podría haber estado allí. No es fácil superar sucesos de esta magnitud; este día fatídico quedará marcado en la memoria de millones de personas  como un recuerdo que jamás quisiéramos revivir.

Duele incluso sin conocer personalmente a las víctimas. La empatía es lo que nos convierte en humanos, en una sociedad que poco puede hacer más allá de ayudar y aferrarse a la esperanza, como en el caso de la pequeña Cristina de 6 años, que deambulando sola por las calles consiguió salvar su vida.

«Desde estas líneas, envío mi más sentido pésame a todos los familiares y amigos de las víctimas de este cruel accidente» D.E.P.,