Acaba de llegar a casa.
Durante todo el camino de regreso ha estado pensando en que lo único que le apetece es meterse en la ducha.
Un duro día de verano en el trabajo.
Una ola de calor que ya dura demasiado tiempo, en una época en la que los negacionistas se están quedando sin argumentos contra el cambio climático.
Lentamente, comienza su rutina después de beber un buen vaso de agua.
El bolso lo tira encima de la cama.
Se descalza, dejando que sus pies se estiren tras permanecer contraídos demasiado tiempo en unas sandalias que, en otro momento, son la definición de la comodidad.
Se quita el vestido demasiado deprisa y se lía.
¡Qué ganas de quedarse como Dios la trajo al mundo!
¿Perdona? ¡Qué Dios, ni qué ocho cuartos!
Su Santa Madre, que las pasó canutas en el parto. No le vamos a quitar el protagonismo que se merece.
Se sujeta el pelo con una goma que se encuentra en la mesilla, al lado de las cremas reductoras, el bálsamo labial y los pañuelos. La alergia viene tardía.
Sin quererlo ve su cuerpo medio desnudo en el espejo.
Ese cuerpo que quiere y odia a partes iguales.
Se obliga a mirarlo con detenimiento.
Debe quererlo y aceptarlo, cuidarlo porque es suyo. Así se lo dijo su querida amiga y psicóloga.
¡Buf! El sujetador. Con este calor es un instrumento de tortura.
Se desprende de él y observa su pecho desnudo.
No está mal para su edad.
¡Vaya una mierda de frase!
Lo mantiene firme a fuerza del ejercicio que se obliga a hacer, aunque no le ha gustado nunca el deporte.
Descubre unas estrías que no conocía.
Su cuerpo siempre ha sido un maldito yo-yo, aunque trate de cuidarse en todos los sentidos.
Se termina de desvestir y se sigue obligando a observarse.
Ella también es esa fachada exterior: con sus curvas más marcadas, quizás; con esos kilos de más o de menos en alguna zona indeterminada. Pero es que su cuerpo vuelve a cambiar, se encuentra en esa fase.
Con esas marcas blancas en algunas zonas.
Con el vello incipiente que empieza a asomar en sus piernas y que, a estas alturas de la película, de “su” película, le importa menos.
Pasea sus manos por el contorno de su cuerpo.
Hoy es uno de esos días en los que ni se ve mal, ni se ve bien.
Se descubre en cada línea, en su voluptuosidad, en esa piel con diversas tonalidades, según cuanto tiempo haya estado expuesta al sol.
La mirada que se refleja en el espejo es juguetona. Con una interrogante en ella: ¿por qué no?
Reconoce que hay determinadas partes de su cuerpo que no le gustan, pero trata de aceptarlas y abrazarlas.
Su lucha desde hace años.
Decide poner música tranquila y se dirige a la ducha.
Después, … ya se verá.
Recomendación musical: “Saltan chispas” de Rozalén